Ciencia y Sociedad, Vol. 51, No. 2, diciembre, 2026 • ISSN (impreso): 0378-7680 • ISSN (en línea): 2613-8751
DOI: https://doi.org/10.22206/ciso.2026.v51i1.3816
Cómo citar: Ulloa Hung, J., Baxin Martínez, J. I., Trejo Rivera, F., Bueno Jiménez, A. (2026). Editorial. Las islas como figuras de imaginario social: utopías, cartografías y alteridades. Ciencia y Sociedad, 51(2), 1-6. https://doi.org/10.22206.v51i2.3816
Desde los inicios de la cartografía, las islas han significado tanto espacios geográficos como dispositivos de imaginación política, motivaciones literarias y referentes esenciales de identidad. Este número especial de Ciencia y Sociedad parte de esa premisa, planteada en ocho colaboraciones donde se abordan algunos de esos aspectos desde la filosofía latinoamericana, la historia de las exploraciones transpacíficas, la cartografía histórica, la crítica decolonial y la crítica literaria. La diversidad de enfoques presentes en esta edición, comparte un eje común que atraviesa todo el entramado de textos, el abordaje de las islas como objetos de análisis y reflexión teórica.
A nivel internacional, los estudios de islas (island studies) en décadas recientes han pugnado por cambiar el punto de referencia o enfoque tradicional y no su objeto de estudio (Baldacchino, 2008; Hau’ofa, 1994; Hay, 2006; McCall, 1994). Las islas y los archipiélagos pueden analizarse desde cualquier campo disciplinario, centrando la atención en las conectividades surgidas de la realidad insular, y no en la marginalidad que históricamente les atribuyeron las narrativas continentales o la lógica de fragmentación territorial explotada por los imperios coloniales. En su lugar, se proponen como centros polifacéticos y nodos de redes amplias, donde se generan conocimientos e ideas heterogéneas, así como encuentros cosmopolitas.
En este contexto, desde la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), un grupo interdisciplinario de profesores de la Facultad de Filosofía y Letras propuso en 2024 el proyecto “Las islas que no existen: insularidad e imaginarios a través de la historia, la geografía y la literatura” (Bueno, Baxin y Trejo, 2026), en el cual se priorizan estudios de diversos campos centrados en las nociones de insularidad (la condición geográfica objetiva) e isleidad (la percepción cultural de las islas). Dicho marco permite igualmente incorporar islas reales o ficticias para analizar distintos fenómenos como las cartografías erróneas que persistieron por siglos, hasta los cambios de uso o actividad en los cuerpos insulares y en sus poblaciones, pasando por las lecturas decoloniales del discurso hegemónico sobre el descubrimiento de las islas (Sahlins, 2008) y las imágenes literarias construidas en escenarios y paisajes isleños.
Buena parte de los textos que componen este número especial derivaron de ponencias presentadas en los coloquios del proyecto antes citado, materializadas posteriormente en artículos de investigación y ensayos reflexivos sobre diferentes islas cuyas características cualitativas era preciso subrayar para rescatarlas de la invisibilidad y el anonimato histórico, geográfico o literario. Ello constituye un aporte significativo para el ámbito hispanohablante –sobre todo latinoamericano–, debido a que la mayor parte de la producción científica de los island studies proviene del mundo francófono (Péron, 2005; Thierry, 2007) y anglosajón (Baldacchino, 2018; Rodríguez-Wittman, 2024), con ciertas excepciones en castellano (Lois, 2013; Pinzón et al., 2023). De ahí que el análisis reunido en este volumen merezca una difusión como aporte pionero e interdisciplinario.
El texto “Imaginarios utópicos e islas alter(iz)adas. Metáforas para una filosofía latinoamericana” de Sofia Reding Blase, inaugura este conjunto de reflexiones examinando cómo el imaginario insular ha sido manejado por distintos pensadores latinoamericanos. Señala que, desde Rubén Darío, José Enrique Rodó hasta Darcy Ribeiro, han usado la figura o la metáfora de la isla o del terruño insular en función de articular proyectos emancipadores, al reconocerlos como objetos de representación y apego afectivo o símbolos de pertenencia socioterritorial. A la vez que expone cómo la insularidad también ha servido para naturalizar una lógica colonial conectada con lo eurocéntrico, lo tecnocrático y lo monológico. De ello se desprende un argumento central y una contribución esencial del trabajo: mostrar cómo la utopía insular puede manifestarse o manejarse simultáneamente como gesto de liberación y, a su vez, como reproducción de la matriz colonial que dice combatir.
Esa ambivalencia de la isla como refugio y como trampa, como utopía y como alteridad radicalizada, susceptible de aparecer y reaparecer bajo distintos ropajes discursivos, evidencia que la isla imaginada nunca es inocente. Su reconfiguración decolonial exige, en consecuencia, desnudar o desmontar los mecanismos mediante los cuales los supuestos sueños de armonía social también pueden terminar por borrar o desdibujar conflictos que deberían resolver.
En esencia, el tema del imaginario insular, entendido en la línea desarrollada por el filósofo Charles Taylor (2006) como horizonte de sentido moral y colectivo que se siente, se representa y se normaliza a través de mitos, relatos, imágenes y hábitos cotidianos, es retomado por Sofía Reding Blase en un artículo que logra mostrar cómo la trama de sentidos compartidos sobre cualquier isla produce efectos históricos, políticos o afectivos concretos. En ese caso, la isla funciona como un umbral, un lugar desde el cual se puede pensar lo otro o al otro, proyectar lo posible, pero también ejercer o disputar el poder.
Por su parte, el texto de Joaquín Barriendos, “Tempestad Canibal: Islas, océanos y colonialidad climática en Shakespeare”, analiza cómo La Tempestad funciona como un dispositivo etnocartográfico de la colonialidad, en el que la construcción de una isla deshabitada, así como la corporeidad y la condición caníbal de Calibán, operan como figuras retóricas que legitiman la conquista de las islas del Caribe.
La noción de colonialidad del ver, formulada como un cuarto elemento conectado a las nociones de colonialidad del poder, del saber y del ser, enunciadas por autores como Aníbal Quijano, Santiago Castro-Gómez y Nelson Maldonado Torres, constituye un recurso central para analizar el tropo retórico de la obra de Shakespeare, en la que se evidencia la invención visual de América como una isla indómita y monstruosa. Desde esta perspectiva, el texto se conecta explícitamente con el análisis de Sofía Reding Blase que abre este número. Ambas colaboraciones completan un círculo interesante, en tanto que la isla shakesperiana, colonial y caníbal, constituye el reverso de la isla utópica analizada en ese texto inicial, y las dos comparten una misma raíz imaginativa europea.
A través de la llamada colonialidad del ver, el texto revela cómo los elementos visuales (grabados, mapas, crónicas) contribuyeron a la construcción de jerarquías raciales y epistémicas entre Europa y los “otros”. En ese orden, el origen retórico del canibalismo se aborda desde el lente de la crítica histórica, retomando los planteamientos de Francis Barker (Barker et al., 1998) y Peter Hulme (1986). El texto, además, deconstruye lo que su autor denomina la construcción de Canibalia, un territorio imaginario utilizado para legitimar teológica y jurídicamente la apropiación de las islas del Nuevo Mundo y, a su vez, uno de los fundamentos para crear el llamado “paradigma tutelar de la razón imperial”, ante la supuesta humanidad dudosa o la incapacidad de autogobierno de esos “otros”.
Esta colaboración muestra cómo la colonialidad del ver está presente desde las crónicas coloniales tempranas conocidas como crónicas de Indias, pasando por la invención retórica del caníbal y las representaciones literarias de islas imaginarias, hasta concretarse en un nexo entre canibalismo, capitalismo y lo que el autor denomina colonialidad climática.
Un segundo eje dentro del número es de naturaleza histórica y presenta los imaginarios isleños tanto como epifenómenos culturales, como generadores de acciones políticas y económicas concretas. El trabajo de Sebastián Daniel Ojeda Bravo se inscribe en esa perspectiva al abordar la expedición del explorador español Sebastián Vizcaíno a Japón entre 1611 y 1614, documentando cómo el mito de las islas del oro y la plata funcionó como catalizador para la organización de exploraciones transpacíficas por parte de la monarquía española.
En este caso, el imaginario insular no solo adereza la historia, sino que la produce, al convertirse en el leitmotiv, o motivo guía, de estos viajes de exploración. El uso de fuentes primarias y de la cartografía histórica resulta fundamental en la argumentación de esta colaboración, a través de la cual su autor demuestra cómo, a pesar del fracaso de la expedición, los imaginarios isleños tuvieron efectos históricos concretos que incluso merecen ser estudiados en comparación con otros espacios y como parte del conjunto de incitaciones vinculadas a toda la expansión colonial imperial española.
Dentro de ese mismo argumento histórico se inscribe la siguiente colaboración en la sección de artículos originales, a cargo de Bernardo Sanabria García, dedicada a la erudición etimológica y la imaginación geográfica de la insularidad americana en la Introducción a la cosmografía de Waldseemüller (1507). En este caso, el enfoque se desliza hacia el terreno epistemológico, al mostrar cómo la insularidad atribuida al llamado Nuevo Mundo (ya abordada por autoras como Lois, 2013) no fue un error de observación, sino el resultado de tensiones entre una erudición humanista y la información empírica aportada por los navegantes.
Apoyado en la historia de la cartografía, la geografía cultural y el concepto de descontextualización enarbolado por Peter Burke, el autor fundamenta cómo la cultura impresa humanista (cosmografías, tratados geográficos) sometía la información empírica o la visión de los navegantes a un proceso de distanciamiento y de reelaboración retórica, antes que a una representación cartográfica directa, generando así una tensión entre experiencia directa y saber libresco o cosmografía impresa. Este planteamiento resulta esencial para explicar los metarrelatos y los ritmos de asimilación de la información sobre el llamado Nuevo Mundo. En este sentido, un aspecto central de este texto es su cuestionamiento a la lectura historiográfica predominante que presenta el mapa de Waldseemüller publicado en 1507 como un documento innovador. En su lugar, los argumentos presentados por Sanabria García muestran, que dicho mapa debe inscribirse en una tradición cosmográfica insular de raíz clásica y medieval, y que su aparente modernidad constituye un efecto retórico-etimológico más que una ruptura epistemológica real.
La visión crítica de una lógica cartográfica, similar, pero en este caso, proyectada hacia el presente y dentro del espacio territorial mexicano, constituye el centro del texto de Jesús Israel Baxin Martínez, donde plantea la invisibilización de las islas mexicanas frente a lo que el autor denomina la supremacía continental del imaginario territorial. A diferencia de los textos precedentes sobre Sebastián Vizcaíno y Waldseemüller, donde se aborda cómo los imaginarios crean o se inventan islas que no existen, Baxin invierte el problema al analizar cómo se borran islas que sí existen, y sugiere que tanto la invención como la omisión, la supresión o la minimización responden a matrices de poder geopolítico que determinan qué archipiélagos merecen figurar en el imaginario nacional y cuáles quedan relegados al margen en el mapa.
Apoyado en la perspectiva del pensamiento archipelágico, que fomenta el análisis de conjuntos de islas no necesariamente contiguas, pero unidas por rasgos geopolíticos, geológicos o históricos comunes, y en la cartografía crítica, el texto demuestra que los mapas no son documentos neutros, sino instrumentos que revelan omisiones e intencionalidades políticas. Baxin propone así una visión crítica que invita a pensar desde el archipiélago en lugar desde el continente, línea de indagación que dialoga con los estudios sobre invisibilización cartográfica de espacios insulares menores realizados por Godfrey Baldacchino (2018). Su crítica va acompañada de propuestas concretas, como la incorporación de etiquetas toponímicas en los mapas nacionales para las islas mexicanas estratégicas, extensas o pobladas. Además, reagrupa las islas según criterios cualitativos (nodos fronterizos, riesgo climático, patrimonio) y no solo a partir de la proximidad geográfica. Esta colaboración demuestra que la invisibilización cartográfica de las islas ha contribuido al desconocimiento de su importancia territorial, ambiental y geopolítica.
Por otra parte, el artículo de Julio María Fernández Meza aborda un análisis sobre el caso paradigmático de La Bermeja, una isla que se desliza entre los calificativos de imaginaria, fantasma y polémica. Por medio de la inclusión de las categorías de insularidad e imaginario, y desde el enfoque de la geografía histórica, desglosa una lectura de su existencia (en tanto objeto trazado en los mapas) hasta su dudosa corroboración, a partir del análisis de cinco representaciones cartográficas y cinco descripciones verbales de la isla producidas entre los siglos XVI y XXI.
Un eje rector de esta propuesta lo ocupa el cuestionamiento del mapa como instrumento eficaz para perpetuar la existencia de la isla durante siglos, así como el papel de los distintos cartógrafos en consonancia con el poder virreinal o estatal y las relaciones sociales en cada etapa descrita. A diferencia de estudios previos, Fernández Meza se desmarca de la demostración de la existencia de la isla y opta, en cambio, por realizar un muestreo de las representaciones cristalizadas en mapas y descripciones hasta tiempos recientes. Así, desde la asignación del toponímico y las coordenadas de la isla en el siglo XVI, hasta el papel económico vinculado a la eventual posesión de hidrocarburos por parte del estado mexicano, el caso de La Bermeja resulta excepcional como isla aparecida, borrada y resurgida en los imaginarios de cada época.
El estudio sobre la Bermeja permite apreciar su singularidad como “isla fantasma” en relación a otras que han sido eliminadas de la cartografía por considerarse errores. La discusión sobre su existencia ha generado en el presente, acaloradas discusiones entre políticos, académicos y la ciudadanía. Esto confirma la relevancia de este caso de estudio que permite extrapolar similitudes y, a la vez, reconocer su particularidad: pese a la negación sobre su existencia física, La Bermeja se confirma, en tanto objeto imaginario, como parte constitutiva de la cultura geográfica y popular.
Finalmente, dentro de este bloque de trabajos, Luis López Villalobos traslada la discusión al siglo XX y a un contexto en apariencia distante, mediante su estudio sobre la novela Faserland de Christian Kracht. Sus análisis demuestran que el gesto de proyectar sobre un territorio los sentidos de lugar construidos durante la infancia en un entorno insular (en el norte de Alemania) no es exclusivo de la experiencia colonial americana, sino algo más amplio, inherente a la imaginación geográfica humana, vinculado en este caso a una huida frente a la memoria histórica.
El texto sostiene que el protagonista de esta novela no produce sentidos de lugar distintos para cada ciudad o espacio que visita, sino que imprime a cada uno los sentidos de lugar que construyó en su infancia en la isla de Sylt, buscando un sitio idéntico, pero sin vínculos con la memoria del nazismo. Según este análisis, la novela dialoga con los imaginarios urbanos de Alemania y Suiza y se apoya, desde el punto de vista teórico, en la geografía cultural y, sobre todo, en la distinción entre espacio (abstracto) y lugar (delimitado y cargado de sentido). En esa misma línea, el texto recurre al concepto de sentidos de lugar para enfatizar la dimensión sensorial y corporal de la experiencia espacial.
Otro elemento relevante en el análisis son los conceptos de medios de memoria externalizados y escenarios, que resultan esenciales para comprender las relaciones dialécticas entre lugar y memoria, así como para examinar el paisaje como construcción discursiva en el texto literario. En esencia, el trabajo propone que esta novela revela cómo la memoria, el cuerpo y el espacio se producen conjuntamente, y que el desplazamiento geográfico por sí solo resulta insuficiente para huir del pasado ligado al nazismo.
La sección de comentarios o reseñas de libros de este número especial incluye una mirada antropológica sobre las identidades en la novela Tantas razones para odiar a Emilia, del escritor cubano-dominicano José M. Fernández Pequeño. La reseña pone al descubierto cómo la novela funciona como representación de la idiosincrasia caribeña. Sobre la base de la conceptualización del Caribe desarrollada por Antonio Benítez Rojo (1998) en su obra La isla que se repite, donde se considera al Caribe como un meta-archipiélago fluido o un puente de islas fragmentadas y heterogéneas sin límites fijos, la reseña equipara el personaje central de la novela (Emilia) con un epicentro de ese caos que, similar a esta región, se resiste a ser codificada en un significado único.
El comentario también resalta el manejo de otras claves culturales propias del Caribe, que son fundamentales en el andamiaje de la obra y que funcionan como mecanismos de supervivencia colectiva caribeños ante el trauma de la colonialidad, el exilio y el desarraigo. Entre ellas sobresalen el carnaval, el principio de representación múltiple propio de los sistemas mágico-religiosos afrocubanos, así como el choteo y el relajo, como burla sistemática de toda solemnidad. El análisis también propone que la multifocalidad de la novela no es solo un recurso narrativo, sino la traducción literaria de algunos de esos elementos clave, codificados en el contexto de las islas caribeñas como redes de memorias, risas, seres o deidades imposibles de borrar, inherentes a ellas y a quienes las habitan.
Un recorrido general por todos los trabajos que componen este número especial también permite entrever un hilo conceptual compartido, la isla nunca es una, sino que siempre es plural, fragmentada o incluso dudosa. En ese caso, el número de islas no funciona como un dato geográfico fijo, sino como una figura retórica de lo múltiple o lo inasible. Todas las colaboraciones también muestran, desde diversos campos, perspectivas o enfoques, que las islas funcionan como metáforas de identidad y que contarlas, registrarlas, buscarlas es también, en el fondo, un ejercicio de imaginación geográfica, no solo cartográfica.
La isla mítica, cartografiada, borrada o colonizada es una manera mediante la cual las sociedades proyectan sus deseos de armonía, sus miedos ante lo otro, lo diferente, sus jerarquías de saber y sus propias estrategias de olvido. Desde los archivos hispánicos del siglo XVII hasta la novela alemana de los años noventa, pasando por los mapas oficiales mexicanos históricos y actuales, los textos de este especial documentan la persistencia de la isla como figura privilegiada para pensar la alteridad, la identidad nacional, las utopías o distopías y los límites del propio conocimiento.
Jorge Ulloa Hung
Editor revista Ciencia y Sociedad
Instituto Tecnológico de Santo Domingo
Jesús Israel Baxin Martínez
Universidad Nacional Autónoma de México
Flor Trejo Rivera
Universidad Nacional Autónoma de México e Instituto
Nacional de Antropología e Historia
Alfredo Bueno Jiménez
Universidad Nacional Autónoma de México y Universidad
Anáhuac, México
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