Ciencia y Sociedad, Vol. 51, No. 2, diciembre, 2026 • ISSN (impreso): 0378-7680 • ISSN (en línea): 2613-8751
Etymological erudition and geographical imagination: the problem of American insularity in Waldseemüller's Introduction to Cosmography (1507)
DOI: https://doi.org/10.22206/ciso.2026.v51i2.3755
Bernardo Axel Sanabria García
Universidad Iberoamericana
Ciudad de México
https://orcid.org/0009-0003-9311-9421
baxelsanabria@gmail.com
Recibido: 13/05/2026 • Aprobado: 15/06/2026
Cómo citar: Sanabria García, B. A. (2026). Erudición etimológica e imaginación geográfica: el problema de la insularidad americana en la Introducción a la cosmografía de Waldseemüller (1507). Ciencia y Sociedad, 51(2), 61-80. https://doi.org/10.22206/ciso.2026.v51i2.3755
Resumen
El presente artículo aborda la compleja interacción entre la erudición geográfica humanista y la imaginación espacial aportada por las navegaciones a las Indias occidentales en el horizonte de los grandes descubrimientos del siglo XVI. El objetivo es apoyarse en fuentes primarias (cartográficas y cosmográficas) para realizar un análisis y posterior valoración de las formas en las que el conocimiento, entendido como tradición, y la información entendida como novedad, se tensan en un arco epistemológico cuya materialización documental es la imagen insular del Nuevo Mundo promovida por Martin Waldseemüller (1470-1520) y su círculo de humanistas. A través de una revisión historiográfica nutrida por los aportes de la historia de la cartografía, la geografía cultural y los estudios culturales sobre los medios se buscará demostrar que en el proceso de conformación del estatuto geográfico de las nuevas tierras “descubiertas” por Colón y Vespucio operó de forma clara una fuerza de “descontextualización” de la información empírica aportada por los navegantes para privilegiar una visión más tradicional de la esfera que trataba de conciliar lo visto con lo leído en el marco de una cultura humanista impresa, aficionada a las figuras de autoridad geográfica y etimológica, como manifiesta la adjudicación toponímica de América a su “inventor”, Américo Vespucio. De esta manera, el artículo sostiene que la aparente contradicción entre la información procedente de las navegaciones y las subsecuentes representaciones cartográficas del Nuevo Mundo sólo puede comprenderse mediante una consideración conjunta las prácticas editoriales, la tradición cosmográfica humanista, y los procedimientos retóricos mediante los cuales estos saberes universales construían visualmente el espacio. Con el recurso a esta cuestión central, el artículo busca profundizar en la discusión historiográfica en torno a la interpretación de la cosmografía de Waldsemüller y del mapamundi de 1507 que la ilustra para enfatizar en su carácter insular, heredero de una visión geográfica clásica y medieval, y no en su presunta dimensión continental y “moderna” promovida por algunos especialistas en estudios o ediciones dedicados a estas obras.
Palabras clave: Insularidad, imaginación geográfica, humanismo renacentista, cosmografía, Martin Waldseemüller.
Abstract
This article examines the complex interplay between humanist geographical scholarship and the spatial imagination shaped by the voyages to the West Indies during the Age of Discovery. Drawing on primary cartographic and cosmographic sources, it analyzes how inherited geographical knowledge, understood as intellectual tradition, interacted with newly acquired empirical information in an epistemic framework whose documentary expression was the insular representation of the New World promoted by Martin Waldseemüller (1470–1520) and his humanist circle. Through a historiographical analysis informed by the history of cartography, cultural geography, and media studies, the article argues that the process through which the newly “discovered” lands of Christopher Columbus and Amerigo Vespucci acquired geographical status was shaped by a process of decontextualizing navigators’ empirical observations in order to privilege a more traditional conception of the terrestrial sphere. This conception sought to reconcile what was seen with what had been read within the context of a print-based humanist culture deeply committed to geographical and etymological authorities, as exemplified by the toponymic attribution of America to its alleged “inventor,” Amerigo Vespucci. From this perspective, the apparent contradiction between information derived from the voyages and the subsequent cartographic representations of the New World can only be understood by considering together editorial practices, the humanist cosmographic tradition, and the rhetorical procedures through which these universal forms of knowledge visually constructed geographical space. On this basis, the article contributes to the historiographical debate on the interpretation of Waldseemüller’s Cosmographiae Introductio and its celebrated 1507 world map by emphasizing their fundamentally insular conception of the New World—one rooted in classical and medieval geographical traditions—rather than the supposedly continental and “modern” interpretation advanced by some scholars and modern editions.
Keywords: Insularity, geographical imagination, renaissance humanism, cosmography, Martin Waldseemüller.
Durante el siglo xvi fuera de los círculos más eruditos (estudiosos vinculados con las universidades, humanistas editando y actualizando la Geographia ptolemaica, o impresores y compiladores interesados en los temas geográficos y morales), la mayor parte de la información sobre las Indias se compartía en la forma de cartas o mensajes manuscritos susceptibles de ser copiados inmediatamente, y las imágenes que podían ayudar a la transmisión de los contenidos indianos fundamentalmente lo hacían bajo la forma de estampas sueltas producidas mediante la técnica del grabado en madera, y que además, por sus características materiales podían reutilizarse o adaptarse para transmitir nueva información usando imágenes ya conocidas1.
La cultura del manuscrito, según los clásicos estudios de David R. Olson (1998) y de Walter J. Ong (1996) revisitados recientemente por Thomas J. Farrell (2023), presenta ciertas propiedades cuya evocación resulta relevante para comprender por qué las noticias provenientes o concernientes al Nuevo Mundo pudieron contribuir al desarrollo diferenciado de dos metarrelatos geográficos, o dos formas de imaginación distintas: una de “rápida” asimilación de la información aportada por las exploraciones marítimas, apoyada en la establecida costumbre de glosar los manuscritos con datos nuevos que se presentan al copista, traductor, o al simple mensajero que ha recibido indicaciones o complementos orales para el mensaje original, y otra de más “lenta” prognosis, que pertenece al dominio de la palabra impresa, y a las lógicas de autoridad que fomentan una actitud más cautelosa a la hora de integrar información nueva que, hasta cierto punto, pudiera impugnar, o modificar el depositum del saber geográfico que las tradiciones clásicas y cristianas habían acumulado por centurias.
Adicionalmente, desde un argumento más económico, el texto impreso requiere de un público suficientemente “abierto” al cambio, que esté dispuesto para comisionar las costosas y corregidas ediciones que implican una modificación en las planchas de impresión, y en el diseño editorial de las obras, condición que, en principio, es incompatible con el tipo de público erudito asociado usualmente con el dominio del saber geográfico. Como recuerda Ong hablando en términos generales acerca de la dimensión productiva de una obra: “La impresión comprende muchas personas además del autor: editores, agentes literarios, correctores de pruebas, revisiones de manuscritos y otros […] el escribir para la impresión a menudo precisa revisiones esmeradas de parte del autor en una proporción virtualmente desconocida en una cultura de escritura a mano” (1996, pp. 121-122). Esta función comunicativa que detectamos más claramente en las compilaciones de relatos de viaje, geografías, o cosmografías, que priorizan a la palabra impresa como forma de representación “cerrada” o estable de la realidad puede ilustrarse con el siguiente apunte de Olson (1998), y que ayuda a entender por qué, por ejemplo, la relación semántica entre América y Asia al interior de las obras impresas y los mapas que las acompañaban era difícil de romper o de sustituir:
En la Edad Media, [los signos] habían sido considerados como una parte intrínseca de las cosas, sus nombres, en tanto que en el siglo xvii, los signos se transformaron en modos de representación. Las representaciones se distinguieron categóricamente de las cosas representadas. Para representar verdaderamente, el lenguaje debe acercarse lo más posible a la mirada que observa, y las cosas observadas acercarse lo más posible a las palabras. El lenguaje científico se vuelve "una nominación de lo visible". Y los textos e imágenes creados eliminan o disminuyen la brecha interpretativa entre la lectura o la visión y la cosa representada. El discurso involucrado es una forma neutra de lenguaje descriptivo e informativo, una suerte de prosa transparente respecto de su objeto (p. 220).
Este carácter más “abierto” que reviste la comunicación manuscrita, y que, gracias a las observaciones o comentarios al margen que se realizaban, y que se integran en las subsecuentes copias, el dialogo entre el texto y el mundo se presentifica, pudiendo captar, integrar y transmitir de forma mucho más eficiente los cambios, las interferencias, las últimas noticias, y sobre todo, las opiniones o tendencias interpretativas que sobre un campo tan difuso como el del Nuevo Mundo resultan vitales para la obtención de un horizonte de comprensión con criterios de actualidad y exactitud como los que perseguían los comerciantes, o los agentes políticos interesados en desarrollar y consolidar las rutas marítimas que garantizaran el retorno seguro de los capitales invertidos en la campaña imperial de Carlos V. Al hallarse estos territorios fuera del alcance físico del monarca, se hacían imprescindibles estrategias de comunicación eficaces, principalmente para la correcta administración imperial, pero también teniendo influencia en la naturaleza y las condiciones de la representación del mundo americano.
La importancia de la comunicación manuscrita en el reinado de Carlos V queda patente sobre todo en las relaciones con el nuevo continente, los reinos de Indias. Estos eran la excepción a la regla que mantuvo el Emperador durante su reinado, de presentarse en los territorios suyos y entrevistarse personalmente con sus vasallos durante sus viajes permanentes. Los reinos en ultramar estaban fuera del alcance personal del Rey, con lo cual, la comunicación verbal con sus «súbditos» allí no fue posible. […] La institución de una burocracia compleja y la instalación de virreyes como oficiales reales cuyo mandato solamente duró algunos años, fueron algo especial en comparación con la situación europea. Mensajes manuscritos eran indispensables para comunicarse con la burocracia sofisticada en ultramar que dispuso de un cuerpo de funcionarios muy variado. De manera que las disposiciones minuciosas sobre el número de copias que debían hacerse y el destino de cada una de ellas son señal de una preocupación constante por mantener el contacto entre ambos lados del Atlántico y de la novedad que supuso esta forma de contacto y de gobierno (Pieper, 2000, pp. 431-441).
En contraposición al modelo manuscrito, en la Introducción a la cosmografía, como en otros tratados geográficos impresos del renacimiento, es posible observar el comportamiento de un tipo de imaginación geográfica de más lenta prognosis, y que se relaciona directamente con los cambios cognitivos (no necesariamente progresistas o tendientes a la modernización de la imagen americana) que trae consigo el uso de la comunicación impresa, en cuyos derroteros hacia la autoridad se busca aportar un sentido de lo permanente. En ella se transluce ya una disposición mental distinta, que, al romper con la intervención de la glosa, pretende realizar una descripción del mundo mucho más exhaustiva, y a partir de ello, más precisa.
Veremos cómo, en el estudio de estas cosmografías y en los mapas derivados de ellas, la influencia que un tipo de pensamiento “humanista”, aparentemente abierto a las transformaciones intelectuales (pero en realidad enfrentado a ellas) tuvo en el sentido opuesto a su discurso: el fortalecimiento de una imagen tradicional del mundo, basada en el modelo ptolemaico de la antigüedad, cuya autoridad, gracias a ese nuevo efecto que transmite la finitud del texto concluido, proyectaba una especie de consumación intelectual, de estar en presencia de una geografía de palabras estables, de un auténtico kósmos epéon en su versión final2, rubricada esa culminación, como bien postula Ong, (1996) por la saturación del espacio tipográfico en este tipo de impresos, en los que, frente al modelo manuscrito, las formas verbales, y con ellas la capacidad de transmisión de lo novedoso se vuelven más cerradas, se convierten en narraciones más estandarizadas.
En esta salida o renuncia de la información de primera mano, que privilegia la autoridad textual de una renovada alethéia geográfica, a la noticia u opinión más propia de la doxa empírica, lo importante sería encontrar y comunicar formas de organización textual de la experiencia, formas discursivas aglutinantes, muy parecidas en su funcionamiento a los índices, diccionarios, o a las compilaciones de viajes típicamente “renacentistas” en las que el campo semántico de América se inserta en un espacio lexicográfico ya concedido o emulado al de Asia, solucionando con esto los problemas inmediatos de expectativa de los lectores humanistas conservadores, pero, al mismo tiempo, abriendo la puerta de un proceso intelectual mucho más lento y discordante. Es, alrededor de esta contradicción cognitiva, para usar el atinado concepto de Jack Goody (1999), en donde se podría buscar la explicación sobre el por qué, en el transcurso del siglo xvi se generarán versiones descontextualizadas o anacrónicas del mundo americano que coexisten con otras más inmediatas o actualizadas: solo en una sociología de la información y de las imágenes que soporte la pregunta por lo contradictorio es posible aquilatar adecuadamente el saber geográfico del renacimiento.
Con todo lo importante que pudo haber sido la multiplicación de ejemplares de los clásicos para el éxito del movimiento humanista, la imprenta fue algo más que un agente de difusión. Contribuyó e impulsó el proceso de lo que podríamos llamar «descontextualización» o «distanciamiento», un proceso crucial para toda recepción creativa. Leer una idea antes que oírla de otra persona hace más fácil que el receptor permanezca distante y crítico. El lector puede comparar y contrastar los argumentos presentados en diferentes textos, antes que verse abrumado por la presencia de un orador elocuente (Burke, 2000, p. 94).
Es en ese proceso de descontextualización entre lo visto y lo leído, típico de la episteme del renacimiento, aunque no siempre asociado con ella3, en el que debemos desplantar un análisis historiográfico de las cosmografías alemanas, que, durante el transcurso del siglo xvi trataron de reconciliar la información empírica de las navegaciones, filtrada desde el principio por la intrincada red de comunicación comercial y política del imperio universal de Carlos V, con los nuevos poderes que la imprenta y el “movimiento humanista” (Kristeller, 1982) le estaba otorgando al saber geográfico de Ptolomeo y su tradición cosmográfica. En definitiva, esta tensión que recuerda Elliott entre el deseo de conocer lo nuevo y la constricción intelectual que genera la posesión de un léxico antiguo, es la que posibilita la existencia de una textualidad geográfica derivada de una episteme contradictoria cuya operatividad implica en el marco de la erudición renacentista una constante búsqueda, como diría Marcel Detienne (2001), de comparar lo incomparable.
Esto se vislumbra en la existencia de una dinámica de producción del conocimiento cosmográfico donde coexisten la especulación, el dato empírico y la información interpretada. Al respecto adscribimos a la tesis de Koyré en el sentido de que no ha existido, en rigor de verdad, una ciencia propiamente renacentista. “Después de haber destruido la física, la metafísica y la ontología aristotélicas, el Renacimiento se encontró sin física y sin ontología, es decir, sin posibilidad de decidir con anticipación si algo es posible o no” (Levinas y Vidal, 2016, pp. 286).
La hipótesis de trabajo en este punto es que las cosmografías alemanas que, fuera de los ámbitos oficialistas hispánicos, popularizaron las imágenes americanas en el siglo xvi operan bajo una lógica intelectual humanista. Esto significa, de entrada, que el objetivo de estos textos es la invención de un espacio verosímil en el marco de la síntesis grecolatina y cristianizada del saber geográfico, y con ello concederle a las Indias occidentales un lugar dentro del tejido del mundo.
Paralelamente al fondo del asunto (el lugar asignado al Nuevo Mundo dentro de la conciencia espacial europea y sus dinámicas de asimilación política), la cultura humanista le otorga mucha importancia a la forma en la que esta entidad geográfica y moral se hace legible para un espectador ideal, un receptor de los contenidos que transmiten el mapa y el texto, pero que nunca es completamente pasivo, sino que es parte integral de un proceso en cual los teóricos de la escuela de Constanza reconocerían la concretización del texto, esa arena en donde el polo artístico (creación) y el polo estético (recepción) de la obra confluyen e interactúan siguiendo las pautas de la imaginación y la expectativa4, y que para usar el lenguaje de la época, podría identificarse con lo que el reconocido cartógrafo flamenco Gerard Mercator (2020), en su exposición textual y visual sobre el mundo llama meditaciones cosmográficas5.
Utilizando la metáfora de la meditación cosmográfica puede entenderse cómo, desde una perspectiva constructivista del conocimiento, en la intrincada episteme del renacimiento el acto de representar el globo terráqueo y sus partes (las islas, continentes y océanos) no es simplemente un fenómeno mimético que parte de la observación factual del planeta, sino que el tejido del mundo y la forma del tejido (es decir, sus dimensiones y su ubicación con respecto de otras partes) son traídas desde la empiria de las navegaciones hasta la conciencia erudita del cosmógrafo para ser adecuadas o inventadas como parte de un relato visual coherente con las expectativas y necesidades de la época y del entorno cultural en la que estas obras circulaban.
Para redondear las coordenadas metodológicas desde las cuáles se desplanta el tratamiento de las fuentes primarias y secundarias que conforman el corpus de análisis, este trabajo insiste en su inscripción dentro de la epistemología de la cultura geográfica y propone una lectura comparada de material cartográfico, textos cosmográficos y literatura de viajes. Más que reconstruir una prognosis lineal del conocimiento geográfico, interesa examinar las condiciones y los contextos culturales, editoriales y retóricos que hicieron posible determinadas formas de representación del Nuevo Mundo en los primeros años del siglo XVI.
Un ejemplo claro de lo anterior es la muy conocida e influyente cosmografía de Martin Waldseemüller y Mathias Ringmann de 1507 (2007). Según las interpretaciones predominantes acerca de esta obra, por lo menos en el ámbito historiográfico latinoamericano, la obra en cuestión se distingue por la adjudicación primigenia del nombre “América” a las tierras e islas que desde poco más de una década atrás las exploraciones de Colón, Vespucio, y otros navegantes habían dado a conocer. Según estas investigaciones, la cosmografía de Waldseemüller y sus aportes cartográficos, encabezados por el insigne planisferio de 1507, se inscriben plenamente en un entorno cultural de raigambre humanista organizado por Gauthier Llud, capellán y hombre de confianza del duque de Lorena, René II. Fue en el Gymnasium Vosagense de la Villa de Saint-Die en el que se reunieron, además de los citados Martin Waldseemüller y Mathias Ringmann, (ambos con estudios universitarios, el primero en Friburgo, y el segundo en Heidelberg y París), el sobrino de Gauthier, Nicolás Llud, al que se le comisionó el taller tipográfico en donde el grupo fincaría su imprenta, y el canónigo Jean Basin, al que se le debe la traducción al latín de los textos atribuidos a Américo Vespucio que conforman el apéndice de la cosmografía, y que se conocen coloquialmente como las Cuatro Navegaciones.
En el estudio introductorio que realiza Miguel León-Portilla a la obra del cosmógrafo alemán llama la atención el tratamiento que se hace de dos asuntos que considero importantes: el primero es el marcado énfasis en relacionar dos proyectos del saber, o si se quiere, dos culturas divergentes (la de los navegantes y el de los cosmógrafos) en un mismo horizonte humanista-moderno cuyo objetivo, según el historiador mexicano, sería el de contribuir a una progresiva superación de la cartografía medieval, e incluso, la de producir un abandono del modelo cosmográfico de Ptolomeo, considerado a todas luces como deficiente:
Esas navegaciones tuvieron como consecuencia encontrar tierras y gente lejanas y aún insospechadas. De ello resultó que la imagen del mundo cambió por completo. Correspondió a los mismos descubridores y a los geógrafos, cosmógrafos y cartógrafos dar cuenta de esos hallazgos en las nuevas producciones que, unas tras otras, aparecían sin cesar, primero en forma manuscrita y luego ya impresa en los establecimientos tipográficos que, desde la segunda mitad del siglo XV, surgieron en no pocas ciudades europeas. […] En resumen cabe notar que, si bien la imagen ptolomeica del mundo ofrecía un registro general que podía tenerse como un marco de referencia de la ubicación y forma en la superficie terrestre, adolecía en cambio de muchas limitaciones e inexactitudes (León-Portilla, 2007, pp. 12-14).
El segundo asunto tiene que ver con la peculiar genealogía de mapas en la que el autor reconoce, no exento de cierta reticencia, los orígenes o los antecedentes del planisferio de 1507, siendo el criterio de conjunción, a la letra: “Los primeros mapamundis que registran, más allá del Atlántico, una tierra que no se considera parte del Asia”. Esta lista cartográfica, en la que se incluyen obras manuscritas como el mapa de Juan de la Cosa, de 1500; la carta anónima de “Cantino”, de 1502; el planisferio de Caveri –en otras fuentes Canerio–, de 1504-05; y, ya impresas en planchas de cobre, los mapamundis de Contarini, de 1506; y Johannes Ruysch, de 1507; trasluce una serie de contradicciones que ponen en tensión el objetivo de derivar de ella el mapa de Waldseemüller de 1507, entendido como un producto “innovador”, por lo menos en dos sentidos: la aparente separación “total” de las nuevas tierras con Asia, y la introducción primigenia del nombre América6 para designar a este nuevo “continente”.
Respecto del Asia, ésta aparece separada totalmente del Nuevo Mundo. […] La principal innovación del mapa la constituye su representación del Nuevo Mundo. Éste se halla separado en dos partes, una y otra rodeadas por dos océanos. La septentrional es más pequeña e incluye una especie de golfo con una península, probables representaciones del Golfo de México y la Florida. Frente a esa parte septentrional se ven dos islas principales, Isabella (Cuba), y Spagnolla (Santo Domingo). […] Así, “en sólido y en plano”, nombró Waldseemüller “América” a la tierra nuevamente descubierta. Se muestra ella separada por completo del Asia y, por consiguiente, debe tener su propio nombre (León-Portilla, 2007, pp. 30-32).
Detrás de esta interpretación aparentemente clara, surgen algunas preguntas: ¿es el mapa de Waldseemüller innovador en los aspectos anteriormente mencionados? Con respecto al nombre de América, el propio León-Portilla reconoce, sin llegar a problematizarla, una especie de amnesia por parte del cosmógrafo alemán frente a su gran adjudicación toponímica: “Paradójicamente el mismo Waldseemüller, cual, si se hubiera arrepentido, no lo aplicó más tarde en otros de sus mapas y abandonó también la concepción geográfica que había guiado su representación de esas tierras nuevas” (2007, p. 9). Para realizar una verdadera crítica de fuentes, este asunto es de vital importancia en la comprensión del estatuto intelectual de las primeras representaciones americanas. Para tratar de aproximarnos al problema es necesario incluir un cuestionamiento adicional que constituye otra de las áreas grises en el análisis del estudio que se ha venido citando. Así pues, ¿en qué medida el mapa (en este caso el planisferio de 1507, pero la pregunta valdría para buena parte de la cartografía impresa del renacimiento) es producto de la información geográfica aportada por los viajes de exploración, principalmente, y según declara la Cosmographiae introductio, los atribuidos a Américo Vespucio?
Antes de profundizar en la naturaleza “epistémica” del saber cosmográfico humanista y su compleja relación con la empiria de los descubrimientos en la elaboración de imágenes cartográficas, conviene recordar algunos datos sobre los mapas elaborados en la primera década del siglo xvi, y que, según los razonamientos anteriormente citados, se consideran antecedentes de la visión cartográfica de Waldseemüller en el sentido “originario” de presentar al Nuevo Mundo como un espacio separado de Asia, conclusión a la que, naturalmente, y para no caer en la estructura lógica de reductio ad absurdum planteada magistralmente por Edmundo O´Gorman para explicar por qué no puede considerarse a Colón como “descubridor” de América, solo se podría llegar cuando existiera un acuerdo entre la visión del mundo explorado por el navegante, es decir, cuando manifiestamente se dieran a conocer de primera mano que los mares, litorales, islas y tierras firmes recorridas conformaban otra parte de la esfera terrestre, fuera de la ecúmene ptolemaica y cristiana, y que además, fueran asimiladas como tal por los editores de la literatura cosmográfica, cuyos criterios, pertenecientes al conservador mundo de la imprenta, ya se han sugerido más arriba.
El primer antecedente manuscrito del planisferio que León-Portilla recupera es la carta de Juan de La Cosa, de 1500. Dibujada sobre pergamino en un gran formato de 180 x 96 cm, y conservada en el Museo Naval de Madrid, quizás sea el más celebre de los mapas realizados durante la época colombina (Figura 1). Compuesto por el piloto santoñés con información de primera mano adquirida a lo largo de numerosos viajes, en principio como acompañante del propio Cristóbal Colón en las Antillas, (1492-93, y 1493-96), pero también en las expediciones de Américo Vespucio (1499), Rodrigo de Bastidas (1500-02), y Alonso de Ojeda (1509) al sur de la línea equinoccial.
Figura 1
Detalle de la Carta del mundo de Juan de la Cosa, Puerto de Santa María, Cádiz, 1500

Fuente: Manuscrito iluminado sobre pergamino, 96 x 183 cm. Museo Naval de Madrid. Recuperado del Catálogo de la Cartoteca del Instituto Geográfico. https://www.ign.es/web/catalogo-cartoteca/resources/webmaps/delacosa.html#map=3/-3707526.39/3150359.66/0
Este mapa presenta algunos de los rasgos “estilísticos” de los portulanos medievales, al incluir líneas de rumbo, rosas de los vientos, y elementos iconográficos de la tradición judeocristiana, como las imágenes de la Virgen María con el Niño en una hermosa rosa náutica a la altura del ecuador, las de los monarcas asiáticos vasallos del Preste Juan de las Indias, y que mantienen a raya a los inmundos pueblos de Gog y Magog representados en el extremo nororiental de la carta, y, quizás de mayor importancia para nuestra argumentación, la enigmática viñeta de san Cristóbal, señalando u ¿obstaculizando? con su gigantesca estatura el tan ansiado paso marítimo entre las Antillas y Catay, y que, como apunta Kenneth Nebenzahl (1990), hace que, junto con el deliberado truncamiento del perfil costero de China, no quede claro si los viajes de Colón, Vespucio y Juan Caboto habían alcanzado las costas asiáticas o un “nuevo” mundo. A esto se le suma el conocido testimonio jurado y firmado que encabezó, junto con otros pilotos y marinos, el propio Juan de La Cosa el 12 de junio de 1494, cuando en la isla Española, y a bordo de La Niña, por iniciativa e interés personal del Almirante, declaró la tripulación ante el escribano público Pérez de Luna que:
Johan de la Cosa, vecino del Puerto de Santa María, Maestro de hacer Cartas, Marinero déla dicha carabela Niña, dijo que para el juramento que habia hecho, que nunca oyó ni vido isla que pudiese tener trescientas treinta y cinco leguas en una costa de Poniente á Levante, y aun no acabada de andar; y que veia agora que la tierra-firme tornaba al Sur Suduest y al Suduest y Oest, y que ciertamente no tenia dubda alguna que fuese la tierra-firme, antes lo afirmaba y defendería que es la tierra firme y no isla; y que antes de muchas leguas, navegando por la dicha costa, se fallaría tierra adonde trata gente política de saber, y que sabe el mundo etc7.
Esta declaración que ha sido señalada por numerosos autores como prueba del temperamento autoritario y engañoso de Colón, me interesa mucho más por su carácter “validatorio” de las ideas cosmográficas colombinas que, como es sabido, le asignaban a Cuba una identidad peninsular asiática. Como señala Gustavo Vargas Martínez: “Colón creía haber llegado a la costa de la provincia China de Mangi […] y al obligar a su tripulación a certificar que Cuba era parte continental de Asia, creía no defraudar a los Reyes Católicos que lo habían apoyado” (2013, pp. 50-51).
El segundo documento en la lista del historiador mexicano es el mapa anónimo, conocido como de “Cantino” (1502), elaborado principalmente con fuentes cartográficas portuguesas y castellanas, probablemente extraídas o adquiridas por el “agente diplomático” Alberto Cantino en el Padrón Real portugués, y enviadas al duque Hércules d’Este en Módena, donde actualmente se conserva. El historiador colombiano Gustavo Vargas añade que la “exactitud” de la información cartográfica en este mapa, especialmente en la delineación de la línea costera de Brasil, sugiere que esta carta pudo nutrirse, además de por los reconocidos viajes de los hermanos Corte Real al litoral norte del continente, y los de Pedro Álvares Cabral al sur, de los datos aportados por las todavía insuficientemente estudiadas navegaciones clandestinas portuguesas (2013, p. 55). Este nivel de detalle en la información americana produjo una importante influencia en otras cartas marinas que el propio Waldseemüller elaboró entre 1507 y 1516, “renunciando” u “olvidando”, como se analizará más adelante, al modelo cartográfico presentado en su célebre mapa de 1507.
Considero importante recuperar la intuición de Nebenzahl acerca de un detalle que podría darse por hecho, pero que su incorporación en el presente análisis robustece la idea que estamos planteando en torno a generar una lectura más crítica que la propuesta por León-Portilla de las ideas cosmográficas presentes en las primeras representaciones americanas, y que hipotéticamente derivarían en el mapa de 1507 de Waldseemüller. En este caso, el señalamiento tiene que ver en la presente carta de 1502 con la no inmediata identificación de la isla “Isabella” con Cuba (bojeada seis años más tarde por el gallego Sebastián de Ocampo), por lo que se abriría la posibilidad de que la “península” representada al noroeste de la isla no sea La Florida, explorada formalmente hasta 1513 por Juan Ponce de León, sino una parte del litoral oriental de Asia, idea que el propio cosmógrafo de Saint-Die recupera en su Carta Marina Navigatoria de 1516 al llamar a esa misma masa Terra de Cuba Asie Partis.
Northwest of “Isabella” is an area, incomplete and partially off the map, that is perhaps the greatest unsolved cartographic puzzle of the period. Although “Isabella” strongly resembles Cuba, and the peninsula to the northwest could be Florida, there are several theories to the contrary. One is that the anonymous Portuguese mapmaker confused Spanish reports of the configuration of the newly discovered islands and duplicated Cuba; first as the island but also as the incompletely explored area to the northwest. Another interpretation considers “Isabella” to be Cuba but regards the peninsula as the Asian mainland Columbus and Cabot believed they had reached. If we were seeing Cuba and Florida, no one knows from whom this information came, as Florida was not formally discovered until 1513 (Nebenzahl, 1990, p. 34).
Desde mi punto de vista, esta idea acerca del carácter “asiático” de las islas Isabella y Española en el Cantino se ve reforzado con los elementos “estilísticos” con los que el desconocido fabricante de la carta compuso la representación de los pequeños islotes o islas menores que vemos al sur de la supuesta península de Florida, y que rodean también a sus mencionadas “hermanas mayores” (Figura 2).
Figura 2
Detalle del Planisferio de “Cantino”, Lisboa, 1502

Fuente: Anónimo. Manuscrito iluminado, 120 x 218 cm. Biblioteca Estense de Modena, Italia. Recuperado del Catálogo de la Biblioteca y Cartoteca del Instituto Geográfico Nacional https://www.ign.es/web/biblioteca_cartoteca/abnetcl.cgi/Ok5OY57AwYL9eQkZxC5rNx2GkeQ?ACC=161
Si bien es cierto que todas las islas dibujadas en el mapa están configuradas de modo similar, con sus bordes irregulares y coloreadas en rojo y azul, para el ojo avezado no dejan de manifestar un reconocible parentesco con las coloridas constelaciones de islas en el mar de Mangi que se representaban en la tradición de los portulanos mallorquines y catalanes del siglo xiv, como en el bien conocido folio VI del Atlas Catalán de Abraham Cresques, en el que se representan Catay, la Taprobana, y las referidas más de siete mil islas del mar de Mangi que el Almirante, en su entrada del 14 de noviembre, no duda en intuir y describir apasionadamente:
Después de aver andado así 64 millas halló una entrada muy honda, ancha un cuarto de milla, y buen puerto y río, donde entró y puso la proa al Sursudueste y después al Sur hasta llegar al Sueste, todo de buena anchura y muy fondo, donde vido tantas islas que no las pudo contar todas, de buena grandeza, y muy altas tierras llenas de diversos árboles de mill maneras e infinitas palmas. Maravillóse en gran manera haber tantas islas y tan altas […] y dice que cree que estas islas son aquellas innumerables que en los mapamundos en fin de oriente se ponen. Y dixo que creía que había grandísimas riquezas y piedras preciosas y especiería en ellas, y que duran muy mucho al Sur y se ensanchan a toda parte. […] Algunas d´ellas que pareçía que llegan al çielo y hechas como puntas de diamantes (Colón, 2014, pp. 117-18).
Con similar disposición y presencia vemos el mismo estilo insular en el menos conocido Mapamundi circular estense, también conocido como Mapamundi Catalán con sus delicadas líneas loxodrómicas, y sus representaciones de los soberanos legendarios de Etiopía y Asia, emanados de la literatura de viajes, especialmente de los relatos de Marco Polo (Figura 3).
Figura 3
Detalle de Catay, Mapamundi Catalán, Anónimo, circa 1450

Fuente: Atribuído a Pere Rossell, destacando las islas del Mar de China. 30.5 x 56.8 cm. Biblioteca Estense Universitaria de Módena. Recuperado del Catálogo de la Cartoteca del Instituto Geográfico Nacional https://www.ign.es/web/catalogo-cartoteca/resources/html/031255.html
Además del citado planisferio de Cantino, otro mapa manuscrito a considerar como parte de las posibles influencias de los humanistas de Saint-Dié es el de Caveri realizado en torno a 1504-05. Este mapa de gran formato iluminado en vitela mide 2.25 x 1.15m y se conserva actualmente en la Biblioteca Nacional de París. Es probable que el cartógrafo utilizara como referencia la carta de Cantino, o que compartieran las fuentes de información geográfica ya que presentan una visión de las Indias muy semejante. Como en el caso de su predecesor, es posible apreciar en la costa sur de la supuesta península de Florida más de una veintena de pequeñas islas que remiten visualmente a la experiencia medieval antes referida.
Para concluir este recorrido, los argumentos a favor de la insularidad asiática como genealogía del Nuevo Mundo heredada por Waldseemüller se refuerzan en el primero de los mapas impresos de esta lista. Conservado en la Biblioteca Británica, y conocido como el mapamundi de Contarini, de 1506 (Figura 4), fue elaborado en Florencia sobre planchas de cobre con la colaboración del famoso grabador Francesco Rosselli, al que se le debe también la xilografía del gran mapa de Martellus de 1489 que tanta influencia tuvo en las ideas cosmográficas de Cristóbal Colón. En consonancia con esta visión del mundo, pero utilizando una proyección cónica que permie introducir la información de los viajes recientes, el mapa de Contarini presenta una idea bastante tradicional de la configuración terrestre y marítima del extremo oriental de Asia: un enorme litoral alrededor del cual se presumía que se hallaban los descubrimientos realizados por las tres potencias marítimas activas en el Nuevo Mundo (Castilla Portugal e Inglaterra), y encabezados los esfuerzos por las navegaciones de Colón, los hermanos Corte Real, y Caboto. Según la síntesis realizada por Contarini en su mapa con la información de los nautas mencionados y la cosmografía ptolemaica-marcopoliana del Asia, queda representado un panorama en el que las exploraciones marítimas, tanto en Terranova, la Tierra de Santa Cruz, y las Antillas colombinas se enmarcan en un espacio asiático en el que, por ejemplo, la “Terra de Cuba” y la isla de Cipango distan menos de 10° de longitud la una de la otra.
Figura 4
Detalle del Mapa Universal de Giovanni Matteo Contarini de 1506

Fuente: Grabado en cobre sobre papel, 42 x 63 cm. The British Library / Map Library, Londres.
La rúbrica de esta geografía asiática la presenta la cartela a la izquierda de Cipango que dice “Cristóbal Colón, Virrey de España, navegando hacia Poniente arribó después de grandes esfuerzos y correr muchos peligros, a las islas Hispanas, desde donde levó anclas y navegó hacia la provincia llamada Ciamba” [es decir, La Champa de Marco Polo]. “Después tocó tierra en otro lugar que tanto Colón como los conocedores de las cosas marítimas aseguran que contiene oro en gran cantidad” (Contreras, 1983, p. 275).
Para concluir con este apartado en el que se han tratado de desarrollar en paralelo una crítica historiográfica a la interpretación de León-Portilla a través de una reexaminación de la genealogía cartográfica que antecede a Waldseemüller con el fin de robustecer la explicación acerca de la persistencia de una imaginación insular asiática para el Nuevo Mundo conviene recordarle al lector, que más que discutir la relevancia “ontológica” del nombre América, ha interesado reconocer las condiciones intelectuales que hicieron posible dicha representación. En este sentido, el problema no consiste únicamente en establecer si Waldseemüller fue el primero en concebir un continente separado de Asia, sino en comprender el horizonte cosmográfico desde el cual esa imagen podía resultar verosímil para la imaginación espacial de los humanistas eruditos de comienzos del siglo XVI.
¿Es históricamente verosímil una concepción de un Nuevo Mundo asiático? ¿Son reconciliables en la cosmografía de la época estas dos “realidades” geográficas? ¿Es realmente tan obvio como parece que el mapa de Waldseemüller viene a heredar una visión del mundo en la que América, a la “luz” de la intuición vespuciana es ontológicamente distinta de Asia? A pesar de una sólida historiografía interesada en el tema, sobre la que retornaremos, a León-Portilla parece inquietarle que:
Respecto de América puede decirse que este mapa viene a ser un retroceso si se lo compara con los de Cantino y Caveri. En ellos no se establece una relación de las tierras recién descubiertas con el continente asiático. Pero en el de Contarini se deja sentir una influencia de las ideas de Colón en el sentido de que, con excepción de las islas del Caribe y la de una gran masa al sur denominada Tierra de Santa Cruz, el resto de lo que se registra en el extremo izquierdo del mapa se presenta como parte del Asia (León-Portilla, 2007, p. 22).
Como se ha visto hasta este punto, a diferencia del énfasis que se hace en el citado estudio introductorio por derivar de ciertas nociones geográficas “revolucionarias” la carta de Waldseemüller de 1507, especialmente en lo tocante a su representación de América como un “continente” separado de Asia, es imposible desligar al cosmógrafo de Saint-Die de su verdadera tradición ptolemaica, compartida por prácticamente todos los eruditos de su tiempo, incluidos Colón y los ya mencionados Martellus y Toscanelli. Según este sistema cosmográfico-cartográfico, compartido naturalmente también por Waldseemüller, la ecúmene cristiana “tradicional” (Europa, África y Asia) ocupaba aproximadamente tres cuartas partes de la esfera terrestre, es decir, unos 270° de longitud desde el límite occidental conocido por los griegos (las Islas Afortunadas), hasta el extremo más oriental (Cipango) dado a conocer en Europa en tiempos de Marco Polo (Álvarez, 2022, p. 111).
Esta es precisamente la configuración del mundo que presenta el mapa semicordiforme de 1507. Tal como lo habían hecho antes todos los cartógrafos enlistados arriba, el reto consistía en asignar o “acomodar” en la cuarta parte del globo restante los resultados de las navegaciones europeas que, desde finales del siglo xv, habían surcado los océanos Atlántico e Índico tratando de encontrar la mejor ruta hacia el Catay y la Especiería. La “novedad” de Waldseemüller consiste en la morfología con la que decide, en principio, representar los litorales explorados por Colón y Vespucio principalmente. La solución “compositiva” pasa por la invención de dos islas en el extremo occidental del mapa, en este caso facturado en un enorme formato compuesto por 12 láminas impresas sobre papel que en su conjunto arrojan unas dimensiones de 2.36 x 1.32 m., y que llevan el colombino topónimo de Parias para la isla septentrional, y el vespuciano nombre de América para la meridional (Figura 5).
Figura 5
Detalle de la Universalis Cosmographia Secundum Ptholomaei Traditionem… Martin Waldeseemüller, Estrasburgo, 1507

Fuente: Grabado en madera sobre papel, 132 x 236 cm. Library of Congress Geography and Map Division Washington, D.C. Recuperado de https://www.loc.gov/item/2003626426/
Como trataremos de mostrar a continuación, la “riqueza” del gesto es más de naturaleza etimológica que cosmográfica, pues si nos atenemos a las “coordenadas mentales” de Vespucio en el conjunto de sus navegaciones indianas, y a lo que la propia Universalis Cosmographia revela desde un análisis estrictamente cartográfico, y no solo “nacionalista-ontológico” como se ha querido ver, es que tanto América como Parias se encuentran en la indeterminada órbita de las islas “asiáticas” cuya presencia tanto en la literatura de viajes como en la cartografía de la “larga edad media” nos hemos esforzado en recuperar. Como plantea Salvador Álvarez al ocuparse con puntualidad del asunto:
Para transformarlas en islas, Waldseemüller gráficamente “inventa” sendos litorales occidentales para Parias y América, los cuales, obviamente, nadie había visto. Sin embargo, tampoco se compromete de manera demasiado definitiva en cuanto a la “insularidad” de esas dos tierras, Y pareciera ser que en especial con la de Parias, como lo deja ver la inscripción Terra Ulteri Incognita que aparece en su extremo noroccidental, la cual insinúa la posibilidad de que esa tierra se extienda más lejos aún en dirección del poniente. […] Todo ello nos lleva también a recalcar la muy estrecha relación entre esas dos islas “nuevas” y la masa continental asiática. Parias se extiende entre los 280 y los 300 grados de longitud, mientras que América, entre los 280 y los 325 grados de longitud. Aunque gráficamente no lo parezcan, debido a la proyección semicordiforme adoptada por el cartógrafo, traducidas a kilómetros todas esas son distancias enormes. […] Dentro de ello esas islas “nuevas” aparecen como claramente pertenecientes al Asia: el espacio geográfico que separaba a la “isla” Paria de la isla Cipango, era poco más o menos el mismo en extensión el que mediaba entre esa isla y Cuba (Álvarez, 2022, p. 112).
Si es verosímil pensar que en la mente de Vespucio las tierras exploradas forman parte de lo que él asume, no por un capricho, sino a través de una valoración sustentada en toda una tradición cosmográfica, ser parte de los litorales de esa “Asia inmensa”, y por lo que transparenta la interpretación “insular” del propio Waldeseemüller en el mismo sentido, ¿qué puede decirse entonces del “valor” toponímico de América? ¿Qué hay de esa “estela” ontológica que dejó la rúbrica del cosmógrafo para sus herederos en el arte de hacer cartas del mundo? ¿Cuál es la verdadera relación entre la “información” geográfica y la “composición” de una imagen cartográfica como la de 1507?
El prestigioso filólogo alemán Dietrich Briesemeister (1990), al ocuparse de estas cuestiones, propone una aproximación “lúdico-etimológica” que dialogaría con cierto espíritu erudito de concretización literaria entre los humanistas europeos interesados por los descubrimientos, y que podrían intuir, con cierta autosatisfacción, la relación entre el nombre griego Amerige (tierra de Américo), y la matriz helenística con la que estaba escrita la Geographia de Ptolomeo. Como es notorio, en estos círculos se otorgaba mucha importancia, además de la noticia y la información “actualizada”, a las nociones de autoridad y genealogía. A estas últimas se recurría también para la configuración de la dimensión “retórica” del texto, o del mapa en este caso, es decir, para la fabricación de aquello que hacía que una “simple” información adquiriera el estatuto completo de saber.
En la Antigüedad igual que en el Renacimiento se solía asociar con la cosa el nombre del inventor o descubridor para honrar su memoria y en elogio de su patria. Catálogos enciclopédicos del tipo De inventoribus rerum (Polidoro Virgilio, Venecia 1499) fueron compilados a tal fin. Objeto y palabra formaban un todo. Mediante la palabra y su etimología parecía posible explicar o, mejor dicho, comprender la cosa, modo de pensar lo que Ernst Robert Curtius llamaba ‘Etymologie als Denkform’ etimología como forma de pensar. Hay que entender la acuñación de la palabra América ante el trasfondo clásico-medieval. […] La denominación de la hasta entonces desconocida región continental del Nuevo Mundo no es nada más que un juego filológico de palabras y una figura etimológica improvisada; […] no hay que tomar demasiado en serio esta exégesis lúdica (Briesemeister, 2009, pp. 21-22).
Es al interior de este entramado cosmográfico-etimológico en el que deberían hacerse legibles las representaciones cartográficas de Waldseemüller, que como puede verse, serían resultado de una especie de tensión entre lo que pertenece al dominio de la información, y, por otro lado, a aquello que se inventa en el sentido renacentista del término, es decir, en el dominio de la producción de sentido. Como apunta Levinas, en el vocabulario erudito de la baja Edad Media, “descubrimiento” e “invención” operan una gran semejanza léxica, vinculada al encuentro o al hallazgo de algo determinado, como atestigua el famoso título colombino de la misiva a Luis de Santángel, De insulis inventis: “De ahí que invención se vincule más a la imaginación, la ocurrencia, la interpretación, la especulación y la conjetura, tanto en relación con el desarrollo de artefactos, planes y estratagemas, como de ideas y argumentos retóricos” (Levinas, 2016, p. 288).
Bajo esta lógica, en los mapas emanados de la tradición cosmográfica de Waldseemüller, pero bien podría aplicarse el diagnóstico para otros ejemplos de “representación renacentista”, se transparentaría una relación de compatibilidad entre lo factual y lo indeterminado que sería muy difícil de conciliar para nuestro régimen industrial del espacio, o para ponerlo en otros términos, entre lo que se consideraría “real” (lo visto y lo “medido” por Vespucio en sus navegaciones), con aquello que, asociado a la imaginación geográfica y a este sentido retórico-etimológico del cosmógrafo proveniente de la formación literaria y la erudición renacentista, se consideraría “fabulado”, o simplemente “verosímil”. Este horizonte intelectual explica por qué categorías culturales que desde el presente podrían considerarse incompatibles (experiencia, autoridad, imaginación, especulación) lograban coexistir sin reclamo en la configuración de una representación cartográfica. Bajo esta lógica y no exento de cierto juicio moralizante, pero de forma muy clara para lo que nos interesa, Alexandre Koyré recuerda que:
Una vez que esta ontología [la aristotélica-medieval] es destruida y antes de que una nueva, que no se elabora hasta el siglo XVII, haya sido establecida, no hay ningún criterio que permita decidir si la información que se recibe de tal o cual «hecho» es verdadera o no. De esto resulta una credulidad sin límites. […] Si se quisiera resumir en una frase la mentalidad del renacimiento, yo propondría la fórmula: todo es posible (1978, pp. 42-43).
A la luz de estas consideraciones puede comenzar a desenmarañarse la ya no tan enigmática amnesia que tanto inquietaba a León-Portilla y a otros acerca del supuesto “olvido”, o peor aún, del “retroceso” de Waldseemüller, cuando acreditaba que Colón había inventado las Indias (la isla septentrional o Parias según la nomenclatura expuesta más arriba) como parte de Asia, visión cartográfica que puede constatarse en la también famosa Carta marina navigatoria de 1516. Con respecto de América o la isla meridional, en el capítulo IX de la Cosmographiae introductio aparece la “inmortal” adjudicación:
Ahora estas partes han sido más ampliamente exploradas y otra cuarta parte por Américo Vespucio. Y no veo que haya alguien que razonablemente se oponga a que, por esto, la designe Amerige, tierra de Américo o América, derivando su nombre de Américo, su descubridor, hombre de ingenio sagaz, ya que además Europa y Asia recibieron nombres de mujeres. La ubicación, [de América] las costumbres de sus habitantes se conocerán mejor por medio de [las relaciones] acerca de las cuatro navegaciones de Américo, que más abajo se incluyen (Waldseemüller, 2007, p. 88).
Según el campo semántico “renacentista” del vocablo “inventio” como medio de producción de sentido, se revela la “naturalidad” del impulso con la que Ringmann y Waldsemüller, como eruditos autores de la Cosmographiae introductio, dictaminaron (y aquí se vislumbra la enorme problemática que imbrica las posibles “contradicciones cognitivas” entre lo que inventa el navegante con “autoridad etnográfica”, y lo que, más en un sentido “editorial”, inventa el cosmógrafo acerca del mundo) que la variante italiana del nombre (Amerigo), y no la latina (Albericus con la que se pierden las asociaciones etimológicas griegas amérdo, amárantos, amérgo relacionadas con el brillo del oro, la eterna juventud y la naturaleza exuberante) (Briesemeister, 2009, p. 23) fuera la que le diera sentido a la “cuarta parte” del mundo, por supuestamente, ser Vespucio el que primero concibió la existencia de una tierra “nueva” (la isla meridional) separada de Asia. La pregunta fundamental en este punto es: ¿Coinciden en un sentido estrictamente geográfico las interpretaciones, o más propiamente las invenciones de Vespucio y Waldsemüller respecto a la naturaleza de América? ¿Qué elementos tuvieron mayor fuerza “gravitacional” a la hora de componer una visión del mundo en la imprenta?: ¿la empiria del navegante, o la cultura erudita del cosmógrafo?
…el mapamundi de Waldseemüller, condicionado por la traducción latina que Ringmann había hecho del Mundus Novus en 1505, al representar a América como una masa de tierra independiente, rodeada de agua y separada de Asia y mostrar a Vespucio como su descubridor en el mapa de los dos hemisferios, no sólo contribuyó a difundir un mal entendido, sino que “allanó el camino a una idea que no habría podido ser acreditada como verdad geográfica a principios del siglo xvi europeo” (Levinas, 2016, p. 291).
Considero de capital importancia esta observación relativa al desequilibrio, o incluso al franco desacuerdo entre la información aportada de primera mano por Vespucio, y sus ulteriores adaptaciones “bibliográficas” en el marco de una cultura de la invención etimológica como la de Ringmann y Waldsemüller, no solo por la difusión del nombre, y el falso efecto de novedad que ello produjo en la historiografía americanista, como hemos visto, desde el siglo xvi hasta el presente, sino porque esta poética de la representación tuvo incidencia directa en la composición y en la semántica de la imagen cartográfica. Esto significa que, en la búsqueda de una adecuada crítica de fuentes como la que se viene proponiendo, es ineludible reintegrar en el análisis de la cultura cosmográfica humanista sus “regresiones” retóricas, no como una falla “epistemológica”, sino como condición de posibilidad para la elaboración y la comprensión de los mapas americanos.
Para finalizar, la cuestión central que se ha desarrollado a lo largo de este artículo no consiste entonces en resolver si el cosmógrafo de Saint-Die "acertó" o "falló" en su propuesta por representar el Nuevo Mundo, sino en ganar comprensión acerca de los criterios de validez históricos y culturales bajo los que esa representación pudo considerarse admisible. Desde esta perspectiva intelectual, la cartografía renacentista pierde su mero registro acumulativo de “descubrimientos” para emerger como un conjunto de prácticas de composición espacial, donde la autoridad de las tradiciones cosmográficas, la erudición filológica y la información náutica convergen en la elaboración de una imagen verosímil del mundo.
De esta manera se comprende por qué, lejos de constituir una anomalía, un retroceso o una amnesia, la solución cartográfica insular de Waldseemüller revela la pervivencia de un modo de ordenar el espacio congruente con la tradición cosmográfica humanista en el que las novedades empíricas todavía no gozaban de estabilidad semántica al interior de una geografía cincelada por los ríos de la autoridad. Entendido así, el nombre de América pierde operatividad exclusivamente como designación geográfica para convertirse en un dispositivo retórico de legitimación del saber.
En definitiva, y tratando de volver a la pregunta que dio origen a estas reflexiones, puede decirse que el tiempo de la exploración y el tiempo de la representación no progresan necesariamente de manera paralela. Entre ambas historicidades se tensa el arco de un complejo proceso de mediación intelectual en el que la información geográfica era reinterpretada (editada) antes de ganar su estatuto como imago mundi. En este sentido, la historia de la cartografía se revela inseparable de la historia de las formas de producción del conocimiento.
El presente artículo es un producto académico original e inédito. Parte de la investigación contenida aquí y adaptada para su publicación en esta revista se desarrolló en el transcurso de mi tesis doctoral: Sanabria, B. A. (2025) Cartografías de la mirada imperial. Políticas del saber e imaginación geográfica sobre el Nuevo Mundo en el siglo XVI [Tesis de doctorado inédita, Universidad Iberoamericana Ciudad de México] la cual contó con el financiamiento público del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología, hoy SECIHTI.
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1 Sobre el tema de los grabados americanos y su función comunicativa véase la obra de Olaya Sanfuentes (2009) y más recientemente Mar Rodríguez Alvarado y Fernando Contreras Medina (2022).
2 Utilizo el concepto griego y su traducción como “universo de palabras” para ejemplificar el carácter cerrado o totalizador de la obra impresa en el renacimiento. Para su uso en el contexto de la literatura griega arcaica véase Giovanni Lombardo (2008).
3 “El Renacimiento suponía en algunos aspectos, al menos en su primera etapa, una cerrazón más que una apertura del pensamiento. La veneración por la antigüedad se hizo más servil; la autoridad adquirió nuevas fuerzas sobre la experiencia. Los límites y el contenido de las disciplinas tradicionales, como la cosmografía o la filosofía, habían sido claramente señalados de acuerdo con los textos de la antigüedad clásica, los cuales adquirieron aún mayor grado de autoridad cuando fueron reproducidos en letra impresa por primera vez.” (Elliott, 2000, pp. 29).
4 Esta es la razón por la cual el lector a menudo se siente envuelto en acontecimientos que, mientras lee, le parecen reales, aunque de hecho estén muy alejados de su propia realidad. El texto literario activa nuestras propias facultades, capacitándonos para recrear el mundo que presenta. El producto de esta actividad creativa es lo que podríamos llamar la dimensión virtual del texto, la que le otorga realidad. Esta dimensión virtual no es el texto mismo, ni tampoco es la imaginación del lector: es la unión entre el texto y la imaginación (Iser, 1988, p. 37).
5 Esta obra, además de las ediciones corregidas de la Geographia de Ptolomeo es probablemente la que mayor fama le aportó a Mercator hasta el presente. Reconocida como el primer atlas moderno (la obra anterior de Ortelius lleva el título de Theatrum Orbis Terrarum, 1570) consta para la edición de 1602 de 107 mapas grabados en planchas de cobre con una rica y detallada ornamentación. Una copia de la quinta edición publicada en Ámsterdam en 1623 puede consultarse en: Repositorio digital de la Biblioteca de la Universidad Complutense de Madrid, https://patrimoniodigital.ucm.es/s/patrimonio/item/99925.
6 El énfasis en este gesto originario, y la “relevancia” historiográfica que esto puede tener, solo se explican desde una interpretación más filosófica que propiamente histórica del acontecimiento. Como lo declara Alicia Mayer con un tono eminentemente conmemorativo en la presentación de la edición citada: “Celebramos que la palabra “América” haya derivado en un concepto ontológico. El nombre ha perdurado en el transcurso del tiempo y ha adquirido una connotación especial, un rasgo identitario para quienes habitamos este hemisferio”. Alfonso Mendiola (2021) aporta una buena reflexión de actualidad acerca de las diferencias entre el pensamiento histórico y el político-conmemorativo.
7 La declaración original, conservada en el Archivo General de Indias la reproduce Martín Fernández de Navarrete, Coleccion de los viajes y descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV: con varios documentos inéditos concernientes á la historia de la Marina Castellana y de los Establecimientos Españoles de Indias. Tomo II. Documentos de Colón y de las primeras poblaciones (1859).