Ciencia y Sociedad, Vol. 51, No. 2, diciembre, 2026 • ISSN (impreso): 0378-7680 • ISSN (en línea): 2613-8751
In search of the islands of gold and silver. The expedition to Japan of Sebastián Vizcaíno, 1611–1614
DOI: https://doi.org/10.22206/ciso.2026.v51i2.3740
Sebastián Daniel Ojeda Bravo
Instituto de Investigaciones Jurídicas
Universidad Nacional Autónoma de México
https://orcid.org/0009-0009-5905-8606
Sdojeda90@gmail.com
Recibido: 21/04/2026 • Aprobado: 08/06/2026
Cómo citar: Ojeda Bravo, S. D. (2026). En pos de las islas del oro y la plata. La expedición a Japón de Sebastián Vizcaíno, 1611-1614. Ciencia y Sociedad, 51(2), 41-60. https://doi.org/10.22206/ciso.2026.v51i2.3740
Resumen
El presente texto analiza la expedición de Sebastián Vizcaíno a Japón entre 1611 y 1614, en el contexto de las exploraciones transpacíficas impulsadas por la monarquía hispánica. Más allá de su dimensión diplomática, la misión estuvo profundamente marcada por la persistencia de imaginarios geográficos, en particular por el mito de las islas ricas en oro y plata, cuya búsqueda orientó buena parte de los esfuerzos exploratorios en el Pacífico. El artículo examina los antecedentes de las relaciones entre Japón y Nueva España, desde el naufragio de Rodrigo de Vivero y los primeros acercamientos políticos, hasta la formulación de proyectos comerciales y diplomáticos que buscaban articular un vínculo más estable entre ambos espacios. Para ello, se recurre al análisis crítico de fuentes primarias, de documentación cartográfica y de crónicas de la época, contrastadas con la historiografía especializada sobre las relaciones transpacíficas. En este marco, la expedición de Sebastián Vizcaíno se concibió como una misión de reconocimiento con objetivos definidos: reforzar la presencia hispánica en el Pacífico y, sobre todo, localizar las míticas islas de metales preciosos que durante décadas alimentaron expectativas imperiales y orientaron la exploración oceánica. Finalmente, el artículo propone una relectura de la expedición de Vizcaíno como evidencia del impacto político de los imaginarios geográficos y cartográficos, cuyos efectos fueron reales aun cuando las legendarias islas del oro y la plata nunca lo fueron.
Palabras clave: Sebastián Vizcaíno, océano Pacífico, relaciones Japón-Nueva España, islas del oro y la plata, imaginarios marítimos.
Abstract
The present text analyzes Sebastián Vizcaíno’s expedition to Japan between 1611 and 1614 within the context of the transpacific explorations promoted by the Hispanic Monarchy. Beyond its diplomatic dimension, the mission was deeply shaped by the persistence of geographical imaginaries, particularly the myth of the islands of gold and silver, whose pursuit guided a significant portion of exploratory efforts in the Pacific. The article examines the background of relations between Japan and New Spain, from the shipwreck of Rodrigo de Vivero and the first political contacts to the formulation of commercial and diplomatic projects aimed at establishing a more stable link between the two regions. To this end, the study employs a critical analysis of primary sources, cartographic materials, and contemporary chronicles, and contrasts them with specialized historiography on transpacific relations. Within this framework, Vizcaíno’s expedition was conceived as a reconnaissance mission with defined objectives: to reinforce the Hispanic presence in the Pacific and, above all, to locate the mythical islands of precious metals that, for decades, had fueled imperial expectations and guided oceanic exploration. Finally, this article proposes a reinterpretation of Vizcaíno's expedition as evidence of the political impact of geographic and cartographic imaginaries, whose effects were real even though the legendary islands of gold and silver were not.
Keywords: Sebastián Vizcaíno, Pacific Ocean, Japan–New Spain relations, islands of gold and silver, pacific imaginaries.
Pinzón Ríos (2018) hace mención de que “los hombres que desde el siglo XVI participaron en las navegaciones por el Pacífico novohispano se embarcaron en busca de las riquezas que en las recién descubiertas tierras no podían obtener, por lo que se lanzaron a nuevas aventuras” (p. 21). Sin lugar a dudas, los siglos XVI y XVII fueron un parteaguas para la navegación, pues tanto lusitanos como españoles ampliaron sus territorios tanto en América como en Asia, impulsados no sólo por intereses estratégicos y comerciales, sino también por un persistente imaginario de abundancia y riqueza que situaba en el territorio asiático la promesa de metales preciosos, especias y maravillas.
Desde finales de la Edad Media, la idea de que Asia del este era una región colmada de riquezas había sido alimentada por relatos de viajeros y cronistas. Marco Polo (2022) describía la supuesta prosperidad de Cipango, identificada posteriormente con Japón1, señalando que “ahí se encuentra oro, del que tienen abundancia; como nadie va allí, los mercaderes no pueden llevárselo, y de ahí que tengan tanto [...] Y hay también muchas piedras preciosas, con lo que la riqueza de la isla es indescriptible” (p. 273). Este tipo de descripciones no sólo moldearon la percepción europea de Asia, sino que contribuyeron a la formación de un horizonte de expectativas en el que la búsqueda de territorios ricos en metales preciosos se convirtió en un poderoso motor de exploración.
Así pues, la presencia hispana en los territorios del llamado Mar del Sur se debe, en gran medida, a los esfuerzos de navegantes que aprovecharon la posición geográfica de Nueva España como punto de enlace entre América y Asia. A partir de esta articulación surgió un corredor comercial transpacífico cuyo eje estuvo conformado por Filipinas y Nueva España. Sin embargo, más allá del intercambio mercantil, el Pacífico novohispano también fue escenario de proyectos expansionistas, aspiraciones imperiales y búsquedas motivadas por la posibilidad de hallar nuevas fuentes de riqueza.
La navegación en estas aguas distaba de ser segura debido a que tormentas, enfermedades, motines y enfrentamientos con potencias rivales formaban parte de la experiencia cotidiana de los marinos. A ello se sumaban los temores inherentes a internarse en regiones escasamente conocidas o completamente inexploradas, donde la incertidumbre geográfica, la ausencia de referencias precisas y la circulación de relatos sobre islas misteriosas, monstruos marinos o riquezas fabulosas alimentaban tanto el miedo como las expectativas de quienes se aventuraban a cruzar el océano (Moya Sordo, 2025, p. 287).
En este contexto, resulta pertinente la reflexión de Gruzinski (2010), quien señala que “de la misma forma en que lanza hacia lo desconocido flotas y armadas, la movilización ibérica despierta y anima las subjetividades, infunde una fuerza nueva a los milenarismos, a los sueños y a las leyendas” (p. 53). Esta observación pone de relieve que la expansión ultramarina de los siglos XVI y XVII no estuvo impulsada únicamente por intereses económicos o estratégicos, sino también por un conjunto de aspiraciones, creencias e imaginarios que otorgaban sentido a la exploración de espacios desconocidos. Los relatos sobre islas fabulosas, ciudades opulentas y territorios colmados de metales preciosos alimentaron las expectativas de navegantes, cosmógrafos y autoridades, convirtiéndose en un poderoso incentivo para emprender nuevas expediciones a través del Pacífico.
Ahora bien, la consolidación de la presencia hispánica en Filipinas favoreció la formulación de proyectos encaminados a ampliar las relaciones políticas, comerciales y diplomáticas con distintos territorios de Asia. En este escenario, Japón ocupó un lugar privilegiado debido tanto a su posición estratégica dentro de las redes marítimas del Pacífico como a la percepción de que constituía un posible punto de acceso a nuevos mercados.
Bajo este panorama, resulta significativo, y en cierta medida paradójico, que un naufragio diera origen al primer intento formal de acercamiento entre Nueva España y Japón, abriendo no sólo una vía diplomática, sino también la posibilidad de acceder a las riquezas que la tradición situaba en el archipiélago nipón y en las legendarias islas del oro y la plata.
En tal tenor, en el marco de los primeros contactos transpacíficos entre Japón y el mundo hispánico, la llamada embajada Keichō constituyó uno de los intentos más significativos por formalizar vínculos diplomáticos y comerciales entre el archipiélago japonés, Nueva España y la monarquía hispánica. Encabezada por el samurái Hasekura Tsunenaga, esta misión ha ocupado un lugar central dentro de la historiografía. Desde los trabajos pioneros de Núñez Ortega (1921), hasta investigaciones más recientes como las de Mayer Celis y Galarza Barrios (2021), diversos autores han analizado los primeros contactos entre Japón y el mundo hispánico. Destacan también los estudios de Knauth (1972), centrados en las relaciones transpacíficas entre Japón y los territorios ultramarinos de la monarquía hispánica; el trabajo León-Portilla (2013) sobre la llegada del japonés a Nueva España; el análisis de Barrón Soto (2012) acerca de los alcances políticos y comerciales de la misión; así como la obra colectiva La Misión Hasekura: 400 años de su legado en las relaciones entre México y Japón (Girón et al., 2018), que aborda el tema desde distintas perspectivas disciplinarias. En conjunto, estos trabajos han tendido a privilegiar el papel de dos figuras principales: Rodrigo de Vivero, cuyo naufragio en Japón propició las primeras negociaciones formales entre ambas regiones, y el propio Hasekura, como representante del país nipón.
Sin embargo, es necesario hacer mención de un tercer actor cuya intervención resultó decisiva en la configuración de este proceso: Sebastián Vizcaíno, quien encabezó una expedición que marcó un momento clave de exploración, negociación y expectativas en torno a las posibilidades políticas y económicas del espacio transpacífico.
En 1611, Vizcaíno emprendió una expedición hacia Japón con un doble propósito. Por un lado, debía consolidar los contactos iniciados tras la experiencia de Vivero; por el otro, tenía la misión de explorar las aguas niponas en busca de las míticas islas del oro y la plata, cuya existencia, alimentada por relatos, mapas y especulaciones, continuaba influyendo en los proyectos de expansión hispánicos.
Ante ello surge una cuestión central: ¿por qué su participación ha sido frecuentemente minimizada dentro de la historiografía? Si bien su expedición estuvo marcada por dificultades y no logró concretar sus objetivos inmediatos, su papel ha tendido a ocupar un lugar secundario en los relatos posteriores.
Resulta importante resaltar que, si bien su expedición estuvo marcada por dificultades y no logró concretar sus objetivos inmediatos, sus vínculos con el fraile Luis Sotelo y con el daimyō2 Date Masamune contribuyeron a generar las condiciones que posibilitaron la posterior misión Hasekura. De este modo, su viaje no sólo debe entenderse como un episodio diplomático fallido, sino como parte de un esfuerzo mayor impulsado por la persistente búsqueda de riqueza en el imaginario transpacífico.
A partir de lo anterior, el presente trabajo tiene como objetivo analizar la expedición de Sebastián Vizcaíno, atendiendo tanto a su dimensión diplomática como a su inserción dentro del proyecto de localización de las legendarias islas ricas en metales preciosos. Asimismo, se examina el papel que el mito de la riqueza asiática desempeñó en la configuración de esta empresa, así como sus implicaciones dentro del proceso más amplio de las relaciones tempranas entre Nueva España y Japón.
Como bien mencionan Vidal Ortega y Monge Castillero (2025), “desde la antigüedad y antes del viaje que cruzó por primera vez el Atlántico, existían nociones difusas de un mundo desconocido [...] Todas esas representaciones imaginarias preexistentes fueron el estímulo para desencadenar el deseo de ir más allá” (p. 27). Esta afirmación resulta particularmente relevante para comprender que la expansión ultramarina europea no respondió únicamente a intereses económicos o políticos, sino también a la persistencia de imaginarios que impulsaron la exploración de territorios desconocidos. En este contexto, las navegaciones emprendidas por las coronas portuguesa y castellana durante los siglos XV y XVI constituyeron un punto de inflexión en la historia marítima, al ampliar de manera progresiva los horizontes del mundo conocido y sentar las bases para la posterior proyección europea hacia Asia.
Las exploraciones lusitanas permitieron el reconocimiento y ocupación de espacios estratégicos como los archipiélagos de Madeira, las Azores y Cabo Verde, además del avance por la costa africana hasta alcanzar el cabo de Buena Esperanza, mientras que por su parte, la corona de Castilla consolidó su dominio sobre las Islas Canarias y fortaleció su presencia en diversos puntos clave del norte de África, experiencias que incrementaron sus capacidades náuticas y sus aspiraciones expansionistas (Vidal Ortega y Monge Castillero, 2025, pp. 31-32).
Estas experiencias, además de ampliar los límites marítimos del mundo ibérico, demostraron que las islas desempeñaron un “papel estratégico y nodal en las redes marítimas” (Pinzón Ríos et al., 2023, p. 4), pues lejos de constituir espacios aislados, funcionaron como puntos de articulación para las rutas de navegación, el abastecimiento de las expediciones, la proyección geopolítica y la consolidación de circuitos comerciales que hicieron posible la expansión ultramarina.
Es justo en este proceso, donde los viajes de Vasco de Gama y de Cristóbal Colón representaron un parteaguas al demostrar la viabilidad de una ruta occidental a través del Atlántico y abrir un escenario completamente nuevo, cuyas consecuencias impulsarían la competencia entre las monarquías ibéricas por el control de las rutas oceánicas y el acceso a las riquezas de Asia, como bien lo menciona Barandica Martínez (2001):
[Entre] 1490-1500, sucedieron los dos grandes viajes que marcarían el desarrollo posterior de la expansión ibérica: las travesías de Vasco de Gama y de Cristóbal Colón. Ambas navegaciones originaron una disputa entre las coronas de España y Portugal por el dominio sobre el Oriente, de lo que ambas llamaban genéricamente: “las Indias” (p. 21).
En la carrera por el control de Asia, y por el monopolio del tráfico de las especias, los portugueses tomaron la delantera. Estos avanzaron hacia el sur de Asia, específicamente a India. Vasco de Gama, partió de Portugal el 8 de julio de 1497, llegando a las costas de Calicut el 20 de mayo de 1498, donde se establecieron brevemente, para después erigir una factoría en Goa, lo que más adelante les permitió extenderse, hacia Malaca (la actual Malasia) y después a las islas de la Especiería, que forman parte de lo que hoy se conoce como Indonesia (Valdez-Bubnov, 2021, p. 24).
Por supuesto, los españoles también tenían un especial interés por alcanzar las tan anheladas islas de la Especiería, por lo cual, Carlos I, monarca de Castilla y Aragón, contrató los servicios del explorador portugués Fernando de Magallanes el 22 de marzo de 1518 con el fin de arribar a Asia (Barandica Martínez, 2001, p. 42). El explorador lusitano arribó a Mactán, pequeña isla ubicada en Filipinas en 1521, donde murió en un enfrentamiento contra las tribus locales, hecho que evidenció tanto las dificultades de la navegación como la fragilidad de los contactos iniciales entre europeos y poblaciones del sudeste asiático. Ante esta situación, Juan Sebastián Elcano quedó al mando de la expedición, regresando a España en 1522 (Barandica Martínez, 2021, p. 82), culminando así la primera circunnavegación del globo y consolidando un hito decisivo para la expansión del mundo ibérico el cual ampliaba sus fronteras.
Ahora bien, tras la conquista de México-Tenochtitlán y el establecimiento del virreinato de Nueva España por parte de Hernán Cortés y sus huestes en 1521, los hispanos despertaron lo que Gruzinski (2010) define como una “irresistible atracción” por Asia (p. 127). A partir de entonces, los dominios americanos dejaron de ser concebidos únicamente como territorios de conquista para convertirse en una plataforma desde la cual podían proyectar nuevas empresas de exploración hacia el Pacífico. En este sentido, Nueva España ofrecía la posibilidad de organizar expediciones marítimas sin depender de las rutas controladas por Portugal, circunstancia que abrió un nuevo horizonte para alcanzar las codiciadas islas de las Especias y establecer una presencia permanente en el anhelado Mar del Sur.
En este contexto, el propio Cortés manifestó su interés por extender la expansión castellana más allá del continente americano y propuso a Carlos V emprender una expedición hacia las islas de la Especiería con el propósito de incorporarlas a los dominios de la Corona (Cortés, 2018, p. 355). Aunque este proyecto no llegó a materializarse bajo su dirección, lo cierto es que pronto se organizaron varios intentos por llegar al sudeste asiático, siendo el primero el encabezado por Álvaro de Saavedra Cerón en 1527 y, años más tarde, por Ruy López de Villalobos en 1542. Ambas expediciones buscaban alcanzar las islas del sudeste asiático y consolidar una presencia hispánica en ellas; sin embargo, enfrentaron enormes dificultades logísticas, condiciones adversas de navegación y la imposibilidad de encontrar una ruta de retorno viable, por lo que concluyeron de manera funesta (Cervera, 2017, p. 193).
No fue sino con la expedición de Miguel López de Legazpi, que zarpó en 1564, cuando la corona española logró establecerse exitosamente en el sureste de Asia, para ser más precisos en las islas Filipinas en las cuales consiguió asentarse de forma definitiva en 1565 (Martínez Esquivel, 2018, p. 37) cuando Legazpi, como bien apunta Barandica Martínez (2008) “fundó la Villa de San Miguel, el primer establecimiento español en las Filipinas” (p. 187), lo cual permitió asegurar un punto de llegada y abastecimiento de suma importancia para las expediciones posteriores, facilitando la continuidad de los viajes transpacíficos.
En tal tenor, el establecimiento de lusitanos e hispánicos en el llamado Mar del Sur ocasionó que se comenzara a tejer una red de comercio con diversas regiones de Asia, como India, Indonesia y China, principalmente. Lo anterior, sumado al descubrimiento de un tornaviaje seguro por parte de Andrés de Urdaneta, permitió el establecimiento de una ruta marítima estable que conectó de manera directa, y sin intermediarios, Asia y América (Prieto, 2019, pp. 117-118).
Por supuesto, el comercio se extendió a más regiones asiáticas, siendo una de ellas Japón, lo cual amplió considerablemente el alcance de las redes marítimas impulsadas desde el Pacífico y abrió la posibilidad de nuevos contactos interregionales más allá del sudeste asiático. En este sentido, resulta pertinente realizar la siguiente pregunta: ¿cómo se llevó a cabo el primer acercamiento entre japoneses y europeos? La respuesta es por demás simple: por accidente.
En 1543 un navío chino naufragó en la isla de Tanegashima, ubicada al sur de Japón. Tras enterarse de dicho suceso, Tanegashima Tokitaka, daimyō de dicha isla, envió a sus hombres para que auxiliaran a los sobrevivientes de aquel accidente. De entre estas personas destacaban tres hombres barbados con ropas extrañas que llamaron la atención de los japoneses, se trataba de comerciantes portugueses que buscaban arribar a China. El nombre verdadero de dichos mercaderes se ha perdido, no obstante, la historiografía japonesa identifica a dos de ellos con los nombres de Kirishita Mota y Murashukusha (Perrin, 1988, p. 7)3.
Tokitaka quedó impresionado con los arcabuces que aquellos hombres portaban, por lo que no dudó en comprarlos. A partir de ese momento comenzó un comercio con Portugal que se centraba en la venta de armas de fuego; los daimyō del área de Kyushu no tardaron en rivalizar entre sí para atraer a los portugueses y a sus tan preciados pertrechos de guerra (Hall, 2004, p. 124).
Por supuesto que los portugueses no fueron los únicos en llegar a tierras niponas. Tras su establecimiento en Filipinas, y la eventual toma de Luzón y de Manila, comenzó un comercio informal entre españoles y japoneses por medio de algunos comerciantes y piratas. No obstante, no fue sino hasta 1549 con la llegada del jesuita Francisco Xavier a Kagoshima cuando se estableció un vínculo entre españoles y japoneses (Hall, 2004, p. 126)4.
A principios del siglo XVII, Filipinas, como parte integrante del imperio español, fungía como el centro oficial de intercambio entre España y Japón. En 1603 el entonces gobernador de las Filipinas, Pedro Bravo de Acuña, se encargó de mantener contactos diplomáticos con el recién nombrado shōgun5 Tokugawa Ieyasu. Es pertinente mencionar que, dichas relaciones nunca florecieron ya que Bravo de Acuña dedicó gran parte de su administración a eliminar la presencia holandesa del este de Asia, hecho que no solo le acarreó una gran cantidad de enemigos, sino también la muerte, ya que en 1606 fue envenenado (Knauth, 1972, p. 179). Ante esta situación, Luis de Velasco II, entonces virrey de Nueva España, nombró a su sobrino, Rodrigo de Vivero gobernador interino de Filipinas, quien aceptó el cargo el 28 de febrero de 1608 (Mathes, 1973, p. 88).
Rodrigo de Vivero Aberruza nació en la ciudad de México en 1564, hijo de una familia rica, lo cual lo llevó a temprana edad a realizar viajes a España e Italia. Asimismo, su posición le permitió ejercer importantes puestos políticos, como alcalde mayor de Taxco y capitán general de Nueva Vizcaya (Mayer Celis y Galarza Barrios, 2021, pp. 106-108), por lo que no resulta sorprendente que haya sido elegido por su tío para fungir como gobernador provisional de Filipinas.
Vivero fungió como gobernador de Filipinas catorce meses. En 1609 con la llegada de Juan de Silva, en su carácter de gobernador definitivo, Vivero abordó el navío San Francisco y se embarcó rumbo al puerto de Acapulco. Lamentablemente el San Francisco fue víctima del mal tiempo y naufragó cerca de las costas de Satsuma. El mismo Vivero y Aberruza (2019) narra el siniestro en las relaciones que más tarde escribió:
El año de 1609 a 30 de septiembre, día del glorioso San Gerónimo, se perdió la nao San Francisco en que yo salí de las Philipinas […] Y aunque las tormentas y naufragios que hasta este punto se padecieron eran copiosas para hacer una larga relación […] el fin de ellas y principio de otras fue hacerse pedazos la nao en unos arrecifes en la cabeza del Japón […] todos los que escapamos estuvimos colgados de las jarcias y cuerdas, porque la nao se fue partiendo en pedazos, y el más animoso esperaba por credos su fin, como se les iba llegando a cincuenta personas que se ahogaron […] (pp. 87-88).
Vivero y los otros sobrevivientes fueron auxiliados por el daimyō de Satsuma quien les obsequió diversos regalos además de un salvoconducto a la ciudad de Edo6, la capital shogunal, a la cual arribó el 7 de noviembre, donde se entrevistó con el nuevo shōgun Tokugawa Hidetada. En dicha reunión el primero solicitó hablar con el padre de Hidetada, el ahora shōgun retirado Ieyasu. Ante semejante petición el segundo extendió al español un salvoconducto hacia Uraga, región donde el viejo shōgun residía (Mathes, 1973, p. 91).
La reunión entre Ieyasu y Vivero tuvo como resultado la formulación del primer esbozo de un tratado de amistad entre Japón y Nueva España envenenado (Knauth, 1972, pp. 194-195). En dicha propuesta, Vivero solicitó autorización para establecer una factoría española en la región de Kantō7, así como la concesión de salvoconductos que permitieran a las naves hispanas acceder libremente a los puertos japoneses. Asimismo, pidió que los aprovisionamientos fueran vendidos a precios ordinarios y que, en caso de enviarse un embajador español, éste fuese recibido con los honores correspondientes y provisto de residencia oficial y templo (Mathes, 1973, p. 92). Ieyasu aceptó otorgar salvoconductos a los barcos novohispanos, garantizó la libertad de entrada y movimiento de todos los sacerdotes que se trasladaran a Japón, al tiempo que dio su autorización para que todos los barcos provenientes de Manila atracaran y se abastecieran en los puertos nipones. A cambio él solicitaba el libre paso de los barcos japoneses hacia Nueva España (Mathes, 1973, p. 94).
Tras estos acuerdos, Rodrigo de Vivero permaneció algún tiempo más atendiendo diversos asuntos en Edo para, posteriormente, embarcarse en la nao Santa Ana con rumbo a Nueva España el 1 de agosto de 1610, llevando consigo numerosos obsequios y un grupo de veintiún japoneses interesados en conocer el nuevo continente. Su llegada a la ciudad de México quedó registrada por el cronista náhuatl Chimalpahin (2001), quien señala que Vivero arribó primero en solitario, tras adelantarse a los japoneses que lo acompañaban desde Japón y que viajaban con mayor lentitud desde el puerto de Acapulco:
El lunes 15 de noviembre de 1610 entró a [a la ciudad de] México don Rodrigo de Vivero, procedente de Japón, junto a la China; el dicho don Rodrigo había ido a la China, a [la ciudad de] Manila, para gobernar allá, […] llegó a México él solo, pues dejó por el camino a los japoneses que traía consigo desde Japón, los cuales avanzaban más despacio, ya que, después de desembarcar en el puerto de Acapulco, don Rodrigo se les adelantó (p. 217).
El retorno del exgobernador de Filipinas causó estupor entre los habitantes de la capital novohispana, no sólo por la llegada de la comitiva japonesa, sino también por la abundancia de noticias e información que traía consigo sobre el archipiélago japonés y las posibilidades de establecer vínculos más estrechos entre ambas regiones, lo que convirtió su arribo en un acontecimiento de especial relevancia para las autoridades virreinales, pues su experiencia en Japón fue vista como una fuente directa de información sobre un territorio del que hasta entonces se sabía poco, lo que hacía que sus testimonios fueran especialmente valiosos.
Al enterarse de su regreso, Luis de Velasco se entrevistó con su sobrino; el hecho de establecer lazos comerciales con Japón resultaba ser una idea por demás atractiva, no obstante, el virrey centró su mirada en las otras posibilidades que las relaciones con Japón les podrían brindar: el descubrimiento y conquista de las míticas islas de la plata y del oro.
Tras la llegada de Rodrigo de Vivero a Nueva España, se comenzó a barajar la posibilidad de establecer relaciones comerciales formales con Japón, asimismo, las noticias traídas por aquel dieron pie a elucubrar un plan para conquistar las islas de oro y de la plata. Llegado a este punto, es menester hacer una pregunta ¿De dónde surge esta idea de conquistar dichas islas? La noción de un oriente colmado de riquezas no surgió con las expediciones del siglo XVI, sino que hundía sus raíces en tradiciones mucho más antiguas. Desde finales de la Edad Media, las descripciones de Marco Polo sobre Cipango y otros territorios asiáticos (Polo, 2022, pp. 155-277) difundieron en Europa la imagen de un espacio abundante en metales preciosos y bienes exóticos, percepción que contribuyó a consolidar un imaginario de riqueza casi inagotable. Del mismo modo, Cristóbal Colón manifestó en diversas ocasiones su convicción de que Cipango albergaba enormes maravillas, aludiendo en sus cartas y relaciones a una tierra extraordinariamente rica en oro y otros recursos valiosos (Colón, 1976, p. 105).
Estas representaciones no solo alimentaron las expectativas sobre Asia, sino que también favorecieron la aparición y persistencia de relatos acerca de territorios aún no localizados que prometían fortunas extraordinarias. En este sentido, como señala Gil (1991), “a finales del siglo XVI unos navegantes afirmaron que las habían visto con sus propios ojos, y esta ensoñación fue causa de que otros las buscaran afanosamente, en balde, atraídos todos por la magia de su denominación sonora, que presagiaba riqueza infinita” (p. 271).
Y es que precisamente las expectativas de exploradores y navegantes no solo se alimentaban de relatos de viaje y crónicas medievales, sino también de la cartografía, la cual desempeñó un papel fundamental en la construcción y difusión del conocimiento geográfico, pues los mapas no se limitaban a representar conocimientos comprobados, sino que incorporaban noticias fragmentarias, tradiciones, conjeturas e incluso elementos legendarios. Al ser reproducidos y consultados por navegantes, cosmógrafos y autoridades políticas, estos documentos contribuyeron a dotar de apariencia de veracidad a la existencia de islas fabulosas y territorios colmados de riquezas, alimentando nuevas empresas de exploración8.
Muchos de estos mapas representaban de forma por demás interesante al archipiélago japonés, situando en sus alrededores una serie de islas inexistentes o incorporando referencias explícitas a territorios asociados con abundantes riquezas minerales. Un ejemplo de ello es el mapa de Vaz Dourado incluido en su Atlas de 1568, en el que Japón aparece como un conjunto de islas con forma de herradura al este de China.
Tal como puede apreciarse en la Figura 1, en la región noreste del archipiélago se lee la inscripción Minas de prata e ovro, la cual no solo reforzaba la percepción de Japón como un territorio excepcionalmente rico en metales preciosos, sino que también contribuía a legitimar cartográficamente un imaginario que incentivó nuevas expediciones y consolidó la creencia en la existencia de tierras colmadas de metales preciosos en el extremo oriental de Asia.
Figura 1
Las minas de prata e uvro en Japón

Fuente: Tomado de Iapam por Vaz Dourado (1568), en Universal Atlas.
Por su parte, en 1589 el cartógrafo flamenco Abraham Ortelius elaboró el mapa Maris Pacifici, publicado en su obra Theatro d'el Orbe de la Tierra, el cual es una representación del océano Pacífico y de los territorios que lo circundan. En la Figura 2 pueden identificarse el continente americano, desde el territorio novohispano hasta el extremo sur de Chile, así como una extensa porción del océano Pacífico dentro del cual se representan las Filipinas, las islas Molucas, Nueva Guinea, parte de la costa de China y el archipiélago japonés, situado en el extremo superior izquierdo.
Figura 2
El océano Pacífico según Ortelius

Fuente: Tomado de Maris Pacifici por Ortelius (1589) en Theatro d'el Orbe de la Tierra.
Es necesario poner especial atención a la Figura 3, donde la isla nipona es representada de forma similar a la presente en el Atlas de Vaz Dourado, destacando en su región noroccidental la inscripción Minas de Plata. Asimismo, al norte del territorio nipón se representa una gran isla denominada Isla de Plata, lo que refleja, una vez más, la persistencia de la creencia en la existencia de territorios ricos en metales preciosos en esa región del Pacífico.
Figura 3
La Isla de la Plata al norte del archipiélago japonés

Fuente: Adaptado de Maris Pacifici por Ortelius (1589) en Theatro d'el Orbe de la Tierra.
Por supuesto, los relatos de los viajeros también desempeñaron un papel importante en la persistencia de estos mitos. Entre quienes contribuyeron a difundir la idea de la existencia de las islas ricas en metales preciosos destacó el cartógrafo y navegante madrileño Hernando Ríos Coronel quien, tras desempeñarse como procurador en Manila, llegó a situar la legendaria Isla de la Plata en el paralelo 35 norte, otorgándole una localización geográfica concreta que reforzaba su aparente verosimilitud y alimentaba el interés por futuras expediciones destinadas a encontrarla (Gil, 1991, p. 271)9.
En este punto es pertinente mencionar que había opositores a esta idea, entre ellos el mismo Vivero, quien mencionaba que la isla era “imaginaria y nunca vista por nadie” (Gil, 1991, p. 272), sin embargo, la realidad es que pronto se formó una comisión encargada del descubrimiento y conquista de las dichas islas. La tarea de encontrarlas y colonizarlas recayó en Sebastián Vizcaíno, comerciante y explorador español.
Pero, ¿quién era Sebastián Vizcaíno? Nacido en 1548, probablemente en Extremadura, fue un militar que, buscando hacerse de renombre, viajó a Nueva España en 1583. Tras establecerse brevemente en el continente americano, se trasladó a Manila en 1583 donde residió hasta el año de 1589, año en el cual retornó a Nueva España (Mathes, 1973, p. 34). En 1602, fue comisionado por el entonces virrey Gaspar de Zúñiga y Acevedo, para explorar el litoral californiano en búsqueda de puertos seguros para el Galeón de Manila.
Su experiencia como explorador lo convirtió de inmediato en el candidato idóneo para emprender la búsqueda de las islas colmadas de metales preciosos; no obstante, las tensiones generadas por su propio carácter, aunado a las constantes interferencias de navegantes holandeses y británicos, obstaculizaron seriamente el desarrollo de la empresa. En este contexto, el propio Vizcaíno sostenía que dichas islas se localizaban “a 200 leguas más o menos del cabo de Cestos […]” (Gil, 1991, p. 273), lo que evidencia que su expedición no sólo respondía a intereses diplomáticos, sino también a una suposición geográfica que alimentaba dicha exploración.
Torres de Mendoza (1867) narra que Vizcaíno zarpó “desde el dicho puerto de Acapulco al reino del Japón” (p. 103) el 22 de marzo de 1611 en la nao San Francisco con una enorme cantidad de mercancías, 51 hombres que formaban parte de la tripulación, 23 japoneses que habían llegado a Nueva España con Rodrigo de Vivero (Mathes, 1973, p. 99) y 5 franciscanos (Barrón Soto, 2012, p. 238). A pesar de los inmensos problemas de navegación sufridos, como tormentas que causaron serios daños a la integridad de la nave, peleas entre los marineros y los japoneses, así como intentos de motín, Vizcaíno arribó a aguas niponas en el mes de junio.
El día 9 de dicho mes despachó un par de cartas a Ieyasu y a su hijo Hidetada, quien fungía como nuevo shōgun, dichas misivas dejaban de manifiesto que Vizcaíno era un enviado oficial del rey de España cuyo fin último era firmar un contrato comercial (Knauth, 1972, p. 198). El primero en contestar las misivas de Vizcaíno fue Hidetada, quien le ofreció una audiencia al explorador español el día 21 de junio de 1611.
Momentos antes de la reunión con Hidetada, fue abordado por dos miembros del bakufu10 Tokugawa quienes le informaron acerca del modo en que debía de presentarse ante el shōgun, es decir descalzo y desarmado. Ante dicha petición, el explorador español les informó a los sirvientes que se presentaría a la usanza española, sin despojarse de sus zapatos ni de sus armas (Mathes, 1973, p. 101). Después de tal respuesta los vasallos del shōgun se alarmaron y le recordaron que Rodrigo de Vivero había seguido las costumbres japonesas con lujo de detalle, ante lo cual Vizcaíno increpó que el antiguo gobernador de Filipinas “había llegado como un náufrago en busca de ayuda, mientras que él representaba a un rey soberano” (Knauth, 1972, p. 199), razón por la cual no estaba obligado a seguir el protocolo nipón.
En un acto inusitado, Hidetada anunció que respetaría el protocolo propuesto por Vizcaíno, quien recibiría todos los honores por ser el primer embajador español en Japón (Mathes, 1973, p. 101). La audiencia entre Vizcaíno y Hidetada estuvo colmada de mucho esplendor, como es posible observar las narraciones de Torres de Mendoza (1867):
Y con mucho concierto se fue a Palacio, y las calles por donde se iba, estaban tan limpias y tan aderezadas y con tanto número de gentes, hombres y mujeres [sic] y niños, que con ser el trecho casi tan lexos [sic] como de Chapultepeque [sic] a las casas Reales de México, estaban tan cubiertas de gente que no se podía pasar; de manera que, sin alargar la pluma, la gente que acudió este día fue más de un millón, y ando corto, porque de propósito lo ordenó ansi [sic] el Príncipe para que se viese su grandeza. Y en orden con nosotros, delante y detrás en fila, iban más de cuatro mil soldados de su guardia, con tanta quietud y sosiego, que con haber tan gran número de gente, no se hablaba palabra, ni hubo alboroto más que si no hubiera gente (p. 125).
Al estar frente al shōgun, Vizcaíno “hizo tres reverencias no muy grandes, y abajó [sic] el bastón que llevaba en la mano casi hasta el suelo; pasó más adelante […] e hizo otras tres reverencias” (Torres de Mendoza, 1867, p. 125). Tras dicha presentación, y con el apoyo del franciscano Luis Sotelo quien fungió como traductor, el extremeño hizo entrega de una carta hecha por el virrey, después de lo cual proporcionó los regalos que tenía preparados, entre los que destacaban retratos de la familia real española.
Días más tarde Vizcaíno y varios de sus hombres se dirigían al convento de San Francisco para asistir a misa, en el camino se encontró con el daimyō Date Masamune quien le pidió que disparara al aire con sus arcabuces. El extremeño atendió esta petición por lo que ordenó a sus hombres que realizaran dos descargas que causaron conmoción entre la gente y risas en el daimyō de Sendai, quien se retiró no sin antes agradecer a Vizcaíno (Knauth, 1972, p. 200). Si bien dicho encuentro fue casual, la buena impresión que el español causó le sería de gran ayuda en los últimos días de su expedición.
Al día siguiente, Vizcaíno recibió un mensaje de Hidetada, donde se le autorizaba viajar a Uraga para visitar a Ieyasu. Así, el 29 de junio Vizcaíno y su comitiva partieron hacia la residencia del shōgun retirado. Al llegar a su destino fueron conducidos con Ieyasu donde intercambiaron diversos regalos. Días más tarde, el extremeño escribió una carta a Ieyasu solicitando permiso para vender mercancías con el fin de construir un pequeño barco para medir la línea costera (Mathes, 1973, p. 103)11. Poco tiempo después, recibió una respuesta aprobatoria y fueron invitados de nueva cuenta al castillo de Ieyasu, donde deleitaron al viejo shōgun con bailes y música de guitarra.
Sebastián aprovechó esta segunda visita para intentar convencer al shōgun retirado de que expulsara a los comerciantes holandeses de Japón, argumentando que se habían rebelado contra España y “sus posibles ataques ponían en peligro la seguridad de la ruta Manila-Japón” (Mathes, 1973, p. 103). Cabe mencionar que dicha petición no fue atendida.
El 23 de octubre Vizcaíno zarpó de Uraga dando inicio a la demarcación geográfica de la isla de Honshu, como es posible observar en la Figura 4. Este viaje lo llevó a Shiogama, el puerto de Sendai, territorio administrado por Date Masamune, donde fue recibido con toda pompa. El 15 de noviembre reanudó su derrotero, no obstante, el 2 de diciembre su tripulación sufrió los efectos de un terremoto y de un maremoto, quedando la nave dañada por lo que no tuvieron más remedio que retornar a Sendai donde descansaron algunos días. Es precisamente en este lugar donde Vizcaíno, con ayuda de artistas japoneses, realizó los mapas de las costas exploradas. Es menester mencionar que éstos no han sido encontrados hasta la fecha (Mathes, 1973, p. 105).
Figura 4
Recorrido de Sebastián Vizcaíno durante la demarcación de la isla de Honshu

Fuente: Elaboración propia, adaptado de Mathes, 1973, p. 104.
En los primeros días de enero de 1612 Vizcaíno regresó a Uraga donde se encontró con la noticia de que los comerciantes portugueses, ingleses y holandeses habían esparcido rumores acerca de él y su comitiva. William Adams, navegante de origen inglés que había arribado a Japón en 1600 y convertido en uno de los principales asesores de Ieyasu, fue uno de los principales instigadores que se encargaron de arruinar la reputación de los españoles y del extremeño, llegando a mencionar incluso que todo se trataba del preámbulo de una posible invasión por parte de España. Al respecto, Mathes (1973), hace mención de lo siguiente:
[…] habían esparcido el rumor de que la demarcación emprendida por los españoles, así como la exploración que se proponían realizar hacia las islas Rica de Oro y Rica de Plata, no tenían otro objeto que preparar la invasión a Japón. Como consecuencia de la desconfianza que esta especie despertó en las autoridades del país, se ordenó que se embarcaran algunos japoneses en la nave que partiría en busca de las islas (p. 105).
A partir de lo anterior, Vizcaíno y su tripulación prepararon el viaje durante los primeros meses de 1612, zarpando de Uraga el 16 de septiembre de dicho año. Nueve días después de iniciar el viaje en pos de las legendarias islas de metales preciosos, el extremeño y su tripulación se encontraban a 200 leguas al este de Japón, donde se presumía se podían hallar las míticas islas, tal y como es posible observar en la Figura 5.
Figura 5
Ubicación de las islas del oro y la plata según Sebastián Vizcaíno

Fuente: Elaboración propia, adaptado de Torres de Mendoza, 1867, p. 190 y Barrón Soto, 2012, p. 240.
No obstante, y cómo es posible imaginar, esta última búsqueda resultó infructuosa, tal como se narra en la compilación de Torres de Mendoza (1867):
[...] no se toparon, aunque ubo [sic] señas de tierra y mucha cantidad de piedras pomes [sic] grandes, que iban por ileras [sic], que apenas dejavan [sic] pasar el navío, y tortugas y patos, que son señales precissas [sic] de tierra. Tampoco se toparon. Mando el general que se bolviese [sic] atrás y se hiziecen [sic] todas las diligencias del mundo para ello y se cunpliese [sic] el intento de Su Magestad [sic], porque no pensaba [sic] ir a Acapulco hasta saber [sic] si las avia [sic] o no. Hizoze [sic] ansi [sic] hasta doze [sic] de octubre, que no se pueden decir las estraordinarias [sic] diligencias que se hizieron [sic], autos y juntas. Y este día algunos de los marineros comenzaron a desmayar […] y vistonos [sic] perdidos y sin poder siguir [sic] viaje [sic] a Nueba [sic] España, se hizo junta, y lo que más convenía se hiziesse [sic]. Con acuerdo de todos se arrivo [sic] a este reino del Japón, pues no avia [sic] otro remedio […] (pp. 190-192).
El 7 de noviembre, el extremeño se vio obligado a regresar a Uraga, donde solicitó el auxilio del shōgun, no obstante, tanto Hidetada como su padre se negaron a prestarle ayuda debido a los rumores que navegantes neerlandeses y británicos habían difundido acerca de él. Con la nave deteriorada y sin recursos, Sebastián Vizcaíno recurrió en un acto de desesperación al franciscano Luis Sotelo, quien logró concertar un acuerdo entre el explorador español y el daimyō Date Masamune. Como resultado de esta negociación se dispuso la construcción de un navío sin costo para el monarca español, el suministro de provisiones y salario para los miembros españoles de la expedición, así como la cobertura de los gastos de transporte hacia Sendai. Asimismo, se estableció que quienes no colaboraran en la construcción del navío recibirían provisiones durante el trayecto, y que, ante la falta de permisos oficiales, el número de japoneses que viajarían a Nueva España sería reducido (Knauth, 1972, p. 204).
A pesar de que el acuerdo con Date permitió a Sebastián Vizcaíno recuperar momentáneamente su capacidad de navegación, su empresa aún no había concluido. Más allá de la necesidad de regresar a Nueva España, se mantenía vigente el objetivo que había motivado gran parte de la expedición: la búsqueda de las islas del oro y la plata. Así pues, Vizcaíno realizó un último intento por localizarlas, no obstante, esta nueva exploración, llevada a cabo en condiciones difíciles, terminó por confirmar la imposibilidad de hallar dichas islas, marcando así el desenlace de una misión que, desde su origen, había estado guiada por el deseo de una geografía fantástica que prometía riquezas inmediatas.
En tal tenor, y tras este fallido intento, el extremeño zarpó del puerto de Sendai el 27 de octubre de 1613 y no fue sino hasta el 25 de enero de 1614 que arribó al puerto de Acapulco, terminando así su maltrecho viaje.
Vizcaíno culminó su viaje por Japón sin lograr ninguno de sus propósitos; su búsqueda de las islas del oro y la plata fueron un rotundo fracaso y su mala actitud frente a los miembros del bakufu Tokugawa le impidió establecer una relación comercial con Japón. Incluso su llegada a la ciudad de México tuvo bastantes dificultades, pues como lo narra Chimalpahin (2001), una trifulca con el grupo de japoneses culminó con una herida para el extremeño:
El martes 4 de marzo de 1614, nuevamente vinieron y llegaron a la ciudad de México unos principales de Japón […] en la misma Nao venía el señor Sebastián Vizcaíno, español vecino de México, quien había ido a ver cómo era Japón, cuando acompañó a los otros japoneses que hace tres años vinieron con don Rodrigo de Vivero, que había sido gobernador de la ciudad de Manila en la China. El dicho señor Sebastián Vizcaíno también venía despacio, pues estaba enfermo, ya que en Acapulco lo hirieron acuchillándolo los japoneses y según se supo [eso fue] porque traía a su cargo la custodia de los presentes y regalos que el emperador de allá le había dado para saludar y obsequiar con ellos al Santo Padre que está en Roma, a nuestro señor virrey que está aquí en México; todos esos regalos y dones estaban bajo su custodia, pues en sus manos los puso [el emperador] para que los trajera acá, y no se los dio en custodia al dicho embajador. (p. 365).
A pesar de su desastroso viaje, gracias al apoyo de Sotelo, Vizcaíno logró convencer a Date Masamune de enviar una comitiva y un embajador con el fin de establecer comercio con Nueva España. El nombre de este embajador era Hasekura Tsunenaga Rokuemon. Los japoneses que acompañaron a este personaje fueron hospedados en el templo de San Francisco, lugar en el cual “en un acto bien estudiado de diplomacia, requirieron ser bautizados” (Díaz Flores, 2014, p. 75), con el fin de facilitar las relaciones con el virrey Diego Fernández de Córdoba.
Tras una breve estancia en territorio novohispano, Hasekura se embarcó a España donde logró entrevistarse con Felipe III con el fin de establecer comercio entre Japón y la Nueva España. Después de este encuentro, el samurái viajó a Francia y posteriormente a Roma donde se entrevistó con el papa Paulo V.
A su regreso a España se encontró con la noticia de que su petición para establecer una relación comercial había sido rechazada ya que el monarca español no consideraba la embajada de Hasekura como una embajada oficial, tras lo cual retornó a Nueva España en 1617 y posteriormente regresó a Japón en 1620. En cuanto a Vizcaíno, participó en la batalla del Puerto de Santiago en 1615, donde se encargó de repeler el ataque de unos piratas holandeses que buscaban hacerse de provisiones del pueblo de Salahua. Tras la escaramuza, Vizcaíno recibió el cargo de alcalde mayor de Acapulco, el cual ejerció hasta 1619, fecha en la cual se retiró a vivir a la ciudad de México, donde vivió hasta su muerte en 1627.
Como se ha observado a lo largo de este trabajo, la expedición de Sebastián Vizcaíno estuvo marcada por constantes dificultades materiales, tensiones políticas y fracasos diplomáticos. No logró establecer un acuerdo comercial con Japón, tampoco consiguió consolidar su posición ante el bakufu Tokugawa y, sobre todo, fracasó en el objetivo que había dado sentido a su empresa, el hallazgo de las legendarias islas del oro y la plata. Sin embargo, reducir esta experiencia a una sucesión de reveses sería pasar por alto la complejidad de un proceso que permite comprender las dinámicas de la expansión transpacífica durante los siglos XVI y XVII.
Como se ha señalado, la expedición se desarrolló en un contexto caracterizado por el fortalecimiento de los vínculos entre Nueva España y Asia, por los intentos de establecer relaciones diplomáticas con Japón y por la creciente competencia entre distintas potencias europeas por obtener acceso a los mercados asiáticos. A ello se sumaba la influencia de antiguos imaginarios geográficos que mantenían viva la expectativa de hallar territorios colmados de riquezas más allá de las fronteras conocidas. En este sentido, la empresa de Vizcaíno constituye un punto de convergencia entre intereses políticos, aspiraciones económicas y representaciones imaginadas del espacio.
En este sentido, la exploración del Pacífico estuvo profundamente influida por estas persistencias de geografías imaginadas que situaban en Asia territorios colmados de riquezas infinitas. A pesar de ello, la búsqueda de las islas del oro y la plata fue más que una fantasía cartográfica, pues impulsó la expansión hispánica hacia este de Asia. Así pues, informes de navegantes y rumores marítimos alimentaron la creencia en la existencia de estas islas, convirtiéndolas en un objetivo político y, sobre todo, económico.
Ahora bien, dentro de este proceso no podemos dejar de lado el hecho de que la cartografía desempeñó un papel fundamental en la construcción y difusión de estos imaginarios, pues lejos de constituir únicamente una herramienta para representar el espacio conocido, los mapas actuaron como vehículos de transmisión de noticias, mitos y suposiciones geográficas que otorgaban una apariencia de realidad a territorios cuya existencia nunca había sido comprobada.
La reiterada presencia de inscripciones, así como la representación de islas legendarias en obras de cartógrafos como Vaz Dourado y Abraham Ortelius, contribuyó a consolidar la percepción de que el extremo oriental de Asia albergaba riquezas extraordinarias aún por descubrir. En este sentido, los mapas alimentaron los sueños y las ambiciones de las potencias ibéricas. A lo anterior podemos sumar los testimonios de viajeros y cosmógrafos, los cuales eran reproducidos y de forma frecuente, contribuyendo a reforzar la creencia en la existencia de estos territorios.
Teniendo en cuenta lo anterior, el fracaso de la expedición Vizcaíno fue más profundo de lo que parece, pues no solo se enfrentó a la constante interferencia neerlandesa e inglesa, ni a los errores que lo llevaron a fallar de forma estrepitosa su misión diplomática, sino que también derrumbó un mito. En tal tenor, a medida que su búsqueda se prolongaba sin resultados, la promesa de riqueza comenzó a desaparecer frente a la realidad de un océano Pacífico vacío de las maravillas que se esperaban encontrar. No obstante, este desenlace no implica que el mito careciera de importancia; por el contrario, aunque las islas nunca existieron, sus efectos fueron profundamente reales.
Llegados a este punto, Aínsa (2015) señala que “en todo caso, en el imaginario simbólico geográfico, lo continental parece ser la norma, mientras que lo insular es la excepción, un lugar apartado de lo habitual, diferente, de difícil acceso” (p. 24), lo que deja de manifiesto que las islas, reales o imaginadas, fueron concebidas como espacios extraordinarios, separados del mundo conocido y, por ello, propicios para proyectar sobre ellas expectativas de abundancia, utopía y riqueza. Es justamente en este sentido que las islas del oro y la plata funcionaron como un medio que justificó exploraciones arriesgadas y reforzó la idea de que el Pacífico aún guardaba secretos capaces de transformar el equilibrio económico del imperio hispano.
En suma, el viaje de Vizcaíno representa el cierre de una búsqueda en pos de una riqueza imaginada que, aunque nunca fue hallada, marcó profundamente la historia de la exploración transpacífica. De igual forma, pese a su fracaso, es importante destacar que, como fue mencionado, el viaje del extremeño abrió paso a un proceso de intercambio que culminó en la misión de Hasekura, la cual representó un hito de las relaciones transpacíficas entre Japón y la monarquía hispánica.
Finalmente, el viaje de Vizcaíno invita a reconsiderar el papel de los imaginarios cartográficos dentro de la expansión ibérica en Asia y abre nuevas posibilidades para estudiar la relación entre conocimiento geográfico, imaginarios insulares y proyectos de exploración y expansión. Del mismo modo, plantea interrogantes sobre la forma en que mapas, rumores, relaciones de viaje y noticias procedentes de distintos puntos del océano contribuyeron a la construcción de nuevos horizontes que influyeron enormemente en la toma de decisiones políticas y económicas. En este tenor, resulta necesario que futuras investigaciones profundicen en el estudio comparado de otros espacios imaginados que movilizaron expediciones y recursos imperiales, así como en la circulación de información geográfica entre Europa, América y Asia. Es por ello que considero que, desde esta perspectiva, el análisis de la búsqueda de las islas del oro y la plata permite comprender que los proyectos transpacíficos no se sustentaron únicamente en intereses comerciales o estratégicos, sino también en representaciones e imaginarios que moldearon la manera en que los actores de la época no solo interpretaron y exploraron el mundo, sino que expandieron sus fronteras físicas y construyeron nuevas formas de concebir los espacios que pretendían dominar.
El conocimiento histórico es, por naturaleza, una labor colectiva que se nutre del diálogo y la enseñanza. En tal sentido, expreso mis más sinceros agradecimientos a mis profesores y mentores, el Dr. Lothar Knauth y el Dr. Luis Abraham Barandica, por haber despertado y cultivado en mí el interés por los estudios de Asia, así como por sus enseñanzas, orientación e inspiración académica a lo largo de mi formación como historiador. Asimismo, expreso mi más sincero agradecimiento al Dr. Emmanuel Rodríguez Baca, historiador, amigo y mentor, cuya revisión, observaciones y consejos contribuyeron de manera significativa a enriquecer y pulir el presente trabajo.
Este artículo tiene su origen en una ponencia presentada en el coloquio Las islas que no existen: insularidad e imaginario a través de la historia, la geografía y la literatura, celebrado los días 7 y 8 de mayo de 2025 en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México.
El presente trabajo no recibió financiamiento de ninguna institución pública o privada, agencia de investigación o entidad externa.
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1 Se le denominó Cipango a Japón debido a la forma en que el nombre del archipiélago fue transmitido a Europa a través de intermediarios asiáticos. El término proviene del chino Rìběnguó (日本國, “país del origen del sol”), cuya pronunciación en chino fue interpretada por comerciantes y viajeros del sudeste asiático como Jipangu o Zipangu. Esta forma fue recogida por Marco Polo en el siglo XIII como Cipango, nombre con el que el mundo europeo identificó a Japón durante varios siglos, asociándolo además con la imagen de una isla extraordinariamente rica en oro y piedras preciosas.
2 Daimyō (大名), literalmente “gran hombre”. Su función es equiparable a los señores feudales europeos durante la Edad Media. Se encargaban de administrar y controlar ciertas zonas. Eran subordinados del shōgun.
3 Es necesario aclarar que Noel Perrin recoge dichos nombres de un grabado realizado por Katsushika Hokusai en 1817, el cual se encuentra en una colección conocida como Denshin Kaishu Hokusai Manga (伝神開手北斎漫画), obra que reúne grabados de diversas temáticas como naturaleza, actividades cotidianas, paisajes, hechos históricos, entre otros tantos (Hokusai, 1817).
4 Al respecto, Knauth (1972) señala que la llegada del navío neerlandés Liefde a Japón en 1600 marcó el inicio del fin del monopolio ibérico en el archipiélago. Entre sus tripulantes se encontraba el inglés William Adams, quien pronto se convirtió en consejero de Tokugawa Ieyasu y favoreció el establecimiento de vínculos con comerciantes ingleses y neerlandeses. Este cambio en el equilibrio político y comercial constituyó uno de los factores que dificultaron las gestiones diplomáticas emprendidas posteriormente por Sebastián Vizcaíno (pp. 274-281).
5 Contracción del término seii tai shōgun (征夷大将軍) cuya traducción literal es “generalísimo que combate a los bárbaros”. Es la máxima autoridad militar de Japón. Tokugawa Ieyasu obtiene el título de shōgun en 1603. En 1605 Ieyasu cedió el título a su hijo Hidetada, no obstante, conservó gran parte de su autoridad.
6 La actual Tokio.
7 La región de Kantō se ubica en la zona central del archipiélago japonés y ha sido históricamente uno de los espacios políticos y económicos más importantes del país. Su posición estratégica y su desarrollo agrícola y comercial la convirtieron en un punto clave para la articulación del poder y las comunicaciones dentro de Japón.
8 En este sentido, cobra especial relevancia la observación de Vidal Ortega y Monge Castillero (2025) cuando señalan que “los mapas que los guiaban estaban representados por islas fantásticas e imaginarias” (p. 38). Lo anterior permite comprender la importancia que tenía la cartografía como un vehículo de transmisión de imaginarios geográficos.
9 Aunque poco se conoce sobre los primeros años de Hernando de los Ríos Coronel, su presencia en Manila desde 1590 está bien documentada. Durante su estancia en Filipinas participó en diversas expediciones y en 1605 ocupó el cargo de procurador general. Su experiencia en la región le permitió conocer de primera mano las riquezas del Asia oriental, por lo que no resulta extraño que compartiera la creencia en la existencia de las islas del oro y la plata, llegando incluso a proponer una ubicación para ellas (Martínez Torres, 2023, pp. 44-45).
10 Bakufu (幕府), significa literalmente “gobierno de tienda”. Término que se usa para referirse al gobierno del shōgun o a su administración.
11 Cabe mencionar que las ventas de dichas mercancías fueron pobres, lo cual obligó a Vizcaíno a utilizar el San Francisco para realizar la medición costera.