Ciencia y Sociedad, Vol. 51, No. 1, junio, 2026 • ISSN (impreso): 0378-7680 • ISSN (en línea): 2613-8751
Occupation commemorated; plaque forgotten: the monument to the Eighth Massachusetts Regiment in the city of Matanzas (Cuba)
DOI: https://doi.org/10.22206/ciso.2026.v51i1.3644
Johanset Orihuela León
Florida International University, Miami, Florida
https://orcid.org/0000-0002-7806-603X
Jorih003@fiu.edu
Ramón Cotarelo Crego
ICOMOS, Cuba
https://orcid.org/0000-0001-7766-4049
Recibido: 10/12/2025 • Aprobado: 17/02/2026
Cómo citar: Orihuela León, J., Cotarelo Crego, R. (2026). Ocupación conmemorada, tarja olvidada: monumento al Octavo Regimiento de Massachusetts en la ciudad de Matanzas (Cuba). Ciencia y Sociedad, 51(1), 51-73. https://doi.org/10.22206/ciso.2026.v51i1.3644
Resumen
Los monumentos conmemorativos forman parte del repertorio simbólico a través del cual las sociedades seleccionan, fijan y proyectan su visión del pasado. Entre estos, la tarja y monumento dedicados al Octavo Regimiento de Infantería de Massachusetts, develados el 10 de diciembre de 1923 en la ciudad de Matanzas (occidente de Cuba), puede interpretarse como un gesto diplomático que vinculó un episodio de la ocupación estadounidense con el paisaje monumental urbano. Este trabajo reconstruye la historia de dicha tarja hoy desaparecida, a partir del análisis de fuentes primarias, entre ellas prensa de época, registros oficiales y fotografías inéditas. La investigación ha permitido recuperar el texto original de la tarja, identificar los actores institucionales involucrados en su instalación y documentar las ceremonias cívicas que acompañaron su inauguración. El caso permite examinar y contextualizar cómo un monumento dedicado a tropas de ocupación se integró al archivo monumental de una ciudad cubana, y cómo su desaparición puede contextualizarse en el marco de reordenamientos del paisaje monumental cubano, sin que las fuentes consultadas permitan fechar o describir con precisión su retiro en Matanzas. Se sostiene que el patrimonio monumental, tanto en su presencia como en su ausencia, tiene validez, y a su vez, sirve de indicador de cambios en las narrativas históricas y en los usos del espacio público en la construcción de la memoria histórica.
Palabras clave: Monumentos, memoria histórica, Octavo Regimiento de Massachusetts, patrimonio material, Matanzas, Cuba.
Abstract
Commemorative monuments form part of the symbolic repertoire through which societies select, fix, and project their vision of the past. Among these, the plaque dedicated to the Eighth Regiment of Infantry of Massachusetts, unveiled on December 10, 1923, in the city of Matanzas (western Cuba), can be interpreted as a diplomatic gesture that linked an episode of the U.S. occupation to the Cuban monumental urban landscape. Using a case-study approach informed by memory studies, this article reconstructs the plaque’s biography through the triangulation of contemporaneous Cuban and U.S. press coverage, municipal and institutional records, and previously unpublished photographs. The analysis recovers the original wording and layout of the inscription, identifies the actors and organizations involved in its commissioning and installation, and documents the civic ceremonies that framed its public meaning. The Matanzas case shows how a marker honoring occupying troops could be incorporated into local commemorative repertoires during the early Republic, and how its later absence can be contextualized within broader reconfigurations of Cuba’s monumental landscape, while acknowledging that the sources consulted do not allow the removal to be dated or described with precision for Matanzas. It is argued that monumental heritage, whether present or absent, is analytically valuable because it registers changes in what is publicly remembered, what is silenced, and how collective memory is materially negotiated.
Keywords: Monuments, historical memory, 8th Massachusetts Regiment, tangible heritage, Matanzas, Cuba.
En las ciudades, una parte de la historia se cuenta a través de figuras de bronce, obeliscos y placas discretas fijadas en el espacio público. Estos monumentos conmemorativos materializan recuerdos de hechos, personas o colectivos considerados como dignos de ser preservados o recordados y, como han señalado diversos autores, su aparición, modificación o retirada suele acompañar cambios en quién ejerce el poder y en cómo se organiza el relato oficial del pasado (Halbwachs, 1992; Nelson y Olin, 2003; Rowlinson et al., 2005; Riaño, 2021; Baxter, 2021). Desde una perspectiva histórica y arqueológica, pueden leerse como documentos materiales. Su presencia, su desplazamiento o su ausencia reordenan el paisaje simbólico de la ciudad y el archivo desde el cual se construye su memoria (Begić y Mraović, 2014, Bitušíková, 2018; Fryer et al., 2021).
Desde los estudios de memoria, estas materialidades pueden entenderse como ‘lugares de memoria’ cuando condensan y activan narrativas públicas del pasado en un emplazamiento específico (Nora, 1989). A la vez, la teoría patrimonial subraya que su conservación, resignificación o pérdida depende de regímenes de valor (por ejemplo, conmemorativo-intencional, histórico y de antigüedad) que cambian en el tiempo y no siempre se traducen en protección institucional (Riegl, 1982; Choay, 2001).
En la ciudad de Matanzas, en el occidente de Cuba, el espacio público está marcado por placas, lápidas y esculturas que remiten a distintos momentos de su historia urbana y política. El Paseo Martí, eje cívico de la ciudad desde el siglo XIX, ha concentrado buena parte de estas operaciones de monumentalización, reflejando continuidades y rupturas en los relatos oficiales sobre la nación y la localidad (Cotarelo, 1993; Cotarelo y Orihuela, 2021; Orihuela y Cotarelo, 2021). Entre los monumentos hoy ausentes se encuentra la tarja dedicada en 1923 al Octavo Regimiento de Infantería de Massachusetts y reducida en la actualidad a un pedestal sin inscripción ni referencia explicativa en el propio espacio urbano.
La presencia del Octavo Regimiento de Massachusetts en Matanzas, durante la primera ocupación estadounidense de Cuba, se conoce a través de diversas fuentes, discutidas en la sección Fuentes y Metodología. Estos materiales permiten reconstruir su establecimiento en el castillo de San Severino (fortificación central de la ciudad), así como su participación en actividades cívicas y servicios prestados a la urbe. No obstante, su paso por Matanzas ha recibido escasa atención en la historiografía académica, en particular en lengua castellana, donde los estudios se han concentrado en las dimensiones generales de la ocupación y en sus implicaciones político-militares (Boza, 1900-1904; Collazo, 1905; Ximeno, 1930; Almodóvar, 1989; Instituto de Historia de Cuba, 1996; Calleja, 1997; Abdala, 1998; Alonso, 2009; Hernández de Lara et al., 2014; Hernández de Lara y Orihuela, 2020, entre otros). La tarja de 1923 apenas figura en ese panorama, pese a constituir un testimonio directo de cómo se representó localmente la presencia de un regimiento estadounidense específico.
La existencia de esta tarja plantea una pregunta central articulada en dos interrogantes: ¿de qué manera se inscribió el Octavo Regimiento de Massachusetts en el paisaje monumental matancero? ¿Qué puede decirnos su historia, desde su instalación hasta su desaparición, sobre los procesos de memoria histórica local? Este artículo aborda esa cuestión mediante el análisis de fuentes primarias con el objetivo de reconstruir la trayectoria de la tarja, contextualizar su función simbólica en el entorno urbano de la década de 1920 y reflexionar sobre su lugar en el archivo monumental de la ciudad.
La investigación se desarrolló mediante análisis histórico-documental y lectura del emplazamiento urbano, bajo un diseño de estudio de caso orientado a reconstruir la trayectoria histórica de una tarja conmemorativa, su instalación, activación cívica, su condición material actual, y su inscripción en el paisaje monumental de Matanzas. Como marco de apoyo, la tarja se entiende como un marcador cuya visibilidad, conservación o pérdida se relaciona con regímenes cambiantes de valor patrimonial y con procesos de “patrimonialización” en el espacio público (Riegl, 1982; Choay, 2001; Smith, 2006; Pérez y Ramiro, 2020). La lectura de las fuentes se sitúa en una perspectiva de historia social de la memoria y de la ciudad, en la que los dispositivos conmemorativos se analizan como prácticas públicas situadas y como inscripciones materiales del pasado en el espacio urbano, articulando microhistoria del objeto y contextos historiográficos más amplios (Halbwachs, 1992; Nora, 1989; Low, 2000; Nelson y Olin, 2003).
El cuerpo se conformó con fuentes primarias contemporáneas a la ocupación y a su memoria temprana (1898-década de 1920). Incluye documentación fotográfica preservada en el William & Mary Special Collections Research Center (ver William & Mary Special Collections Research Center, 1898), el diario de campaña publicado por el propio regimiento (Webber, 1908), colecciones de correspondencia y prensa de época, incluyendo corresponsales (Davis, 1898; Ermolov, 1899), así como reportes oficiales del Departamento de Guerra (Annual and Civil Reports, en U.S. War Department, 1899). Se incorporaron además fotografías históricas algunas de las cuales no habían sido utilizados previamente en estudios sobre el tema, como son las fotografías del álbum “Photograph Album of the 8th Massachusetts Infantry in Cuba, Georgia, and Kentucky” (ID SC 01339), en William & Mary Special Collections Research Center, Small Collections Box 97, Folder 1, Williamsburg (Virginia) y las cartas inéditas del teniente John “Jack” Kenney, del Octavo Regimiento de Massachusetts (colección privada, véase bibliografía). A ello se añadió la constatación del estado material actual del soporte en el espacio público (pedestal existente sin inscripción visible), utilizada únicamente para describir la condición presente.
El procedimiento consistió en compilar, fechar y contrastar testimonios sobre la presencia del regimiento en Matanzas y el acto de dedicación de la tarja. La información se trianguló para resolver inconsistencias de cronología y atribución de actores, y así precisar el emplazamiento original dentro del Paseo Martí. La interpretación se apoya en lo sustentado por convergencia de fuentes. Sin embargo, en el caso del retiro de la tarja no se localizaron, entre las fuentes consultadas, documentos municipales o administrativos que permitan precisar el momento o el mecanismo de su remoción. En consecuencia, y atendiendo al contexto nacional de reordenamiento simbólico de referentes asociados a Estados Unidos en los primeros años del proceso revolucionario (inicios de la década de 1960), se propone esa etapa como la atribución más probable para la desaparición del marcador (tarja). Esta atribución se discute de forma breve en la Discusión mediante un paralelo comparativo controlado con el retiro del águila del monumento al USS Maine en La Habana (Rickover, 1997; Iglesias Utset, 2014), sin pretender reconstruir causalmente un episodio para el que no encontramos evidencia local directa.
La primera intervención estadounidense en Cuba, iniciada en 1898 tras la firma del Protocolo de Paz con España y culminada formalmente en mayo de 1902 con la proclamación de la República, constituyó un período transicional en la historia cubana. Esta fase, arraigada en el contexto de la guerra hispano-cubano-norteamericana, no solo significó el fin del colonialismo español sino también el comienzo de una nueva etapa de influencia política y cultural por parte de los Estados Unidos hacia la Isla (Trelles-Govín, 1928; Roig, 1961; Foner, 1978; Le Riverend, 1985; Fernández, 2002; Iglesias Utset, 2005; Pérez, 2016; Guillard, 2020). La administración estadounidense en Cuba, inicialmente encabezada por el Mayor General John R. Brooke y luego por Leonard Wood, fue caracterizada desde la visión del interventor, por un esfuerzo de “reconstrucción general del país, con base a reformas moralizadoras de los ramos públicos” como se describió oficialmente en el informe de Brooke (1899, p. 11) y ha señalado la historiografía posterior (Gillette, 1973; Guillard, 2020).
Esta política de “reconstrucción”, presentada en los documentos oficiales como modernizadora y benéfica, ha sido caracterizada por la historiografía como marcada por un tono paternalista y una visión de tutela civilizadora sobre Cuba (Collazo, 1905; Gillette, 1973; Guillard, 2020). Desde sectores nacionalistas e independentistas cubanos, esa retórica se leyó con frecuencia como tutela política y como limitación de la soberanía conquistada en la guerra, particularmente por la subordinación institucional. En esa perspectiva, reformas administrativas y sanitarias podían coexistir con una experiencia política de dependencia y con tensiones entre aspiraciones republicanas e intereses estadounidenses, un contraste señalado por la historiografía cubana y por estudios sobre la formación del Estado en la temprana República (Roig, 1961; Le Riverend, 1985; Foner, 1978; Pérez, 2016; Martínez, 2020).
El discurso oficial promovía la idea de que la intervención buscaba beneficiar al pueblo cubano, aunque simultáneamente respondía a intereses estratégicos y económicos por parte de Estados Unidos. Los informes militares, discursos públicos y artículos de prensa de la época reflejan esa narrativa dual de combinación de protección y proyección de poder (Hitchman, 1968; Gillette, 1973; Schouten, 1995; McCaffrey, 2009; Guillard, 2020). El 2 de marzo de 1902, se aprobó la Enmienda Platt, otorgando a Estados Unidos el derecho a intervenir militarmente en Cuba (Enmienda Platt, art. III; Roig, 1961). Esta disposición planteó a Cuba la disyuntiva de aceptar una independencia limitada o continuar bajo ocupación militar.
En la ciudad de Matanzas, la ocupación adquirió formas concretas y generó lecturas locales diversas, como muestran tanto las síntesis tempranas (Trelles-Govín, 1928; Ximeno, 1930; Ponte, 1959; Trelles-Santana, 2009), como estudios más recientes basados en actas capitulares y prensa yumurina (Martínez, 2018, 2020). El general Joseph P. Sanger, encargado del mando local, declaró a su llegada que “…no venimos a hacer guerra contra los habitantes ni contra ningún partido o facción entre ellos, pero sí venimos a protegerles en sus hogares y empleos y en sus derechos personales y religiosos…” (Sanger, 1899a, p. 2). Estas palabras evidencian el tono conciliador con que se presentaba la intervención, pese a que en la práctica implicaba una presencia militar sostenida y una administración institucional generalizada. El programa, no obstante, incluía un extenso plan de obras públicas, sanidad, educación, electricidad, telégrafo, y teléfono (Gillette, 1973; Guillard, 2020). En particular, Martínez Carménate subraya que, aun reconociendo resultados en sanidad, persistieron reclamos no resueltos y se intensificó la oposición local a la injerencia, incluyendo movilizaciones en Matanzas vinculadas al debate sobre la soberanía y la Enmienda Platt (Martínez, 2020).
La presencia del Octavo Regimiento de Infantería de Massachusetts en Matanzas, entre enero y abril de 1899, ilustra esta etapa inicial de transición. Instalados en el castillo de San Severino y sus alrededores (Figura 1), los soldados cumplieron funciones de patrullaje, seguridad civil y colaboración con las autoridades locales. Aunque su estancia fue breve -a modo de gira-, aquel recuerdo fue posteriormente monumentalizado, como se discutirá más adelante, en el marco de una puesta en escena cívica y diplomática que enfatizó la idea de alianza y cooperación. Sin embargo, la posterior desaparición de dicha tarja, sin registro oficial y sin preservación museográfica, indica un cambio en la forma en que este episodio quedó representado en el espacio público años después.
Figura 1
A) Vista general de la glorieta central del Paseo Martí (Santa Cristina) circa ~ 1910, en el barrio de Versalles (Matanzas) visto desde el flanco oeste del castillo de San Severino. Al fondo se ve el obelisco dedicado a los Fusilados en la Guerra de Independencia. B) Toma del flanco noreste (¿?) desde la cortina del castillo de San Severino circa 1899. En esta fotografía se aprecia el acampamento de tropas norteamericanas en los terrenos traseros a la antigua fortificación española. C) Vista de la entrada de mar, frontispicio y foso, hacia el sur del castillo de San Severino. Nótese la bandera estadounidense en el baluarte. D) Vista de la entrada de mar y frontispicio del castillo. A) modificada de Pérez et al. (2017) y B) de Webber (1908). Fotografías C-D son dos vistas históricas tomadas por el Octavo Regimiento de Infantería de Massachusetts durante su estancia en Matanzas, procedentes del álbum Photograph Album of the 8th Massachusetts Infantry in Cuba, Georgia, and Kentucky. William & Mary Special Collections Research Center, ID SC 01339, Small Collections Box 97, Folder 1

Las políticas implementadas durante la ocupación apuntaban a transformar Cuba en un Estado funcionalmente alineado con los intereses estadounidenses. Estas medidas generaron tensiones tanto dentro de la isla como en los propios Estados Unidos, donde sectores políticos y de la prensa debatieron sobre el alcance y la legitimidad del control ejercido (Gillette, 1973; Foner, 1978; Iglesias Utset, 2005; Guillard, 2020).
Con la instauración de la República de Cuba en 1902 se intensificó el rescate de la memoria histórica nacional y, en sus ansias nacionalistas, se levantaron numerosos monumentos a figuras de la independencia cubana, dando seguimiento a “…la fiebre monumentalista asumida con el fin de dotar a las ciudades americanas de estatuas de mármol y bronce de los próceres de la patria y otros personajes singulares…” (Gutiérrez, 2004). Este proceso se inserta en un patrón latinoamericano más amplio de utilización de los monumentos históricos como “lenguaje de la memoria” y pedagogía cívica, bien documentado para la ciudad de México en el siglo XIX (Zárate Toscano, 2001).
En este sentido, el caso de Matanzas no fue único. Monumentos similares se erigieron en otros puntos de la isla, como en El Caney, Siboney, o Santiago de Cuba, conmemorando a tropas estadounidenses caídas en combate o destacadas en tareas de ocupación (Escalona y Fernández, 2015; Pérez, 2016; Llanes, 2022). También se colocaron bustos y tarjas en honor a figuras como Theodore Roosevelt y su tropa de Rough Riders. Todos estos objetos compartían la aparente función simbólica de legitimar la intervención como gesto salvador y civilizador, en línea con los valores de la “doctrina Monroe” y la ideología estadounidense del destino manifiesto. Las cartas del teniente John “Jack” Kenney, del Octavo Regimiento de Massachusetts acuartelado en Matanzas en 1899, muestran que muchos de estos voluntarios entendían su presencia en la isla como una breve misión de guarnición tras una guerra ya decidida, en un marco de autodeterminada superioridad y de tutela sobre la población cubana (Kenney a Webb, S.S. Obdan, 9 de enero de 1899 y cuartel de Santa Cristina, Matanzas, 24 de febrero de 1899).
En este contexto, estos monumentos se convierten en vectores de sentido histórico, susceptibles de reinterpretación (Gutiérrez, 2006, 2007; Nilson, 2018; Pérez y Ramiro, 2020). Como han señalado investigadores, entre ellos Setha Low (2000), el espacio público no es neutral, sino un escenario donde se materializan relaciones de poder, y donde los objetos conmemorativos pueden ser preservados, resignificados o eliminados según el marco político dominante. En este sentido, la desaparición de la tarja del Octavo Regimiento puede situarse dentro de un proceso más amplio de reconfiguración de la memoria histórica en el paisaje urbano cubano.
El gobierno norteamericano tomó posesión a partir del 1 de enero de 1899. Las tropas españolas habían abandonado en su casi totalidad el territorio nacional y el resto lo haría en los siguientes días. Un testimonio directo del teniente John Kenney, del Octavo Regimiento de Massachusetts, describe por esos días la bahía de Matanzas con escaso tráfico mercante y varios vapores (franceses, alemanes y españoles) dedicados casi exclusivamente a embarcar miles de soldados peninsulares de regreso a Europa, mientras las tropas estadounidenses esperaban su desembarco definitivo (Kenney a Webb, carta del 9 enero de 1899 “On board S.S. Obdan En Route to Matanzas”; véase igualmente Roster of Troops 1900).
En cada uno de los distritos establecidos tomó posesión un representante del Gobierno de los Estados Unidos. En Matanzas, el comandante del ejército español Fermín Jáudenes y Álvarez entregó la plaza al general Joseph P. Sanger del ejército estadounidense (Treserra, 1941: 50), quien había llegado a Matanzas en horas de la tarde del 1 de enero de 1899 como lo certifica en un informe enviado a sus superiores, firmado el 9 de enero del mismo año. En este mismo documento también anuncia la llegada a Matanzas el 10 de enero del Mayor General James Harrison Wilson (1837-1925) quien de inmediato asumió la suprema autoridad militar de la región. Sanger emitió un bando dirigido a la población de Matanzas en el que pedía cooperación con el nuevo gobierno militar y fijaba las reglas básicas del orden público. En él recordaba el “cambio de las relaciones políticas” tras la guerra con España y aseguraba que quienes cumplieran con su deber bajo el nuevo régimen tendrían garantía sobre “su persona, propiedad y derechos particulares”, subrayando la voluntad de Estados Unidos de satisfacer plenamente las obligaciones asumidas en la isla (Sanger, 1899a, b).
El 12 de enero, Wilson entró en la ciudad por la Calzada de Bellamar, encabezando al Ejército Libertador, al frente del cual se encontraba el mayor general Pedro E. Betancourt y Dávalos. Desde el balcón del Palacio de Gobierno, frente a la Plaza de Armas (actual Parque de la Libertad), Wilson y Betancourt pidieron a la población “…que tuviesen fe en el gobierno de ocupación transitoria de Norte América, y que obrasen con mucha cordura a fin de que no tardara en ser realidad la independencia del país…” (Ponte, 1959, p. 261). En el plano cotidiano, Kenney observaba a niños cubanos que imitaban con gestos el desenvainar del machete y la decapitación de “españoles”, y describía bailes nocturnos (fandangos) donde participaban hombres blancos y mujeres blancas, mulatas y negras, al tiempo que él mismo recurría a un lenguaje abiertamente racista para referirse a insurgentes y afrodescendientes, lo que pone de manifiesto tensiones de clase, raza y memoria de guerra que la retórica oficial de “cordura” y “transitoriedad” tendía a invisibilizar (Kenney-Webb, Matanzas 8 de febrero de 1899). Las tropas españolas radicadas en la ciudad fueron relevadas por el regimiento de Massachusetts, “…primer contingente de voluntarios americanos, que, al mando del general Sanger, ocupó la plaza de Matanzas…” (Treserra, 1941, p. 38) (Figura 2).
Figura 2
Fotografías históricas del recibimiento al generalísimo Máximo Gómez y desfile en Matanzas, el 22 de febrero de 1899. A) Carroza y comitiva avanzando por la actual calle Medio, entre banderas cubanas y estadounidenses. B) Desfile frente al Palacio de Gobierno y la Plaza de Armas (actual Parque de la Libertad, calle Ayuntamiento); fotografía de Miles. Esta toma fue utilizada posteriormente como modelo para la tarja conmemorativa instalada en Gloucester (Fig. 7)

La entrada a Matanzas del generalísimo Máximo Gómez (1836-1905), de nacionalidad dominicana y principal jefe militar de la guerra de independencia cubana, el 22 de febrero de 1899, estuvo marcada por un recibimiento encabezado por el mayor general James H. Wilson, los generales J. P. Sanger (Estados Unidos) y Betancourt (Cuba), y por la presencia del Octavo Regimiento de Massachusetts (Figuras 2-3). Gómez había llegado a la ciudad la noche anterior en tren (Pearson’s Weekly Blade, 25 de febrero de 1899, p. 4; Gómez, 1941). Este hecho histórico suscitó celebraciones de gran relevancia en el ámbito local y la construcción de arcos de triunfo de arquitectura efímera (cuyas instantáneas se observan en las Figuras 2-3 y en Pérez Orozco et al., 2017). Las cartas del teniente John Kenney, acantonado en Santa Cristina, confirman la magnitud de aquel recibimiento: describe la ciudad engalanada, las casas decoradas y los “¡vivas!” que acompañaron el paso de Gómez, a quien llama “el Gran Viejo de Cuba”, subrayando el lugar central del generalísimo en el imaginario político de 1899 (Kenney-Webb, Matanzas 21 de febrero de 1899).
Figura 3
A-B) Arcos de triunfo efímeros levantados en Matanzas para recibir al generalísimo Máximo Gómez y al Ejército Libertador, el 22 de febrero de 1899. A) Vista hacia el sur, donde se aprecia el actual cuartel de bomberos y el puente de Tirry (adaptada de Pérez Orozco et al., 2017). B) Vista general del arco mirando hacia el norte, donde se aprecia el edificio de la antigua Aduana (actual sede de la oficina del Conservador), Palacio de Junco (al fondo), y parte del Teatro Sauto (visto al extremo derecho). Fotografía del álbum Photograph Album of the 8th Massachusetts Infantry in Cuba, Georgia, and Kentucky. William & Mary Special Collections Research Center, ID SC 01339, Small Collections Box 97, Folder 1

Las tropas del Octavo de Massachusetts desfilaron ante la fachada principal del Palacio de Gobierno de la ciudad (actual calle Ayuntamiento), recogido este hecho en imágenes fotográficas de las que posteriormente serviría una de ellas para la realización de la tarja colocada en la ciudad de Gloucester (Figuras 2 y 7), estado de Massachusetts (USA), la cual fue inaugurada el 11 de noviembre de 1923 (Figura 7 en subsección “Tarja en recuerdo de la presencia del octavo regimiento de Massachusetts en Matanzas” adelante), unos cuarenta días antes de colocarse la tarja de recordación de este regimiento en la ciudad de Matanzas.
Joseph P. Sanger se desempeñó como comandante militar del distrito de Matanzas hasta el 23 de mayo de 1899. Un día antes de su partida remitió una extensa carta al alcalde de la ciudad, el Dr. Alfredo Carnot, en la que exaltaba las características de Matanzas y formulaba recomendaciones para mejorar diversos aspectos administrativos y técnicos de la urbe (Sanger, 1899c), hoy conservada en el archivo personal del Conservador de la Ciudad de Matanzas. Posteriormente Sanger sucedió al general William Ludlow (1843-1901) en la comandancia del segundo distrito.
Por Matanzas rotaron varios regimientos norteamericanos durante la ocupación de la isla, oficialmente destinados a “preventing disorder of any kind” (previniendo desorden de cualquier tipo) y a garantizar el cumplimiento de las nuevas disposiciones (The New York Times, 29 de enero de 1899, p. 5; Webber, 1908). Entre los más destacados se encontró el Octavo Regimiento de Massachusetts, que se estableció en la ciudad a partir del 10 de enero de 1899. Otros regimientos destacados fueron el Doce de Nueva York, llegado el 1 de enero de ese año, el 160 de Indiana, el Tercero de Kentucky, el Séptimo de caballería regular y el Primero de caballería ligera. A ellos se sumaron unidades del Signal Corps y el Primer Batallón de Ingenieros Voluntarios. Su despliegue tenía como finalidad principal mantener el orden en la ciudad y, al mismo tiempo, aprovechar la posición de Matanzas como punto estratégico, reconocida desde el siglo XVI y reafirmada cuando la bahía se convirtió en escenario del primer enfrentamiento bélico de la guerra hispano-cubano-norteamericana (Ximeno, 1930; Pérez Orozco et al., 2010, 2017; Hernández de Lara et al., 2014; Hernández de Lara y Orihuela, 2020; Orihuela et al., 2021).
El itinerario de la compañía F del Tercero de Kentucky es ilustrativo de estas rotaciones breves. Sus partes de servicio indican que zarpó de Savannah el 17 de enero de 1899 en el transporte Minnewaska, desembarcó en Matanzas el 22 de enero, desplazó parte de sus efectivos a Cárdenas tras unas dos semanas de estancia en la ciudad y abandonó la isla el 9 de abril rumbo de nuevo a Savannah, donde fue puesta en cuarentena por fiebre amarilla antes de ser licenciada del servicio federal en mayo de 1899. La hoja de servicios de su comandante, el capitán Feland, muestra además que sus funciones en Cuba se centraron en tareas de provost, logística y reparación de cuarteles y de la cárcel local, más que en operaciones de combate (Expediente de servicio de D. C. Feland, Company F, Kentucky Volunteers, 1898-1899).
Los regimientos de Nueva York y Massachusetts, compuestos de cinco compañías cada uno, tenían estación fija en la ciudad de Matanzas. Sus respectivos campamentos se habían establecido en los alrededores del Castillo de San Severino, a poco más de una milla de la ciudad (The New York Times, 29 de enero de 1899, p. 5; Webber, 1908) (Figura 1 B-D). El campamento del doce de Nueva York estaba localizado cercano al litoral, mirando las aguas de la bahía, mientras que el de octavo de Massachusetts hacia las elevaciones detrás del San Severino (Figura 1 B). Todos los pertrechos eran abastecidos por el gobierno norteamericano y su estancia próxima al mar proveía facilidades para el aseo (Webber, 1908; Annual Report, U.S. War Department (1899). El Paseo Martí servía de área de práctica y desfile (Figura 4).
Figura 4
A-B) instantáneas que muestran al Octavo de Massachusetts realizando ejercicios militares en el Paseo Martí. En A) se aprecia una quinta del paseo, y B) el hospital de Santa Isabel. Fotografía del álbum Photograph Album of the 8th Massachusetts Infantry in Cuba, Georgia, and Kentucky. William & Mary Special Collections Research Center, ID SC 01339, Small Collections Box 97, Folder 1

A su llegada, el Octavo de Massachusetts a la ciudad de Matanzas fue escoltado por otro batallón de infantería bajo la comandancia del general Pedro Betancourt y una banda de marcha militar. Los últimos oficiales españoles, incluido el capitán general Adolfo Jiménez Castellanos, habían partido precisamente desde la bahía de Matanzas el 12 de enero de 1899, acto en el cual participaron los regimientos de Nueva York y Massachusetts. Como recogió el New York Times para la fecha, “…los españoles abandonaron los fuertes…” (The New York Times, 29 de enero de 1899, p. 5). Con este acontecimiento concluyó definitivamente la ocupación hispana de Cuba, tras más de cuatro siglos de presencia colonial.
La presencia del Octavo Regimiento de Massachusetts en Matanzas culminó el 4 de abril de 1899, cuando sus 1,177 hombres y 46 oficiales embarcaron en el Meade rumbo a Boston (Webber, 1908). La víspera, el alcalde Alfredo Carnot les dirigió una carta de despedida en la que agradecía su conducta durante los meses compartidos y afirmaba que dejaban “una indeleble señal de gratitud y admiración grabada en nuestros corazones”, llegando a calificar su paso por Cuba como “el mayor logro moral y material más importante del siglo XIX” (Carnot, 1899).
Para algunos oficiales, estas breves estancias en Cuba tuvieron además implicaciones en la carrera institucional de algunos oficiales. El capitán Feland, por ejemplo, utilizó su servicio en la compañía F del Tercero de Kentucky para obtener poco después un nombramiento permanente como teniente del Cuerpo de Marines, encadenando la experiencia de la ocupación de Matanzas con una carrera dentro del aparato militar imperial estadounidense.
En contraste con este balance positivo, Kenney describía en febrero de 1899 las haciendas de los alrededores de Matanzas como “sucias y arruinadas”, con huellas de una prosperidad pasada, pero con una economía prácticamente paralizada y una población que “simplemente existía” tras años de guerra, subrayando la distancia entre los elogios oficiales y las percepciones cotidianas de un voluntario estadounidense de guarnición (Kenney-Webb, Santa Cristina, 24 de febrero de 1899).
Con la instauración de la República de Cuba en 1902 se intensificó el rescate de la memoria histórica nacional y, en clave abiertamente nacionalista, se levantaron numerosos monumentos a figuras de la independencia. A la Asamblea Pro-Monumento José Martí constituida en La Habana en 1900, que culminó con la estatua del Parque Central inaugurada en 1905, siguió una oleada de homenajes en forma de obeliscos y conjuntos escultóricos dedicados a los mambises caídos, a Martí, Agramonte, Maceo, Calixto García, Céspedes y otros próceres (Gutiérrez, 2004, 2006; véase igual a Sánchez de Fuentes, 1916; Llanes, 2022).
En cuanto a la recordación de las tropas norteamericanas en las guerras de independencia, las fuentes indican que ya desde 1901, en el período de intervención, el gobierno de Estados Unidos realizó la compra de 200 acres en el sitio de la batalla de la Loma de San Juan con el fin de salvaguardar la memoria histórica y el “Árbol de la Paz” (Sánchez de Fuentes, 1916; Escalona y Fernández, 2015). Para ello se creó una junta ejecutiva para embellecer estos lugares y surgieron iniciativas tanto de parte de los veteranos norteamericanos como de los cubanos. Por la parte de Estados Unidos, en 1904 F. Steninhart, en representación de los soldados norteamericanos que combatieron en las cercanías de Santiago de Cuba, envió una carta al presidente Tomás Estrada Palma. En ella, fechada el 29 de diciembre, solicitaba que se recordaran los principales campos de batalla de la guerra hispano-cubano-norteamericana alrededor de Santiago mediante monumentos conmemorativos (Escalona y Fernández, 2015; Llanes, 2022). Uno de ellos, dedicado a la batalla de Las Guásimas, fue construido en 1907 por la Juraguá Iron Company (Llanes Godoy, 2022). Un año antes, en El Caney, se recordaba con una tarja el papel desempeñado por el capitán Allyn Capron, de la Batería de Artillería E, en la batalla del 1 de julio de 1898 (Sánchez de Fuentes, 1916). Para conmemorar el décimo aniversario del desembarco en Siboney se colocó una placa de bronce alegórica al hecho histórico (Llanes, 2022).
En 1924, en un pequeño parque de la ciudad de Santiago, se inauguró el 14 de diciembre un monumento a quien estuvo al frente de los “Rough Riders”, Theodore Roosevelt (Escalona y Fernández, 2015; Llanes Godoy, 2022); este monumento fue retirado posteriormente, tras 1959 (Escalona y Fernández, 2015; Pérez, 2016). Ese mismo año, Louis Culliver, senador por el estado de Nueva York y veterano de la guerra hispano-cubano-norteamericana, propuso erigir en Santiago de Cuba un monumento a los soldados del regimiento 71 de Nueva York, participantes en el conflicto, lo cual logró dos años más tarde, inaugurándolo el 12 de diciembre de 1926 (Escalona y Fernández, 2015). Con posterioridad se añadirían otros monumentos, dedicados al Mambí Victorioso, al Mambí Desconocido y al Soldado Español (Escalona y Fernández, 2015; Llanes, 2022). El coronel José Portuondo Tamayo fue encargado en 1925, apoyado por los veteranos de guerra Vicente Miniet y Federico Bolívar, de evidenciar los diversos puntos relacionados con las acciones de la guerra hispano-cubano-norteamericana. De igual forma, el coronel José González Valdés, jefe del distrito militar de Oriente, desplegó una intensa labor en función de preservar los sitios vinculados a la guerra, promoviendo el proyecto del parque histórico inaugurado el 1 de julio de 1928 en la loma de San Juan, incluida la gran ceiba bajo cuyas ramas fueron negociadas las condiciones de la rendición de Santiago. Al pie de esta ceiba se colocaron libros de bronce donde fueron escritos los nombres de los soldados que perecieron en las operaciones militares (Escalona y Fernández, 2015; Llanes Godoy, 2022).
Entre el 6 y el 7 de diciembre 1923, una delegación del estado de Massachusetts develó una tarja en recordación a los soldados del Sexto Regimiento en Santiago de Cuba, como lo hicieron días más tarde con otra tarja colocada en la ciudad de Matanzas en recordación del Octavo Regimiento (El Mundo, 2 de diciembre de 1923, p. 20) (Figuras 5-6).
Figura 5
Evolución del monumento dedicado al Octavo Regimiento de Massachusetts en el Paseo Martí, antiguo de Santa Cristina, Matanzas. A) Reproducción hemerográfica del pedestal con la tarja de bronce poco después de su inauguración en El Mundo (La Habana), 1923. B) Fotografía histórica del mismo monumento completo, con la placa aún en su lugar, frente a la bahía de Matanzas, circa 1940s (colección privada). C) Vista contemporánea del pedestal en el mismo emplazamiento, ya sin la tarja conmemorativa (autor anónimo, circa 2020, dominio público)

Figura 6
Multitudes reunidas en el Paseo Martí durante las ceremonias de diciembre de 1923 en honor al Octavo Regimiento de Massachusetts y develación de la tarja en su honor. A) Público congregado a lo largo del Paseo Martí durante el desfile y los actos cívicos. B) Concentración de autoridades, delegación de Massachusetts y vecinos en las inmediaciones del Paseo Martí y durante la celebración oficial. Imágenes reproducidas de la prensa ilustrada de El Mundo (La Habana)

A comienzos de diciembre de 1923, el señor secretario de Estado de Cuba, Aurelio Portuondo había comunicado al de Guerra y Marina la concedida autorización para una delegación norteamericana, acompañada de una compañía de infantería y marina, desembarcara en la ciudad de Santiago de Cuba y en la de Matanzas. Estas venían con la expresa intención de develar dos tarjas conmemorativas en honor a los regimientos, Sexto y Octavo de Massachusetts, que participaron en la guerra hispano-cubano-norteamericana estando establecidos en esas ciudades respectivamente (El Mundo, 2 de diciembre de 1926).
La comisión venía desde el puerto de Boston, en el estado de Massachusetts, en la región de Nueva Inglaterra de la costa noreste de Estados Unidos. El corresponsal Horacio Oliva, del periódico El Mundo, anotó el arribo de la delegación en la tarde del 9 de diciembre de 1923 a bordo de un buque de guerra que identifica como “Allcheny” [sic], probablemente el remolcador USS Allegheny (AT-19) de la marina estadounidense (El Mundo, 9 de diciembre de 1923, p. 16).
Según Oliva, esta compañía venía para tomar lugar en las celebraciones “…en el homenaje que se habría de rendir en esta ciudad a las víctimas del octavo regimiento de Massachusetts…” (op. cit.). El buque norteamericano había sido escoltado a tomar puerto en la bahía de Matanzas por el cazasubmarino de la marina nacional.
Según la prensa del momento, entre el día 9 y el 11 de diciembre, se organizaron actos festivos y celebraciones en “…honor a los comisionados de Massachusetts…” en la ciudad de Matanzas. En esos días la delegación fue recibida con brindis, almuerzos y banquetes, sumándose visitas a los lugares de interés en la ciudad. En la noche del 9 les fue ofrecido por el gobernador, el doctor Juan Gronlier y Sardiñas, un banquete en el prestigioso hotel París (El Mundo, 13 de diciembre de 1923, p. 14).
El monumento y su tarja fueron inaugurados en la mañana del 10 de diciembre de 1923 (Figuras 5-6). La prensa diaria, que salía temprano, generó cierta confusión sobre las fechas de los actos, pero crónicas posteriores de Horacio Oliva aclaran que la cena de bienvenida en el Hotel París tuvo lugar el 9 de diciembre y que la inauguración del monumento se celebró al día siguiente (El Mundo, 12 y 13 de diciembre de 1923). El conjunto se ubicó en la glorieta central del Paseo Martí, en la barriada de Versalles, y fue descrito por Oliva en estos términos:
“…desde donde un sencillo y sólido mausoleo se ha colocado la lápida que en conmemoración de los voluntarios de los batallones 2, 8 y 9 de Massachusetts, ofrecieron sus vidas por la su patria y la nuestra…” (El Mundo, 12 de diciembre de 1923, p. 13).
Al acto, comenzado desde las 8:00 de la mañana, concurrieron el señor gobernador Dr. Gronlier, el Dr. Pagés presidente de la Audiencia, el señor Ramos, jefe de obras públicas, el coronel Emiliano Amiell y Ginori, más los oficiales del cuarto distrito militar, el fiscal de Audiencia, representantes del banco y comercio, y “…en fin todo lo que en Matanzas tiene significación…” acompañados de “…ese gran pueblo de Matanzas que nunca falta a estas solemnidades que tan directamente tienen relación con nuestra patria…” (ibid.). Junto a ellos estaban los comisionados de Massachusetts, a quienes después se sumaron las bandas musicales, abanderados, entonando los himnos de las dos naciones. Fue el doctor Horacio Díaz Pardo quien, junto al general William Pew, develaron la tarja. Seguido por “sublimes” discursos pronunciados por el alcalde de la ciudad, Horacio Díaz Pardo y el general Pew; estas y otras palabras quedaron para la posteridad recogidas en las páginas de la prensa, particularmente de la pluma de Horacio Oliva para El Mundo (El Mundo, 12 de diciembre de 1923, p. 13 y el 13 de diciembre de 1923, p. 14).
La comisión de Massachusetts expresó: “Traemos un mensaje permanente en bronce que proclama la benevolencia y el interés continuo del Massachusetts por la prosperidad de este país…” (Horacio Oliva en El Mundo, 12 de diciembre de 1923, p. 13). Aquel mensaje en bronce leía en inglés:
“The commonwealth of Massachusetts dedicates this tablet to the memory of her sons in the eight Massachusetts. Infantry United States Volunteers 1898-1899”
A lo que en castellano se traduce:
“La mancomunidad de Massachusetts dedica esta tarja a la memoria de sus hijos en el Octavo Regimiento de InfanterÃa de Massachusetts, Voluntarios de los Estados Unidos 1898-1899”.
Adjunto a esta tarja se entregaba una memoria del gobernador de Massachusetts, Channing H. Cox, dedicada al recuerdo de los hombres del Octavo de Massachusetts “…que dieron sus vidas en la guerra por la libertad de Cuba…” (Horacio Oliva en El Mundo, 12 de diciembre de 1923, p. 13). En realidad, los soldados del regimiento acantonados en Matanzas llegaron a la ciudad cuando la guerra ya había concluido y las tropas españolas se habían retirado, de modo que sus bajas se produjeron en los frentes orientales, en particular en la batalla de la Loma de San Juan y en las cercanías de Santiago de Cuba, el 1 de julio de 1898, y no en la propia ciudad.
El general Pew comentó en su discurso que, siendo coronel del Octavo Regimiento de Massachusetts establecido en Matanzas, había dado la bienvenida al generalísimo Máximo Gómez cuando este visitó la ciudad el 22 de febrero de 1899, episodio ampliamente reseñado por la prensa y acompañado por arcos de triunfo efímeros y una parada en su honor (Pearson’s Weekly Blade, 25 de febrero de 1899, p. 4). Según el relato de Horacio Oliva, Pew recordó además el comentario que Gómez le hiciera en aquella ocasión: que había “…oído hablar del Massachusetts…” y que “…la gente de aquel estado era intrépida y liberal y había hecho mucho por Cuba…” (El Mundo, 12 de diciembre de 1923, p. 13), encajando al regimiento en la retórica de gratitud y sacrificio que enmarcó el homenaje de 1923. En la misma crónica, Pew llegó a referirse a Matanzas como el “Boston de Cuba”. Por su parte, el alcalde Alfredo Carnot destacó que el paso de los regimientos norteamericanos y aquel evento dejaban un indeleble recuerdo de gratitud y admiración en los “corazones de la población de Matanzas” (Carnot, 1899, citado en El Mundo, 12 de diciembre de 1923, p. 13).
Concluida la inauguración de la tarja, la comisión y los invitados de honor pasaron a visitar el castillo de San Severino, donde el coronel Emiliano Amiell les ofreció un recorrido por la fortaleza y un brindis. Desde allí pasaron al cuartel Agramonte (antiguo cuartel de Santa Cristina, actual escuela Domingo Goicuría) donde las celebraciones continuaron con una gran parada militar y desfile de más de “2000 niños” de todas las escuelas privadas de la ciudad, rotarios, masones, y el público en general. De allí siguieron a un almuerzo “de exquisito gusto” en las alturas de Monserrat otorgado por la Colonia Española. En la tarde visitaron las Cuevas de Bellamar.
El día 12 de diciembre, a las 11 am y poco antes de dejar la ciudad, el alcalde municipal, el Dr. Horacio Díaz Pardo, les brindó un almuerzo en el hotel París. La comitiva partiría a las 12:15 p. m. para el hotel Sevilla, en La Habana, vía el tren de Hershey. En la gran cena que les brindara el gobernador el 9 de diciembre en honor al general Pew y los integrantes de la comitiva de Massachusetts, Gronlier comentó que la fundación de este monumento era parte de un extenso programa que la sociedad matancera desarrollaba. Sumaba el gobernador que el mismo quedaría como testimonio de “…nuestra imperecedera gratitud al pueblo…” de aquella nación, consagrando además “…el eterno recuerdo esculpido en bronce y granito en uno de los más bellos paseos de esta hermosa ciudad…” (Horacio Oliva en El Mundo, 13 de diciembre de 1923, p. 14). Culminó así un encuentro que las fuentes de la época presentaron como un hito en la vida cívica de Matanzas, que además dejaba vestigios físicos en la forma del monumento y su tarja.
El lunes 19 de diciembre de 1923, William Pew redactó una carta dirigida al coronel Emiliano Amiell, cuya transcripción fue publicada por Horacio Oliva en El Mundo (2 de enero de 1924, p. 11). En esta misiva, Pew acusa recibo del regreso “sin novedad” a Boston y agradece al coronel sus atenciones durante la estancia en la ciudad, y le felicita por el trabajo realizado en Matanzas desde 1898 y recurre al recuerdo de unas fotografías que poseía “cuando las fuerzas cubanas entraron en Matanzas” veinticinco años atrás (El Mundo, 2 de enero de 1924, p. 11) (Estas pudieran ser algunas de las reproducidas aquí).
Aquella carta, es una pieza clave para entender el tono del homenaje. En ella, Pew subraya que “el cambio [logrado en Matanzas] es maravilloso” y que Amiell y sus oficiales han logrado una “ingeniosa y buena presencia” de la tropa, a la que él mismo felicita de manera explícita. Se presenta, además, como alguien que ha trabajado durante años en “crear el espíritu de soldado de los voluntarios de Massachusetts”, impartiendo cursos de psicología militar en universidades y en la Escuela de Entrenamiento de la Reserva Nacional, y le anuncia el envío de un pequeño libro titulado Haciendo un soldado, resumen de esas conferencias. La carta concluye con “una honda apreciación de sus atenciones” y con la afirmación de que se despide como su “muy sincero y buen amigo”, reforzando la dimensión personal del vínculo construido en torno al monumento (Pew, 1923, citado en El Mundo, 2 de enero de 1924, p. 11).
Lamentablemente, poco se sabe de los antecedentes de este monumento. Aún se desconoce el arquitecto y creadores de la tarja, el costo y el tiempo que llevó erigir el pedestal donde se colocó la tarja y demás detalles (algo similar ocurre con la instalada en Gloucester; Figura 7).
Figura 7
Detalle del monumento en bronce y granito a los veteranos de la guerra hispano-cubano-norteamericana en Gloucester (Massachusetts, EE. UU.). Vista del lado norte de la tarja, con la inscripción dedicada a la compañía G del Octavo Regimiento de Infantería de Massachusetts, “reviewed by General Máximo Gómez at Matanzas, Cuba, February 20, 1899”. En la vista se ve al regimiento desfilando frente al Palacio de Gobierno, por la calle Ayuntamiento, compárese con Fig. 2. Fotografía de David Remington (11 de julio de 2014), tomada de Wikipedia (dominio público)

El diseñador de las tarjas de Santiago de Cuba fue el escultor norteamericano Raymond Averill Porter (1883-1949) (Llanes Godoy, 2022: 98-99). Es probable que Averill Porter sea también el autor de la tarja de Matanzas, pues estas formaban parte de la donación enviada a Cuba por la ciudad de Massachusetts en 1923 y cuya inauguración se debía efectuar con pocos días de diferencia entre una ciudad y la otra. Es desconocido el autor de la tarja develada en la ciudad de Gloucester (estado de Massachusetts, noreste de Estados Unidos), que fue inaugurada el 11 de noviembre de 1923, casi un mes antes que las de Santiago y Matanzas. Dicha tarja es una reproducción en bronce, quizás desde una fotografía tomada durante la entrada triunfal de Gómez en Matanzas (compárese aquí Figuras 2 y 7) y pudiera ser su autor Averill Porter, ya que este escultor residía en el referido estado norteamericano y se dedicaba frecuentemente a temas relacionados con acciones militares en su obra artística.
El soporte escultórico-arquitectónico del monumento en Matanzas debió construirse entre 1922 y 1923, dado que no aparece en fotografías ni referencias anteriores a esas fechas. Por el plano de cuarteles de 25 de julio de 1834, levantado por Rafael Rodríguez y copiado en 1836 por Francisco Antonio Callejas (Orihuela et al., 2021, p. 74), así como por otros planos urbanos posteriores, entre ellos los de Rodríguez (1837-1842) y el de Esteban Pichardo de 1846, sabemos que la glorieta del Paseo Martí (antiguamente de Santa Cristina) ya estaba concebida y representada cartográficamente. Su existencia se confirma además en fotografías datadas entre 1905 y 1920, donde aún no figura el monumento (Pérez Orozco et al., 2017; Orihuela et al., 2021). La inauguración de 1923 no solo fue cubierta por El Mundo, sino también por La Lucha y otros órganos informativos. El Magazín de La Lucha incluyó en su número especial dedicado a Matanzas (1924, p. 237) varias imágenes del evento, aunque la información que acompaña dichas fotografías no es del todo correcta.
El recorrido de la tarja dedicada al Octavo Regimiento de Massachusetts invita a mirar de cerca cómo un episodio acotado de la ocupación estadounidense quedó inscrito en el registro monumental de Matanzas. Las gestiones previas, la llegada de la delegación de Massachusetts y el programa de actos entre el 9 y el 12 de diciembre de 1923 muestran que el monumento no fue un elemento secundario, sino el centro de un dispositivo cívico organizado en torno al Paseo Martí, las autoridades locales y representantes estadounidenses. En ese marco, la tarja operó como un marcador conmemorativo intencional, cuyo sentido público dependía del emplazamiento, la inscripción y las prácticas ceremoniales que lo activaron, y cuya permanencia posterior no puede asumirse como automática desde una perspectiva patrimonial (Riegl, 1982; Choay, 2001).
Desde el marco de los lugares de memoria, la tarja puede leerse como un dispositivo que fija en el espacio urbano una narrativa pública sobre ese episodio (Nora, 1989). En la evidencia reconstruida aquí, esa fijación se expresa en la elección de un emplazamiento de alta visibilidad, en la inscripción como tecnología de enunciación histórica y en el ceremonial de 1923 como práctica de activación y legitimación. No obstante, el registro disponible para ese momento privilegia sobre todo la voz de instituciones, autoridades y mediaciones públicas. Por ello, su documentación como elemento integrado en el repertorio cívico no debe confundirse con consenso social pleno ni con ausencia de lecturas críticas no registradas por las fuentes consultadas (cf. Halbwachs, 1992; Low, 2000; Nelson y Olin, 2003).
Los materiales reunidos de prensa de época, documentos oficiales, correspondencia y fotografías permiten seguir con cierto detalle parte de la historia de la tarja en la década de 1920. En ellos aparece como un punto de anclaje de la memoria de la presencia del Octavo Regimiento, asociada a un relato de cooperación y situada en un espacio urbano de alta visibilidad. Desde la teoría patrimonial, este tipo de objeto puede desplazarse entre valores conmemorativos e histórico-documentales según cambien los regímenes de valoración y los marcos institucionales que deciden qué memorias se preservan, se resignifican o se dejan de sostener en el espacio público (Riegl, 1982; Choay, 2001; Smith, 2006; Pérez y Ramiro, 2020). En contraste, la evidencia documental consultada hasta el momento no registra decisiones posteriores sobre su conservación o traslado, y el hecho de que hoy solo permanezca el pedestal, sin inscripción ni placa, indica que esa forma concreta de recordación ha perdido visibilidad en el espacio urbano y en la memoria pública local.
Las fuentes disponibles no permiten establecer con precisión cuándo ni cómo se retiró la tarja, ni documentar decisiones administrativas específicas asociadas a ese acto. Aun así, la lectura crítica del caso puede situarse en un arco histórico más amplio, donde desde la Enmienda Platt se han señalado tensiones persistentes en torno a soberanía y a la injerencia estadounidense, y donde tras 1959 se produjeron reordenamientos simbólicos del paisaje monumental con respecto a referentes asociados a Estados Unidos (Roig, 1961; Le Riverend, 1985; Foner, 1978; Pérez, 2016; Martínez, 2020). En ese plano, atribuimos de manera contextual la desaparición de la tarja a inicios de la década de 1960. Como antecedente cubano documentado, el Monumento al USS Maine en La Habana fue intervenido el 1 de mayo de 1961, cuando una grúa del Ministerio de Obras Públicas derribó el águila de bronce del conjunto (Iglesias Utset, 2014). Este paralelo se introduce únicamente como marco comparativo y no traslada causalidad al caso matancero. Sin embargo, permite sostener de forma acotada que la pérdida de visibilidad de ciertos marcadores pudo corresponder a cambios en regímenes de valor y en la selección patrimonial de memorias legibles en el paisaje urbano (Riegl, 1982; Rickover, 1997; Choay, 2001; Smith, 2006; Birkenmaier y Whitfield, 2011; Pérez y Ramiro, 2020).
En este sentido, el pedestal sin placa comunica y funciona como un resto o palimpsesto urbano que conserva el anclaje espacial, pero desactiva la legibilidad de la conmemoración. Esa permanencia incompleta vuelve visible el carácter selectivo de la monumentalización y del olvido público, y sugiere un desplazamiento de valor. O sea, el marcador perdió su valor conmemorativo-intencional sin consolidarse como objeto protegido por su valor histórico-documental, quedando como soporte no patrimonializado (Riegl, 1982; Choay, 2001; Smith, 2006). Así, la ausencia no es solo pérdida, sino también una forma de gestión de visibilidad en el espacio público, donde lo que se conserva, lo que se retira y lo que se deja sin explicar reordena el archivo monumental de la ciudad (Low, 2000; Pérez Ramos y Ramiro Esteban, 2020).
Para fechar y atribuir con precisión el retiro en Matanzas sería necesario localizar evidencia primaria específica (actas municipales, expedientes de obras públicas o patrimonio, inventarios oficiales, correspondencia institucional o series fotográficas fechables del Paseo Martí). Tratar este caso como un objeto de archivo, con sus presencias, sus lagunas y sus silencios, muestra hasta qué punto los monumentos pueden abordarse con las mismas herramientas críticas que se aplican a otros documentos históricos.
Reconstruir la trayectoria del monumento dedicado al Octavo Regimiento de Massachusetts en Matanzas permite situar esta tarja de bronce en el cruce entre la ocupación estadounidense en Cuba (1898-1902) y las políticas de memoria monumental de la primera República. A partir del análisis de prensa de época, documentación oficial, correspondencia y registros fotográficos, ha sido posible mostrar que la tarja de 1923 no solo recordaba la estancia de un regimiento concreto, sino que se integró en un conjunto de gestos cívicos y diplomáticos que buscaban fijar en el espacio urbano la relación entre Massachusetts y la ciudad de Matanzas.
En el caso matancero, la intervención estadounidense se expresó también en la ocupación visual y ceremonial del espacio público. Los desfiles, actos oficiales y dispositivos conmemorativos como la tarja del Paseo Martí formaron parte de ese repertorio. La inauguración del monumento y el programa festivo que la acompañó contribuyeron a articular un relato público de “amistad” y “cooperación” entre ambas repúblicas, en sintonía con iniciativas similares documentadas en Santiago de Cuba, El Caney y Siboney, tal y como fue formulado en los discursos y documentos de la época. Su desaparición se atribuye de manera contextual a los primeros años del proceso revolucionario (inicios de la década de 1960), en un marco más amplio de reordenamientos del paisaje monumental cubano. Sin embargo, no se ha localizado documentación municipal o administrativa que permita fechar o describir con precisión el retiro en Matanzas.
En línea con el marco conceptual empleado, el caso muestra que estos marcadores operan como “lugares de memoria” y como dispositivos inscritos en la producción social del espacio urbano. Por ello, su preservación, resignificación o eliminación se relaciona con cambios en regímenes de valor y en repertorios conmemorativos (Nora, 1989; Low, 2000, 2017; Riegl, 1982; Choay, 2001; Smith, 2006; Pérez y Ramiro, 2020). En ese sentido, la atribución contextual del retiro se discute sin trasladar causalidad mediante un paralelo comparativo controlado con la intervención del Monumento al USS Maine en La Habana, documentada para 1961 (Iglesias Utset, 2014). El caso matancero sugiere que el estudio de monumentos presentes, ausentes o alterados permite acceder a tensiones históricas en torno a soberanía, identidad y memoria en contextos poscoloniales, aun cuando el archivo conserve silencios sobre los mecanismos concretos de su desaparición.
Más allá de este caso particular, la historia de la tarja dedicada al Octavo Regimiento de Massachusetts se inserta en una problemática más amplia sobre la vida social de los monumentos. En las últimas décadas, la revisión, desplazamiento o desmantelamiento de estatuas y memoriales en diversos países ha reactivado debates sobre memoria pública, representación histórica y uso del espacio urbano. Aunque situado en otro momento histórico, el ejemplo de Matanzas contribuye a entender cómo estas disputas tienen antecedentes de larga duración y cómo las sociedades reordenan periódicamente sus dispositivos conmemorativos para ajustar la relación entre pasado, ciudad y memoria histórica.
A Ercilio Vento Canosa, historiador de la ciudad de Matanzas, y al conservador Leonel Pérez Orozco por compartirnos materiales para este estudio. Agradecemos igualmente a Alfredo Martínez por la revisión crítica y la discusión inicial del manuscrito. Extendemos nuestro reconocimiento a Anne Johnson y a Karen King, asistentes de la colección especial de la William & Mary Special Collections Library (Williamsburg, Virginia), por la digitalización y autorización para reproducir las fotografías inéditas utilizadas en este trabajo. Se agradecen igualmente las sugerencias, las sugerencias y correcciones de dos revisores anónimos que sin duda ayudaron a mejorar el alcance de este trabajo, y a Jorge Ulloa por el manejo editorial.
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