Ciencia y Sociedad, Vol. 47, No. 3, julio-septiembre, 2022 • ISSN (impreso): 0378-7680 • ISSN (en línea): 2613-8751 Sitio web: https://revistas.intec.edu.do/

SOBRE LAS PRIMERAS DEFENSAS DEL CARIBE HISPANO1

About the first defenses of the hispanic caribbean

DOI: https://doi.org/10.22206/cys.2022.v47i3.pp35-44

Universidad de Sevilla. España. ORCID: https://orcid.org/0000-0002-5539-1104 Correo-e: mgamez@us.es

Recibido: 19/6/2022 ● Aprobado: 8/7/2022

INTEC Jurnals - Open Access

Cómo citar:Gámez Casado, M. (2022). Sobre las primeras defensas del Caribe hispano. Ciencia y Sociedad, 47(3), 35–44. https://doi.org/10.22206/cys.2022.v47i3.pp35-44

Resumen

El presente ensayo pretende analizar el conjunto de fortificaciones construidas en el Caribe hispano desde la llegada de Cristóbal Colón hasta los años centrales del siglo xvi . Aunque los ejemplos son escasos si se comparan con los ejecutados en otras cronologías posteriores, se podrá comprender el grado de asimilación de las experiencias militares desde fines de la Edad Media, adaptadas a la orografía caribeña como forma de represión de las amenazas locales y extranjeras. Se ha utilizado una metodología deductiva para demostrar la hipótesis de que las defensas hispanas en el siglo xvi tuvieron un grado de desarrollo proporcional a las necesidades defensivas. En definitiva, el texto pretende revalorizar un patrimonio que en la actualidad presenta un notable deterioro debido a la superposición de otras estructuras en fechas más recientes y que han desvirtuado los antiguos proyectos. Esta aportación tiene como objetivo final reivindicar el papel de las primeras defensas españolas en el Caribe, en un periodo en el que se empezó a forjar la estrategia de protección en un espacio donde la geopolítica estuvo presente hasta el siglo xix.


Palabras clave:

Caribe; América; ingeniería.

Abstract

This text aims to analyze the set of fortifications built in the Hispanic Caribbean from the arrival of Christopher Columbus until the middle years of the 16th century. Although the examples are scarce when compared to those executed in other later chronologies, it will be posible to understand the degree of assimilation of the military experiences of the late middle ages, adapted to the Caribbean orography as a form of repression of local and foreign threats. A deductive methodology has been used to demonstrate the hypothesis that Hispanic defenses in the sixteenth century had a degree of development proportional to defensive needs. The text aims to revalue a heritage that currently shows a deterioration. The final objetive of this contribution is to vindicate the role of the first Spanish defenses in the Caribbean, in a period in which the protection strategy began to be forged in a space where geopolitics was present until the 19th century.


Keywords:

Caribbean; America; Engineering.

Introducción

Desde la organización de las primeras civilizaciones en tiempos históricos existió un interés entre las jerarquías sociales por establecer sistemas de defensa que protegiesen las principales ciudades del territorio de posibles amenazas. La invención de determinadas formas de ataque y la evolución del arte militar determinaron un desarrollo exponencial de los modos de defensa, que, si bien experimentaron un capital avance a partir del siglo xv con la aplicación de novedosas fórmulas artilleras, tuvo en los siglos sucesivos el asiento definitivo que facilitaría la construcción de las principales fortificaciones. A todo ello contribuyó decisivamente el imperio español, que desde finales del siglo xv experimentó una ampliación extraordinaria de sus dominios, requiriendo de una mejora en la adaptación de los sistemas defensivos, primero en el entorno del Mediterráneo y, a partir de 1492, en América.

Las posibilidades de análisis que ofrecen las primeras defensas construidas en el Caribe hispano son mínimas si se tiene en cuenta el escaso nivel de conservación de las fortificaciones. Las continuas remodelaciones y ampliaciones ejecutadas en los años sucesivos, sobre todo a partir del siglo xvi ii, redundó en una desaparición importante de las primeras estructuras. Esta circunstancia obliga a analizar estos modelos a partir de las fuentes primarias conservadas, entre las cuales destaca el notable número de planos trazados por los primeros ingenieros que arribaron a los territorios caribeños, que si bien en la mayor parte de los casos carecían de una formación docta en la disciplina del dibujo, sus propuestas son útiles por cuanto testimonian. Por consiguiente, en las siguientes líneas se pretende analizar las primeras construcciones defensivas del Caribe hispano, superando la falta de conservación de muchas estructuras originales y relacionando sus modelos con otros ejecutados al otro lado del Atlántico.

Ciudades, geografía y sociedades. Primeros asentamientos en tiempos colombinos

La presencia de los ingenieros militares en el Caribe desde las décadas centrales del siglo xvi demuestra las necesidades de organización que requería un territorio básico para el asentamiento de las rutas comerciales hispánicas. A ellos se debe el traslado de propuestas, modelos y referencias escritas que incentivaron el conocimiento que sobre este espacio se tenía en la península ibérica, sobre todo en un periodo donde los descubrimientos geográficos continuaban siendo la clave para el acopio de sectores productivos o estratégicos. Así, es bien sabido que la Corona española demostró un extraordinario interés por la expansión territorial en los inicios de la Edad Moderna. Desde la llegada del almirante Cristóbal Colón a San Salvador y tras su nombramiento como primer virrey de las Indias, la colonización y protección principiaron a ser una necesidad fundamental para la articulación del continente americano. No debieron ser fáciles los primeros años de la presencia española en el Caribe, sobre todo si se tiene en cuenta que desde pronto las demás potencias europeas siguieron la senda marcada por Colón, no respetando el monopolio de Castilla y dejándose atraer por el descubrimiento de nuevas rutas, circunstancia que derivó en la presencia de británicos y galos en el subcontinente norte desde fines del siglo xvi (Zaragoza, 1883, pp. 21-27).

De ello fue bien consciente el propio Cristóbal Colón, quien planteó la necesidad de establecer reductos de control y defensa durante sus primeros viajes para apaciguar posibles ofensivas o ataques locales. Como prueba de estos planteamientos baste citar las órdenes que emitió para edificar con los restos de la nao Santa María el llamado fuerte de la Navidad en la isla de La Española, al mando del cual dejó a una parte de la tripulación que le acompañaba durante su primer viaje (Ramos Gómez, 1991, pp. 45-50). Si bien este reducto presentaría una estructura primaria para nada comparable con las fortificaciones que se proyectarían en las décadas posteriores, puede servir como ejemplo del interés mostrado por las autoridades castellanas por establecer puntos de defensa desde fechas bien tempranas. Sin embargo, no se debe olvidar que el almirante, durante su segundo viaje por el Caribe, pudo comprobar de primera mano cómo el fuerte no había resistido a un asalto, demostrando el estado perecedero de sus materiales. Fue este, por consiguiente, el inicio de una estrategia de control geopolítico que se adelantaba a los intereses generados por la defensa del Caribe en tiempos de Felipe ii2.

Por encima de estas pretensiones mostradas desde pronto por la Corona hispana, sobrevolaba una posibilidad continua de ataque por parte de las poblaciones locales. Las sociedades indígenas presentes en el Caribe se agolparon en determinados espacios en los que lograron atrincherarse, resistiendo a las posibles incursiones de marinos españoles y suponiendo todo un desafío para la unificación del territorio. De hecho, esta realidad nunca pudo ser superada, de manera que todavía en fechas próximas a las primeras independencias existían poblaciones subversivas que se escapaban del dominio territorial y con las que se llegaron a entablar relaciones diplomáticas. El imperio español tuvo en estos grupos un rival directo que impedía el control de ciertas regiones, no siendo hasta el reinado de Carlos iii cuando se decidió variar la estrategia de convivencia por un control más severo de los nativos. Poblaciones como los taínos, los emberá o los cuna ya se mostraron reacias a ciertas exigencias, en una actitud que no varió en demasía durante los siglos sucesivos3.

Las tensiones con las poblaciones locales también dificultaron las estrategias de expansión por el Caribe. Es evidente que los intereses españoles residían en la posibilidad de encontrar el paso al supuesto mar del sur descrito en las crónicas. Este hecho marcó los sucesivos viajes del almirante, quien, acompañado por personajes de muy diversa extracción, centró sus esfuerzos en navegar entre las Antillas y el sur del Caribe, dando lugar a una serie de episodios y logros que resultaron fundamentales para el devenir de América4. Destacados navegantes y conquistadores surgieron en este momento, como el hijodalgo Alonso de Ojeda, quien recorrió las costas de Guayana, Aruba, Curaçao, Trinidad, Colombia y Venezuela tanteando a los líderes tribales y resultando en la muerte del famoso cartógrafo a manos de los indios caribes de Turbaco (Parry, 1964, pp. 230-235)5. Quizás más comprometida fue la causa de Juan de la Cosa, socio de Américo Vespucio y descubridor del golfo del Darién. Este marino castellano se internó en un área de extrema dificultad geográfica y social al convivir con las tribus más belicosas del Caribe (Romero Fernández, 1986, pp. 4-14)6. De igual relevancia fue la aparición de Rodrigo de Bastidas, fundador de la ciudad de Santa Marta quien, acompañando a Colón durante su cuarto viaje, propició el control de la que a la postre sería la región más importante del Caribe hispano (Mena García, 2012, pp. 391-418).

Con la muerte de Cristóbal Colón en 1506 y tras comprobarse el error geográfico que le llevó a pensar que estaba en las indias orientales, se inició un periodo de conquista de las islas que jalonaban el mar Caribe. Todo ello sin olvidar los problemas relativos al descubrimiento del ansiado paso y a la pacificación de las tribus que poblaban dicho mar. Precisamente, con la intención de integrar a las poblaciones locales se fundaron las primeras ciudades continentales, ya que, si Ojeda hizo lo propio con Santa María la Antigua del Darién, no menor importancia tuvo el establecimiento de Nuevo Cádiz en el entorno de isla Margarita (Restrepo Posada, 1967, pp. 11-17). Aunque la vida de estas ciudades quedó ensombrecida tras la fundación de Panamá en 1519 por Pedrarias Dávila, que centró el interés político y social del Caribe meridional, sí debe reconocerse la importancia de estas primeras fundaciones para el control de la población7.

El acontecimiento que culminó esta oleada de descubrimientos fue el de Vasco Núñez de Balboa al alcanzar el océano Pacífico, lo que supuso lograr el ansiado paso que tantos desvelos había producido en los descubridores desde los primeros viajes por el Caribe. Con la fundación en los años sucesivos de ciudades como Nombre de Dios, Coro o Puerto Cabello se avanzaba en el dominio de la compleja geografía caribeña, consumando la conquista de un vasto territorio cuyo devenir histórico vino marcado por la constante amenaza de ataques enemigos. No fue hasta la firma de las Capitulaciones de Medina del Campo en agosto de 1532 cuando se aprobó la conquista del sector situado entre los ríos Magdalena y Atrato, circunstancia que le otorgó al madrileño Pedro de Heredia la gobernación de Cartagena de Indias. Tan solo un año después entraría en la bahía ocupada por los indios de Calamari, fundando la que sería la ciudad más importante del Caribe sur (Serrano Sanz, 1916, p. 6). Por último, Antonio de Chávez creará en 1536 la población guajira de Nuestra Señora de las Nieves, germen de la ciudad de Riohacha, con la intención de solventar los problemas generados por los indios del río Ranchería (Polo Acuña, 1998, pp. 33-48).

En la fundación de estas primeras ciudades se puede encontrar un componente geográfico común, pues fueron concebidas al fondo de grandes bahías de bolsa que actuaban como primera barrera de protección. Es evidente que la localización de estas ciudades obedecía al interés de los conquistadores por aislar sus puertos de posibles amenazas enemigas. De este modo, el hallazgo de una serie de bahías de escasa profundidad determinaba que el calado de los barcos que podían acceder fuese limitado y que mejorase el resguardo de estos puertos, lo que demuestra que estas fundaciones no eran producto del azar. Es más, bahías como la de Cartagena de Indias se caracterizan por su compleja configuración, al estar interrumpida por una isla central llamada Tierra Bomba que divide el acceso por dos canales, lo que restringe aún más el paso al puerto.

Finalmente, un capítulo trascendental para la conformación del Caribe durante el siglo xvi lo constituye la evangelización de los pueblos nativos o, en palabras de Morales Padrón, la conquista de las “Indias del cielo” (Morales Padrón, 1972, p. 100). La llegada de los franciscanos supuso un incentivo para la venida de otros religiosos que se ocuparían de la cristianización de los indios. Dominicos, agustinos y, con posterioridad, mercedarios arribaron a las costas americanas para desempeñar una tarea misionera apoyada por el Estado, en un permanente vínculo con la Iglesia como institución fundamental dentro del Antiguo Régimen8. En las regiones meridionales del Caribe proliferaron las llamadas reducciones, grupos integrados por indios agrupados hasta formar una comunidad más numerosa, liderada por un religioso. Significativas fueron las organizadas en el Darién o en Cumaná con la intención de evangelizar a las tribus nativas.

Estrategias y controles. De las primeras fundaciones y sus defensas

Los descubrimientos y fundaciones citados incrementaron el valor estratégico del Caribe desde los inicios del siglo xvi , condicionando el devenir político y administrativo de sus puertos, reconocidos como un espacio de tránsito entre los subcontinentes. Esta circunstancia obligaba a cuidar la protección y el control de sus ciudades ante los peligros extranjeros, representados en un primer momento en piratas que amenazaban los intereses del imperio español. La piratería fue un fenómeno perjudicial para la consolidación de las rutas comerciales caribeñas, pues desde los primeros robos ejecutados por Jean Florin en 1521, quien se apoderó del tesoro de Moctezuma, que Hernán Cortés remitió al emperador Carlos V, otros personajes con similares intereses y también de procedencia francesa afectaron al tráfico marítimo en el Caribe durante el siglo xvi (Morales, 2019, pp. 206-207). La consolidación en 1564 de dos grandes rutas con destino a Nueva España y Tierra Firme aseguradas por guardacostas facilitó el traslado de mercancías, las cuales se agolpaban en La Habana para partir rumbo a Sevilla9. Este sistema hizo de ciudades como Cartagena, Portobelo o Veracruz puntos de referencia comercial que exigían la construcción de sistemas defensivos, reclamándose el diseño de proyectos exclusivos para la construcción de las primitivas fortificaciones que protegerían sus puertos (Zapatero, 1979).

Estas pioneras defensas partían de modelos medievales que fueron adaptados a la orografía americana con escasa novedad. La aparente improvisación con la que se diseñaron las primeras fortificaciones americanas hizo que se adaptasen las estructuras construidas en Europa a fines del siglo xvi al Caribe, sin tener en cuenta su compleja orografía o la variedad de materiales. En relación a los modelos, la mayor parte de estas fortificaciones eran torreones dispuestos en puntos estratégicos de los puertos, asegurando la descarga o el acopio de mercancías y evitando posibles incursiones de piratas. Esta disposición debió ser la que tuvo la llamada Fortaleza de Santo Domingo, considerada como una de las primeras fortificaciones permanentes construidas en las Antillas Mayores, pues fue finalizada en 1507 (Ugarte, 2011) (figura 1). Conservada en la actualidad, a pesar de una serie de reformas en fechas recientes, esta fortaleza, iniciada en tiempos del gobernador Nicolás Ovando, parte de una serie de principios defensivos de tradición medieval, en los que la utilización de volúmenes cúbicos a diferentes alturas y rematados por almenas recuerdan a los castillos construidos en Europa durante los siglos xiv y xv. De entre todas las partes, la torre del homenaje conforma el espacio de mayor envergadura, destacando en altura por encima de las otras estancias y constituyendo un espacio centralizador de la defensa. En una estructura tan primitiva, cabe destacar el cierre absoluto de sus muros, en los cuales únicamente se abren pequeñas saeteras que contrastan con las modernas fortificaciones construidas en los siglos posteriores. También en La Española, y al parecer bajos las órdenes del propio Cristóbal Colón, se construiría a finales del siglo xv el fuerte de la Concepción en La Vega Vieja, considerada una de las primeras fortificaciones hispanas en el Caribe (Kulstad, 2016). Si bien su mal estado de conservación impide reconocer parte de su estructura original, se advierte en la disposición de sus volúmenes cuadrangulares un recuerdo de los modelos medievales difundidos por Europa, tenidos en cuenta por los primeros constructores que se enfrentaban al complejo reto de proteger las primeras fundaciones hispanas al otro lado del Atlántico.

La lectura de las crónicas nos permite saber que Hernán Cortés mandó a edificar un reducto defensivo en 1519 en la primitiva Villa Rica de Veracruz (Lerdo de Tejada, 1850, pp. 112-114). Las escasas referencias documentales sobre este enclave obligan a pensar que, en realidad, se tratase de un asentamiento castrense en el que para nada se llegaron a edificar fortificaciones, pues el sistema defensivo consistiría únicamente en la instalación de empalizadas u otros elementos de campaña. Más tarde, Cortés fundaría la definitiva Villa Rica de Veracruz en el emplazamiento definitivo, cuyas primitivas defensas nos son bien conocidas gracias a las crónicas de Bernal Díaz del Castillo. El militar castellano recogió que en Veracruz se construyó una fortaleza conformada por diferentes volúmenes equipados con troneras y rodeados por barbacanas que aseguraban el entorno del edificio (Díaz del Castillo, 1933, pp. 88-89). Del mismo modo, Díaz del Castillo describió con minuciosidad el método de trabajo empleado para la construcción del fuerte, en el que participaron todos los milicianos presentes en la zona para cimentar y construir la estructura. Como consecuencia, se construyó la primera fortificación de fábrica de Nueva España, aunque se rematase con algunos elementos en madera, por ejemplo, traviesas o ensamblajes. De hecho, una hipótesis destacable es que algunas técnicas constructivas tuviesen cierta influencia de los modelos indígenas americanos, tales como el empleo de estacas fijas que protegían a la milicia de las flechas enemigas (Gutiérrez, 2005, pp. 79-89). En cualquier caso, esta fortificación primitiva, de la que apenas se conservan restos, debe entenderse como un antecedente necesario de las imponentes arquitecturas militares que se construirían en este sector durante las décadas siguientes (Calderón Quijano, 1984, pp. 3-5). De hecho, a diferencia de lo que ocurrirá a partir de mediados del siglo xvi , este reducto todavía tenía como finalidad la defensa contra los propios indígenas, resultando una estructura sencilla en lo que fue un primer acercamiento en la adaptación de los modelos militares en América.

El primer reducto de notable importancia de cuantos se construyeron en el entorno caribeño debió ser la Torre Vieja de San Juan de Ulúa, mandada a construir en tiempos del gobernador y futuro virrey Antonio de Mendoza y Pacheco, quien, siguiendo los mandatos del emperador, propuso la edificación de una fortificación que asegurase la llegada de los barcos al puerto veracruzano. Según indican varias crónicas ya conocidas, la torre se debió construir con paredes de mampostería a una altura suficiente como para convertirse en el punto más alto del puerto. De hecho, parece que la torre fue defendida por un primitivo revellín en el que se instaló la artillería, lo que supone el primer testimonio documentado que recoge el empleo de un elemento fortificado exterior en las defensas del Caribe.

También relacionable con estas primitivas fortificaciones debió ser la fortaleza de Santa Catalina de San Juan de Puerto Rico, destinada a evitar posibles desembarcos enemigos en la bahía. Aunque no fue construida hasta 1533, momento en el que Carlos V aprobó su presupuesto, desde varios años antes se pensó en la posibilidad de incluir un reducto en un punto estratégico para el control de la isla. Esta primitiva fortificación presentaba una planta cuadrada en torno a un patio central, construyéndose en cantería y reforzándose con caminos de ronda y torreones de recuerdos medievales, que más tarde se convertirían en almacenes de municiones y pertrechos de guerra. El edificio sufrió importantes reformas en las décadas sucesivas, hasta convertirse en sede de la Capitanía General de Puerto Rico a mediados del siglo xvii, desvirtuándose el espacio original del que tan solo se conservan escasos restos (Hinarejos Martín, 2020, pp. 52-53) (figura 2).

Finalmente, dentro del conjunto de fortificaciones construidas en las décadas iniciales del siglo xvi se debe incluir la llamada Fuerza Vieja como una de las primeras fortificaciones construidas en La Habana. Edificada tras el asalto a la flota en 1537 y protagonista de las primeras ofensivas francesas al puerto habanero, su construcción enlaza con la proyección de la muralla de la propia ciudad, cuya ejecución se retrasaría hasta el siglo xvii. La construcción de la Real Fuerza de La Habana a partir de 1558 debe considerarse como el momento culminante dentro de estos primeros proyectos de defensa en el Caribe, pues en su estructura se dejaron atrás los recuerdos medievales para producir un cierto avance hacia fórmulas modernas, en las que el baluarte y la traza geométrica fueron protagonistas indiscutibles en la proyección de estos espacios. Sin duda, se iniciaba un proceso de adaptación de las fórmulas abaluartadas bien conocidas en la Europa de principios del siglo xvi , al entenderse el baluarte como el elemento básico en la articulación de las fortificaciones por su resistencia a los envites de las novedosas técnicas artilleras. Prueba de todo ello es que el proyecto fue diseñado por Bartolomé Sánchez, un militar vinculado a las normas ingenieriles surgidas en Europa por estos años, siendo el artífice de la primera fortificación en la que se adaptan los principios abaluartados con total claridad.

Conclusiones

El análisis del conjunto de fortificaciones construidas desde la llegada de Cristóbal Colón hasta la primera mitad del siglo xvi permite comprender la adaptación de varios principios defensivos a las necesidades locales. Se ha podido comprobar cómo las amenazas enemigas variaron conforme se asentaban las primeras fundaciones hispanas en el Caribe, pues el punto de mira pasó de posarse en los enemigos locales, tales como tribus indígenas, a las potencias europeas que paulatinamente iban conformando el llamado teatro bélico caribeño. Esta variedad de amenazas obligó a construir reductos en un tiempo record para asegurar los principales puertos de la ruta comercial abierta en el mar Caribe, convertido desde los inicios del siglo xvi en una auténtica red de intercambio de mercancías de las que dependían las riquezas de la Corona hispana.

El avance de las técnicas artilleras y el perfeccionamiento de las estrategias de ataque de los enemigos obligaron a modificar rápidamente muchas de las fortificaciones analizadas en las líneas anteriores. En este sentido, cabe destacar la presencia en el Caribe de ingenieros militares altamente formados a paritir de reinado de Felipe ii, momento en el que personajes como Bautista Antonelli o Tiburzio Spannochi se preocuparon de trazar sistemas defensivos homogéneos que protegiesen los puertos españoles, siendo a partir de 1569 cuando se emitan los primeros informes sobre el conjunto de fortificaciones del imperio español. En estos documentos se le otorga ya una importancia destacada a los reductos caribeños, que se irán ampliando sucesivamente hasta alcanzar estructuras de gran tamaño y eficacia reconocida en los años de tránsitos entre los siglos xvi y xvii. No podía ser de otra manera a sabiendas de la continua amenaza de las flotas francesa, holandesa e inglesa, reconocida en los ataques de sir Francis Drake a las costas caribeñas dentro de la llamada Guerra anglo-española.

En definitiva, el análisis de las primeras defensas españolas construidas en el Caribe permite poner en relación una serie de características comunes que demuestran la dependencia de estas estructuras a las fórmulas medievales todavía vigentes en Europa. Sin embargo, los primitivos castillos y torreones construidos desde la llegada de las primeras expediciones colombinas deben entenderse como un antecedente necesario de los grandes sistemas defensivos que se empezaron a construir a partir de la segunda mitad del siglo xvi , adaptándose con posterioridad a los avances en materia de artillería y poliorcética que concluyeron con la llegada de destacados ingenieros militares ya a partir del siglo xviii

Notas

  1. El presente trabajo se inscribe en el desarrollo del proyecto “Modelos de fortificación para la defensa del Caribe occidental (1763-1825)”. PY20_00093. Plan PAIDI 2020, Gobierno de la Junta de Andalucía, España.
  2. Sobre este asunto, puede consultarse Serrera (2011, pp. 89-107). 
  3. Al respecto, consúltese Vargas Sarmiento (1993). 
  4. Para conocer más sobre este particular, resulta interesante la lectura de los diarios escritos por el almirante. Asimismo, debe consultarse el estudio publicado por Fernández de Navarrete (1999) y Gil Fernández (2017). 
  5. Sobre la población indígena que habitó en el litoral meridional del Caribe desde los inicios de la conquista hasta el momento presente existe un completo estudio debido a Rosenblat (1945). Más información acerca del conquense Alonso de Ojeda aportaron: Ojeda (1959; pp. 83-91); Hernández Baño (1985); y más recientemente, Paredes Ferrer (2006). 
  6. Numerosas han sido las aportaciones que han analizado el plano trazado por el descubridor cántabro sobre el Nuevo Mundo, conservado en el Museo Naval de Madrid. Sobre este particular, consúltese Comellas (1992) y Valera Marcos (2011). 
  7. Más información sobre este asunto aportó Castillero Calvo (2017). La principal monografía que ha analizado la vida del fundador de la capital panameña se debe a Mena García (1992).
  8. Las principales y más completas monografías que han estudiado el papel desempeñado por la Iglesia en el proceso de conquista americano se deben a Ybot León (1954) y Lopetegui y Zubillaga (1965). 
  9. Resulta importante recordar que el puerto caribeño original se fundó en la ciudad de Nombre de Dios, destruida por Drake en 1596. Al año siguiente se fundaría Portobelo, tras una serie de proyectos de traslados bien estudiados por la historiografía. Al respecto, consúltese Mena García (2000, pp. 77-96).

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