Ciencia y Sociedad, Vol. 45, No. 2, abril-junio, 2020 • ISSN (impreso): 0378-7680 • ISSN (en línea): 2613-8751 xxxxx • Sitio web: https://revistas.intec.edu.do/

RETOS EPISTEMOLÓGICOS DEL TRABAJO SOCIAL: INDICIOS DE ALTERNATIVAS AL PARADIGMA MODERNO DE BIENESTAR SOCIAL

Epistemological challenges of Social Work: traces for alternatives to the modern social welfare paradigm

DOI: https://doi.org/10.22206/cys.2020.v45i2.pp35-47

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*Profesora de tiempo completo, Universidad Autónoma de Coahuila, México. ORCID: 0000-0003-1180-842X. Correo-e: mari68mx@yahoo.com.mx

**Profesora de tiempo completo, Universidad Autónoma de Coahuila, México. ORCID: 0000-0003-0903-5915. Correo-e: carrillo_paty@outlook.com

***Profesora de tiempo completo, Universidad Autónoma de Coahuila, México. ORCID: 0000-0002-4898-4104. Correo-e: idalia_uac@hotmail.com

Recibido: Aprobado:

INTEC Jurnals - Open Access

Cómo citar: Guzmán Cáceres, M., Carrillo Gómez, K. P., & Vázquez Sánchez, I. (2020). Retos epistemológicos del Trabajo Social: indicios de alternativas al paradigma moderno de bienestar social. Ciencia y Sociedad, 45(2), 35-47. Doi: https://doi.org/10.22206/cys.2020.v45i2.pp35-47

Resumen

En el marco de la sociedad postindustrial y la reconfiguración del Estado de Bienestar, el Trabajo Social como disciplina y práctica científica encara los retos de mediatizar las relaciones entre el Estado, el mercado y la sociedad. Ello amerita repasar los fundamentos epistemológicos de esta disciplina, de ahí que el objetivo principal del artículo sea reflexionar respecto a sus especificidades en el marco del paradigma interdisciplinario y la división sociotécnica del trabajo. Se siguió un método sintético bajo un paradigma constructivista y se emplearon recursos bibliográficos. Se argumenta que la teorización en Trabajo Social es una necesidad ante la búsqueda de asideros existenciales para afrontar la falta de certezas derivada de la crisis de los metarrelatos de la modernidad y las contradicciones internas del Estado de Bienestar. Se concluye que el Trabajo Social como disciplina encuentra una veta potencial en la indagación de epistemologías alternativas al paradigma occidental, en particular aquellas vinculadas al buen vivir, en tanto que complementan la búsqueda de bienestar y calidad de vida ligadas al ejercicio de intervención del trabajo social, en función de su vocación emancipadora.


Palabras clave:

epistemología; interdisciplina; trabajo social; intervención; buen vivir.

Abstract

In the framework of the post-industrial society and the reconfiguration of the Welfare State, Social Work as a discipline and scientific practice faces the challenges of mediating relations between the State, the market and society. This merits reviewing the epistemological foundations of this discipline, hence the main objective of the article is to reflect on its specificities within the framework of the interdisciplinary paradigm and the sociotechnical division of labor. A synthetic method was followed under a constructivist paradigm and bibliographic resources were used. It is argued that theorizing in Social Work is a necessity in the face of the search for existential supports to face the lack of certainties derived from the meta-narrative crisis of modernity and the internal contradictions of the Welfare State. It is concluded that Social Work as discipline finds a potential streak in the investigation of alternative epistemologies to the western paradigm, in particular those linked to good living, while complementing the search for well-being and quality of life linked to the exercise of intervention in social work, based on its emancipatory vocation.


Keywords:

Epistemology; interdiscipline; social work; intervention; good living.

Introducción

El presente artículo muestra la discusión epistemológica en torno al Trabajo Social como disciplina científica y sus retos como campo problemático en la producción de conocimiento y la intervención social. Esta discusión tiene el fin de plantear la pertinencia de incorporar los aportes de las epistemologías del sur a la vocación emancipadora del trabajo social. En la elaboración de esta investigación se siguió un método sintético bajo un paradigma constructivista y se emplearon recursos bibliográficos (Dalle, Boniolo, Sautu y Elbert, 2005; Gómez, 2012). A su vez, se empleó una perspectiva hermenéutica en la que se analizó e interpretó el debate teórico-epistemológico para integrarlo en un análisis complejo, con el fin de plantear nuevas interrogantes. 

Las ciencias explicativas y las ciencias comprensivas: entre dos tradiciones epistemológicas

La distinción entre ciencias explicativas y comprensivas planteada por Dilthey (1980) para referirse al objeto de las ciencias de la naturaleza, que operan mediante un método empírico-analítico, y las del espíritu, que recurren a un método histórico-hermenéutico, respectivamente, fue cuestionada por Weber (1993) mediante la categoría de “explicación comprensiva”, según la cual, dicha distinción implicaba una separación tajante entre una y otra de acuerdo a un sesgo psicologista. Este debate ha sido discutido entre otros autores por Apel (1985), quien propone la posibilidad de mediación entre ambas. No solo sostiene la simultánea distinción y mediación entre estas categorías, sino que en términos gnoseológicos dicha distinción resulta pertinente. Asimismo, esta complementariedad es metodológicamente necesaria en las ciencias ya que responden a lo que el autor llama “intereses cognoscitivos constitutivos del sentido” (p. 97). Así, las ciencias sociales se ocupan de aquellas regularidades que son históricamente contingentes. Si bien esto no excluye para Apel la posibilidad de una ciencia social explicativa cuasi-nomológica, la distinción planteada por Dilthey permite identificar dos polos o tipos ideales en la construcción del conocimiento, que van de la comprensión puramente hermenéutica a la explicación comprensiva, sin que estas sean antagónicas o mutuamente excluyentes, sino que atienden a los distintos intereses internos en la construcción del conocimiento que competen a las diversas investigaciones.

El aporte de Marx (1973) a esta distinción de tradiciones epistemológicas en su Tesis sobre Feuerbach radica en señalar la vocación emancipadora que corresponde adoptar a las ciencias sociales y que, en particular, el Trabajo Social se propone abordar. No obstante, para entender el entramado ontológico, epistémico y teórico en el que la disciplina del Trabajo Social se encuentra inmersa, conviene hacer un breve recorrido por los sustentos de ambos paradigmas.

La corriente aristotélica surgió como una respuesta al cuestionamiento de los sofistas griegos sobre la posibilidad de lograr un conocimiento fiable y objetivo. Aristóteles, siguiendo a su maestro Platón, sostenía que el razonamiento filosófico abstracto es capaz de proporcionar un conocimiento verdadero, que requiere de un método para ser alcanzado. Aristóteles sostenía que casi todo el conocimiento se deriva de la experiencia, y se adquiere ya sea por vía directa, con la abstracción de los rasgos que definen a una especie, o de forma indirecta, deduciendo nuevos datos de aquellos ya sabidos, de acuerdo con las reglas de la lógica. Para Aristóteles, el proceso que lleva al conocimiento científico inicia con la observación, pero la explicación científica solo se consigue cuando se logra “dar razones” de esos hechos o fenómenos. Aristóteles exigía explicaciones teleológicas, que aclarasen “con el fin de qué” ocurrían los fenómenos, él buscaba la explicación finalista o última, queriendo encontrar qué hay detrás de todos los fenómenos, tratando de comprenderlos (Mardones y Urzúa, 2003).

Cabe señalar que en el pensamiento aristotélico la epistemología como teoría del conocimiento permanece en la esfera metafísica. Es a partir de la obra de Locke, An essay concerning human understanding de 1690, que la cuestión por los fundamentos y la certeza del conocimiento humano adquiere una mayor sistematicidad. A su vez, con la obra de Kant adquiere un sentido propiamente epistemológico cuando se pregunta no ya por los orígenes del conocimiento sino por cómo es posible el conocimiento y cuáles son sus fundamentos, esto es lo que define al método trascendental de Kant (Hessen, 1975).

Por su parte, la tradición galileana tiene sus antecedentes en la publicación en 1543 de De revolutionibus orbium coelestium de Copérnico, en donde se cuestiona el geocentrismo de Ptolomeo. La trascendencia de la obra de Copérnico radica en que sacudió los fundamentos de la concepción antropocéntrica del mundo ya que ello implicaba que el ser humano no era el centro del universo. Esta obra sentó el precedente para Discorsi e dimostrazioni matematiche, intorno à due nuove scienze de Galileo, publicados en 1638, cuando se establece como método la observación y la experimentación, y se concibe al mundo como un objeto susceptible de ser manipulado, dominado y controlado, para que sea útil en la satisfacción de las necesidades de los seres humanos (Mardones y Urzúa, 2003). Dicho método experimental falible que caracteriza desde Galileo al método científico sentó las bases del paradigma neopositivista (Kisnerman, 1997).

Heredero de la tradición galileana, el positivismo es un paradigma epistemológico, metodológico y político que tiene como antecedente a Augusto Comte, autor del Curso de filosofía positiva, el cual pretendió distinguir de un modo tajante, la frontera entre lo que se denomina “ciencia” y “filosofía” (Gutiérrez, 1998). Siguiendo esta tradición epistémica, en la década de 1930 se desarrolló con el nombre de “positivismo lógico” una línea de pensamiento que fue determinante para el desarrollo del “método científico”, que hasta el día de hoy sigue siendo dominante, sobre todo en las ciencias naturales. Sus presupuestos más característicos son: el monismo metodológico, el modelo o canon de las ciencias naturales exactas, la explicación causal o Erklären como característica de la explicación científica y el interés dominador del conocimiento positivista que, a través de la razón instrumental, justifica la apropiación de todo tipo de recursos mediante el desarrollo científico tecnológico (Mardones y Urzúa, 2003).

Una corriente derivada del positivismo lógico, cuya pretensión es mejorarlo, es el denominado postpositivismo, cuyo principal exponente es el filósofo austriaco Karl Popper, quien propone el falsacionismo como un presupuesto falibilista de nuestros alegatos en torno a la verdad, el cual consiste en la contrastación empírica de las hipótesis, buscando sus errores. Así, las mejores teorías son aquellas que tienen un mayor contenido empírico, es decir, una mayor testabilidad. Este criterio de falsación es el que le permite a Popper establecer la demarcación entre la ciencia y la no ciencia (Popper, 1989). A los desarrollos epistémicos positivistas y postpositivistas se les agrupa en la corriente denominada objetivismo, que plantea que la realidad objetiva existe dentro del objeto y es independiente del sujeto (Moon y Blackman, 2014). Sin embargo, una de las implicaciones de este modelo es la consecuente despolitización del quehacer científico al segmentar las disciplinas y sus ámbitos de estudio, en el caso de la economía y la política, al concebirlos como espacios neutrales e invisibilizando las relaciones de poder que las vinculan. De ahí que el positivismo se configure como la racionalidad hegemónica del orden burgués (Montaño, 2000, p. 112).

A la par del desarrollo del positivismo lógico y el postpositivismo, en el siglo xx surgieron otras corrientes epistémicas de corte subjetivista, holísticas e indeterministas, que recuperaron la perspectiva comprensiva de la tradición aristotélica. Estas corrientes se opusieron a los condicionamientos positivistas, presentando una alternativa para las ciencias sociales que no encajaban del todo en ese estrecho marco (Harman, 2000). Se trata del construccionismo, que plantea que el significado se crea por la interacción entre el sujeto, y el objeto, en donde los sujetos son quienes construyen la realidad del objeto. A su vez, el subjetivismo señala que el significado existe dentro del sujeto y son estos quienes imponen el significado al objeto (Moon y Blackman, 2014).

Derivado de estas tres maneras de concebir la relación entre sujeto, objeto y conocimiento (objetivista, construccionista y subjetivista), surgen distintas perspectivas teóricas que buscan contribuir al conocimiento a través de diferentes vías, ya sea al predecir, comprender, deconstruir o emancipar. La búsqueda de estas vías de construir el conocimiento es lo que define la contradicción entre las corrientes adheridas al positivismo, por un lado, y las construccionistas y subjetivistas, por el otro, que configuran el estudio de las ciencias del espíritu (Dilthey, 1980; Gadamer, 1993) de acuerdo a un método que asimila la contingencia de su sujeto-objeto de estudio, y lejos de buscar una ley general del mismo, se dedica a comprender su devenir histórico.

La especificidad epistémica y ontológica del trabajo social

Ubicada dentro del espectro de las ciencias comprensivas/del espíritu, el Trabajo Social como disciplina científica se adhiere al estudio de las regularidades históricas contingentes a través de un método histórico-hermenéutico. A su vez, posee una particular especificidad en cuanto a su identidad como disciplina dentro del espectro de las ciencias sociales. Ya Boris Lima (1983) advirtió al respecto que el excesivo énfasis en la concepción pragmático-tecnológica del trabajo social soslayó la reflexión epistemológica dentro de la disciplina. Bajo dicha orientación, el trabajo social se configuró más que como un productor de conocimientos como un consumidor de los mismos (Mosquera, 2006). Lorente y Luxardo (2018) identifican aristas clave de este problema particular a la especificidad de esta ciencia, marcada por una tendencia a la subordinación a otras ciencias sociales y una sobre especialización en la intervención comunitaria. Uno de los métodos para zanjar la cuestión de la especificidad del trabajo social fue el realismo crítico, como alternativa al modelo hegemónico del positivismo lógico, que marcó a la disciplina a partir de la Conferencia Nacional de Trabajo Social de 1949 en los Estados Unidos, para así conciliar la antinomia entre teoría y práctica que caracteriza al campo del Trabajo Social.

En términos de la división sociotécnica del trabajo, la categorización del trabajo social como una semiprofesión, que se mantiene en un intersticio entre un oficio técnico y una profesión propiamente, se debe en parte al estatus de feminización de la profesión que la caracteriza, junto a otras semiprofesiones como la enfermería o la docencia (Lorente y Luxardo, 2018). Dicho estatus da cuenta de la subalternización de la mujer en ciertos campos disciplinares, y en particular en el ámbito de las tareas de cuidado, así como de la concepción positivista detrás de la antinomia teoría/intervención que caracterizaría al trabajo social. En ese sentido, uno de los temas recurrentes cuando se abordan los fundamentos del Trabajo Social en tanto disciplina, es la puesta en tela de juicio de su “cientificidad”, debido en parte a su historia, que está asociada a la “asistencia a la comunidad” (Torres, 1987 p. 28). Según este sesgo, adquirir una “concientización social” sería suficiente para desempeñar las labores del trabajo social. Esta es una concepción que basa la pretendida especificidad de la disciplina en la relación que entabla mediante la intervención con un tipo de sujeto de acuerdo a un vínculo que se podría identificar como “vínculo profesional-pueblo” (Montaño, 2000, p. 131). Sin embargo, tal vínculo no es exclusivo del profesional de Trabajo Social, sino que es una práctica que responde a diferentes disciplinas.

El dilema por la normalización científica del Trabajo Social es identificado por Lorente y Luxardo (2018) como una “depuración epistemológica” (p. 101), misma que se deriva de la lógica jerarquizante de la compartimentación disciplinaria y de la división sociotécnica del trabajo. En el caso particular del trabajo social, se advierte una marcada heteronomía con respecto a disciplinas más consolidadas, misma que se reproduce a nivel académico-profesional y da lugar a un fenómeno de subordinación y transferencia de los conocimientos producidos dentro del campo del trabajo social que se resignifican bajo el campo de otras disciplinas. La profundización de este proceso sería uno de los vectores que demoran la consolidación disciplinar y científica del campo del trabajo social. Uno de los argumentos subyacentes a esta lógica responde a la definición de Bourdieu (2009) acerca de los campos disciplinares, en donde una menor autonomía deriva en una crisis de consolidación del campo, como sucedería en el caso del Trabajo Social.

Para ubicar la naturaleza del trabajo social, recurramos a la ontología, entendida como el estudio de lo que hay, el fin último de las cosas, que busca en primer término, señalar las características de lo que es, de lo que existe, y en segundo término puntualizar cuáles son las características más generales de tal objeto y cómo se dan las relaciones de este objeto con otros (Hofweber, 2018). Una pregunta ontológica básica sería: ¿existe o no el trabajo social como disciplina científica? Y si existe, ¿qué características generales tiene y cómo se relaciona con otras ciencias? 

Cabe señalar en primer lugar que, desde un enfoque ontológico, no hay profesiones científicas per se, sino “prácticas científicas” que se ejercen desde la interdisciplinariedad, ya que no hay un vínculo directo entre una ciencia y una profesión determinada. Es preciso señalar que la supuesta especificidad de las disciplinas científicas es un postulado derivado del positivismo como racionalidad hegemónica del orden burgués que compartimenta la complejidad de la realidad. Derivado de esta racionalidad positivista se concibe una supuesta separación entre la ciencia y la técnica, por un lado, y entre esferas autonomizadas de la realidad, por otro (Montaño, 2000, p. 141).

Una de las características del trabajo social, es que sus referentes teóricos provienen de distintas disciplinas científicas, entre ellas, la psicología, la filosofía e incluso teorías espirituales postmodernas (Schreiber, 2012) y epistemologías cristianas (Wolfer y Hodge, 2007), las cuales nutren el corpus teórico y metodológico de la disciplina. No obstante, esto es propio de la interdisciplinariedad que caracteriza a las ciencias sociales. Si bien cada profesión es pertinente dentro de la división sociotécnica del trabajo en la medida en que sea capaz de identificar problemáticas y plantear soluciones para abordarlas, también le corresponde al científico social imbuido de una ética emancipadora reconocer las implicaciones de la súperespecialización de la división del trabajo que se profundiza en el capitalismo. Dentro de esta especialización, la labor del trabajador social se ha caracterizado como la de un profesional que ejerce una “tecnología social” distinguida por la prestación de servicios sociales (Iamamoto, 1992, p. 104).

Como se señaló anteriormente, asumir que la intervención en casos particulares es característica de la especificidad del trabajo social significa legitimar la separación entre ciencia y técnica y entre esferas de la realidad del positivismo. En cambio, resulta pertinente reconocer la historicidad del sujeto-objeto de estudio del trabajo social y delimitarlo como totalidad admitiendo su complejidad. Además, el trabajo social no se limita a la intervención como tampoco la sociología a la investigación. La división entre prácticas científicas y prácticas técnicas es un falso dilema sostenido por el positivismo. 

Ambas prácticas configuran el campo profesional en el cual se desarrollan los niveles “teórico-científico, técnico-instrumental y práctico-interventivo” de manera simultánea sin que una profesión se especialice exclusivamente en una u otra (Montaño, 2000, p. 144). Reconocer esa división implicaría que el trabajador social reproduce acríticamente la teoría producida en otros espacios en sus intervenciones (Toledo, 2004). En medio de este debate, ha surgido el consenso en torno a que teorizar en trabajo social implica formalizar un conocimiento acumulado (Torres, 2019).

Frente a los cuestionamientos de falta de rigor y credibilidad epistemológica que se hacen a los enfoques investigativos no positivistas, se ha posicionado la pertinencia de la epistemología constructivista (Mosquera, 2006). Este paradigma se basa en la revalorización de saberes y experiencia profesional con miras a configurar un actuar reflexivo en la intervención social. A partir de este posicionamiento, la epistemología constructivista en el Trabajo Social construye la categoría de saberes de acción/saberes experienciales. El potencial de este paradigma radica en que descentra el lugar del científico social, al hacer conscientes sus sesgos con respecto a los sujetos de su intervención, reivindicando en cambio el conocimiento que estos construyen. En consecuencia, relativiza el estatus del saber profesional y reconoce la agencia de los intervinientes en la construcción de conocimientos, ya que parte del principio de que estos se encuentran históricamente situados.

A su vez, Kisnerman (1997) sostiene la pertinencia del construccionismo como referente epistemológico para el trabajo social debido a su enfoque más social que individual del constructivismo, si bien, ambos coinciden en que la realidad no es independiente del sujeto cognoscente. De acuerdo con el construccionismo, la construcción de la realidad es relacional, se da en la interacción colectiva y través de la mediación del lenguaje. En tanto que las interacciones humanas son construcciones sociales, basadas en intercambios relacionales, es en la interacción entre los actores y el trabajador social en donde se co-construyen significaciones. En cuanto a la construcción de conocimiento y el quehacer científico, según estos presupuestos, los criterios de verdad son contingentes y se definen en relación a prácticas culturales determinadas. La contribución del construccionismo con respecto al cuestionamiento de la falta de cientificidad del trabajo social es evidenciar el absolutismo de la pretendida objetividad científica y dar cuenta de su carácter recursivo, esto es, de su constante reelaboración que da lugar a nuevas interrogantes.  

Vetas de investigación-acción para el trabajo social en la sociedad postindustrial

El trabajo social no solo ha dado cuenta de los desarrollos teóricos de otras ciencias, sino que sus aportes de investigación han enriquecido a disciplinas como la educación, los estudios de familia, la psicología clínica, la psiquiatría, la sociología, la geriatría y la gerontología, el derecho y la administración pública entre otras (Kan-Fong, 1990). Las investigaciones desarrolladas en el trabajo social no solo son de corte descriptivo, buscando saber cuántos y quiénes son los vulnerables y excluidos, que características tienen y cuáles son sus necesidades. Esto resulta importante, pero en el caso del trabajo social se complementa con los análisis que lleven a encontrar las causas de las problemáticas, que servirán como un recurso para el diseño, implementación y evaluación de intervenciones en políticas sociales (Vázquez-González, 2013).

La producción teórica en el trabajo social se distingue en dos aspectos: es aplicada y aspira a ser emancipadora y se construye a través de la relación con los sujetos de su intervención en un proceso interactivo, dialogado y, por lo tanto, informado por los entornos de práctica específicos, como señala Kisnerman (1997) en relación al construccionismo. También se caracteriza por recuperar los conocimientos locales que han sido devaluados, descontados por las teorías y conocimientos occidentales, tales como el conocimiento generado en los pueblos originarios (Federación Internacional de Trabajadores Sociales, 2018). Al respecto, es pertinente mantener una vigilancia epistémica en relación al positivismo que separa los ámbitos de la realidad en función del campo de acción de las disciplinas y reconocer que los fines emancipatorios tampoco son exclusivos del trabajo social, pues en los cuadros profesionales de distintas disciplinas también es válido perseguir tales fines (Montaño, 2000, p. 132).

Ello no implica la renuncia del Trabajo Social a la vocación emancipadora. Esta es una aspiración que comparte con el pensamiento crítico y su filosofía de praxis liberadora (Vivero-Arriagada, 2017). Uno de los aportes desde el pensamiento latinoamericano a la praxis liberadora es la reflexión-acción que se ejerce desde el paradigma de la Investigación Acción Participativa (IAP), ya que al reconocer e incorporar los saberes y experiencias de los miembros que integran su universo de estudio construye el conocimiento desde una lógica relacional (Rauber, 2012). Esta vocación emancipadora resulta a su vez una reivindicación de la ética de la profesión con respecto a su práctica institucionalizada en la política asistencialista del Estado burgués. Desde este papel, el trabajo social se ve en la paradoja de representar intereses contrapuestos, entre los intereses de acumulación de capital y los intereses de la clase trabajadora (Iamamoto, 1992). 

Sin embargo, esa posición paradójica y compleja dota al trabajador social de una visión totalizadora que le permite solidarizarse con las causas de los sectores con los que trabaja, reivindicando su humanidad. Ello no implica una concepción dualista del trabajador social, dado que simultáneamente ocurren procesos de acumulación de capital junto con reivindicaciones de los sectores subalternos. En cambio, ello revela el carácter politizado de su labor, carácter que no surge tanto de su “compromiso” como del proceso conflictivo que caracteriza la labor mediatizadora de la tecnología social que practica (Iamamoto, 1992, p. 204).

Cabe señalar que la praxis del trabajo social tiene un enfoque holístico y abarca una diversidad de actividades que van de la terapia y el asesoramiento, hasta la formulación y análisis de políticas, y las intervenciones de apoyo, teniendo en mente una perspectiva emancipadora, que busca “incrementar la esperanza, la autoestima de la población y su potencial creativo de enfrentar y desafiar a las dinámicas de poder opresivas y las fuentes estructurales de injusticia, incorporando así en un todo coherente la dimensión de intervención micro-macro, o personal-política” (Federación Internacional de Trabajadores Sociales, 2018).

En este sentido, Garrow y Hasenfeld (2017), argumentan que pese a que se espera que en la investigación-intervención en Trabajo Social se identifiquen las causas y mecanismos de la opresión, explotación e inequidad con la que lidian los seres humanos, en la mayoría de los casos, la investigación-acción que se lleva a cabo atiende sobre todo problemas individuales y el cambio individual y no lo hace ni focaliza en cambios estructurales. De ahí la crítica que se ha hecho hacia la investigación sobre resiliencia, debido a que se atiende a los casos individuales de éxito y se deja de lado los mecanismos estructurales (Davis, 2014). A su vez, la complejidad de los fenómenos en donde convergen los malestares individuales y sociales, vinculados con relaciones de poder, queda invisibilizada por una intervención positivista y procedimental en el Trabajo Social.

No obstante, los retos que plantea la crisis de las certezas fundadas en los metarrelatos como la definió Lyotard (1984), así como el desmantelamiento del Estado de Bienestar, ameritan una acción social alternativa y una reflexión epistemológica más profunda (Cabello-Garza, 2013; Torres, 2019). Dentro del amplio espectro de teorías derivadas del paradigma subjetivista, una que está cobrando relevancia en el trabajo social, es la que retoma la dimensión espiritual y emocional de los sujetos. Esto se remite a un posicionamiento holístico y transdisciplinario del trabajador social capaz de abordar las problemáticas sociales de vulnerabilidad más allá de la dimensión material y económica para profundizar en la dimensión subjetiva y cultural (Giménez, Pavón y Rico, 2014). Es quizás en el campo del trabajo social clínico e independiente en donde se manifiesta con mayor nitidez la búsqueda de un equilibrio de bienestar tanto material como subjetivo.

Sin embargo, la búsqueda de este equilibrio es transversal a las distintas áreas de intervención del trabajo social. Los síntomas de malestar en los sujetos en donde interviene el trabajo social, tales como la fatiga crónica, son, argumentan las autoras, síntomas de incertidumbres más profundas. La capacidad para identificar estos síntomas es clave ya que incide tanto en el diseño como en la efectividad de la intervención. Por ello, las autoras abogan por la relevancia de abrir una línea de investigación vinculada al trabajo social holístico que incluya la dimensión espiritual, ya que permitirá el diseño de proyectos de intervención más profundos. La búsqueda de alternativas al malestar de las sociedades situadas en el Estado post-westfaliano (De Sousa Santos, 2018) se encuentra culturalmente situada, de ahí que Giménez et al., (2014) proponen como estrategia metodológica la “complementariedad técnica” (p. 6) del Trabajo Social al articularse con prácticas alternativas y saberes no científicos.

Como señala De Sousa Santos (2018), la epistemología occidental tiene un carácter normativo, su objetivo es la validación del conocimiento. En el trasfondo de esta cualidad intrínseca a su ejercicio, se establece una diferencia epistemológica con respecto a saberes no reconocidos por el paradigma occidental, lo que implica a su vez una diferencia ontológica, es decir, formas de ser no reconocidas por dicha epistemología. Por lo tanto, una propuesta a contrapelo, la de las epistemologías del sur, conlleva el reconocimiento de saberes y conocimientos subalternos, de saberes intrínsecos a prácticas de resistencia, lo que representa un acto previo a la cognición. Las epistemologías del sur así entendidas, son epistemologías experienciales, enmarcadas en la sociología de las ausencias; se ejercen en resistencia a las políticas dominantes del conocimiento.

En función de este trasfondo político, hacer justicia a diversas formas de conocimiento es una precondición necesaria para la justicia social, que a su vez implica una justicia cognitiva global. Este planteamiento resulta sugerente para el trabajador social orientado a una vocación emancipadora, ya que de acuerdo con De Sousa Santos, una práctica orientada a la reivindicación de saberes subalternos es la traducción intercultural didáctica, que tiene lugar entre el ámbito de lo individual y lo colectivo y entre la cultura oral y escrita. Las metodologías propuestas por Giménez et al. (2014), y por De Sousa Santos (2018) contribuyen a evidenciar los mecanismos por los que el poder y el conocimiento profesional se articulan para legitimar jerarquías sociales (Garrow y Hasenfeld, 2017).

En función de estas nuevas vetas de exploración del trabajador social, la corriente de la epistemología feminista contribuye a posicionar su labor desde un enfoque constructivista, asumiendo las tres críticas que se hacen a la epistemología empiricista: 1) Considera que el contexto sociopolítico y cultural influencia la esencia de la tarea investigativa. 2) Rechaza la posibilidad de la neutralidad valorativa del investigador y el practicante y 3) ubica las cosmovisiones de los sujetos que forman parte de su estudio en una posición central. De acuerdo con estos presupuestos, el investigador debe partir por explicitar su condición y el posicionamiento desde el cual realiza su análisis, sus observaciones; así como dar cuenta de sus condiciones de opresión y marginalización, y estudiar las condiciones, determinantes y consecuencias de esa opresión, ya que una de las consecuencias de no cuestionarse la posición de privilegio desde la que se realiza la investigación en los sujetos que componen el estudio e intervención del trabajo social es atribuirles como cualidades inherentes aquellos atributos que los clasifican como subalternos en vez de profundizar en las relaciones de poder y procesos estructurales de las que se derivan (Garrow y Hasenfeld, 2017).

Epistemologías del sur y el trabajo social: indicios de alternativas al paradigma de Bienestar Social

Recuperando los planteamientos de epistemologías del sur entendido como sur antiimperial, en términos de un posicionamiento de resistencia a las epistemologías dominantes del norte imperial, de Boaventura De Sousa Santos (2018), y la condición mediadora del trabajo social entre la lógica de acumulación y la reivindicación de los sectores subalternos, planteada por Iamamoto (1992), consideramos que, en términos epistemológicos, se abre una posibilidad de resignificar la teoría y práctica del trabajo social anclada en el paradigma de bienestar social del Estado desarrollista/keynesiano ante el desmantelamiento del mismo en la etapa del capitalismo neoliberal. Estas condiciones presentan dicha posibilidad dado que se abre una encrucijada, entre restaurar el modelo desarrollista que sustenta al Estado de bienestar, o bien, plantearse alternativas epistemológicas y civilizatorias a dicho paradigma.

Esta segunda posibilidad emerge como advertencia de las contradicciones inherentes del modelo desarrollista de bienestar social, anclado en el paradigma liberal de desarrollo (razón y progreso). Dicho modelo concibe una acumulación infinita cuya insostenibilidad ya es evidente. Bajo este modelo, las instituciones benefactoras del Estado son configuradas como una dualidad, de acuerdo con Thwaites (2004), en tanto que representan a la vez el encubrimiento de las relaciones de poder y subordinación de clase que hacen aceptable la dominación del capital, al promover un estándar de calidad de vida para las clases populares, al mismo tiempo no dejan de ser necesarias conquistas laborales surgidas de las luchas de clase, así como un anclaje necesario para ampliar tales derechos. De acuerdo a esta dualidad, el Estado “no es una instancia mediadora neutral sino el garante de una relación social desigual” (p. 82).

Cuando estas instituciones —en las cuales se enmarca el trabajo social—, creadas originalmente para responder a determinadas problemáticas sociales, entran en crisis, se vuelven cáscaras vacías. Al no ser más capaces ni de garantizar la acumulación ni de legitimar la dominación quedan meramente como expresión del desgarre en el tejido social al que inicialmente respondían, manteniéndose en tensión la lucha entre clases. Si bien el Estado benefactor es un fetiche y su función es suturar el conflicto capital/ trabajadores, es preferible mantener dicho horizonte, traducido en la preservación de leyes laborales protectoras, a dejar que se avecine la opción postcrisis del capital, la flexibilización total. Por lo tanto, para Thwaites (2004), la alternativa ante la encrucijada que se abre con el desmantelamiento del Estado de Bienestar consiste en “luchar en y contra el Estado, al mismo tiempo”, ya que ello es “luchar por clausurar sus instancias represivas y ampliar lo que tiene de socialidad colectiva” (p. 80).

No obstante, otra posibilidad ante esta encrucijada consiste en replantearse el modelo civilizatorio como tal y el paradigma en el que se funda el Estado de Bienestar. Entre dichas epistemologías del sur, como las epistemologías feministas y las teorías subjetivistas, las epistemologías del sur antiimperial de los pueblos originarios en América Latina, entre ellas el Suma Kawsay de los pueblos quechuas, el Suma Qamaña de los pueblos aymaras, traducidas como “buen vivir”, de la región andina; y el Lekilaltik, traducido como “el bien nuestro” de los pueblos tojolabales, en el sureste mexicano, plantean itinerarios sugerentes para el trabajo social, ya que tienen como fin compartido la valoración y respeto por la dignidad humana. Dichas epistemologías del sur se caracterizan por una concepción civilizadora basada en el bien colectivo, en una concepción “nosótrica”, para el caso tojolabal, y en general, por una concepción de bienestar que prescinde de la acumulación, y que en cambio está orientada a un equilibrio con el entorno. Esta es una veta emergente para el trabajo social, cuya reflexión se ha llevado a cabo principalmente dentro del trabajo social comunitario y en particular en la interacción con comunidades en donde se practican las epistemologías enmarcadas en el espectro del buen vivir en tanto elemento de cohesión y resistencia frente a megaproyectos de infraestructura que amenazan la sustentabilidad de dichas comunidades (Cruz, 2018).

Es decir, la articulación del trabajo social, en este caso en su rama comunitaria, con una epistemología del sur como la del buen vivir, se encuentra históricamente situada y su pertinencia responde a la configuración social y territorial de los sujetos que forman parte de la investigación e intervención. Dichos sujetos han generado su propia praxis e interpretación y análisis de la realidad. Entre los conocimientos y saberes que Cruz (2018) destaca se encuentran el derecho indígena o consuetudinario, conocido también como de usos y costumbres. Este cuerpo teórico y disciplinario ha entablado relaciones de articulación con el derecho positivo, en especial con las problemáticas que involucran la defensa del territorio a través de mecanismos como la consulta informada, reconocida en estatutos de organismos como la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En otros ámbitos como el de la lucha contra la violencia obstétrica, la articulación entre saberes es una ruta necesaria al promover las prácticas tradicionales de las parteras frente a las prácticas del paradigma biomédico, que someten y deshumanizan el cuerpo de la mujer parturienta.

Reconocer este proceso de traducción e interpretación de estas epistemologías del sur con la epistemología occidental hegemónica implica reconocer a estos pueblos como sujetos cognoscentes que conciben un modelo civilizatorio alternativo, el cual plantea pistas para repensar el modelo del Estado de Bienestar y sus instituciones de bienestar social, entre las cuales se inscribe la disciplina del trabajo social. El aporte de estas epistemologías en la configuración de un modelo alternativo radica en que se encuentran situadas en un punto estratégico en donde convergen las contradicciones en su máxima expresión del Estado neoliberal con la dualidad del Estado de Bienestar planteado por Thwaites. Por lo tanto, el diálogo con estas epistemologías del sur implica un intercambio entre iguales, para lo cual es necesario partir de una investigación-intervención con pertinencia cultural, misma que es correspondiente con una práctica interdisciplinaria. 

Conclusiones

Situada dentro de las ciencias comprensivas, el trabajo social ha sido pensado y ejercido desde paradigmas antagónicos, desde el neopositivismo hasta el construccionismo. La crisis de los metarrelatos de la modernidad y el desemantelamiento del Estado benefactor, que ponen en evidencia las contradicciones inherentes a dicho modelo han motivado vetas alternativas para potenciar la vocación emancipadora del trabajo social. La articulación entre el trabajo social, desde un referente construccionista y de acuerdo a una vocación emancipadora, con las epistemologías del sur, tiene el potencial de contribuir a una práctica y reflexión disciplinaria más pertinente y capaz de repensar el papel que ocupa en el marco del Estado de Bienestar y frente a la profundización de las contradicciones sociales propias de su desmantelamiento. Estas condiciones son propicias para ensayar un diálogo epistemológico intercultural con racionalidades “otras”. El espectro de epistemologías del sur es amplio y no se limita a aquellas enmarcadas en la cosmovisión del buen vivir. El trabajo social se distingue de otras disciplinas de las ciencias sociales por su particular condición mediadora entre los procesos de acumulación del capital y la reivindicación de los sectores subalternos. Se encuentra, como señalan Iamamoto y Thwaites, en medio de la sutura del conflicto entre los intereses del capital y de los trabajadores. En función de su vocación emancipadora se orienta hacia la ruta planteada por Thwaites en relación a ampliar la dimensión de socialidad colectiva del Estado.

Ello no obsta para ensayar posibles articulaciones con las epistemologías del sur, cuyo aporte radica en plantear indicios de un modelo alternativo de Estado, así como de racionalidades otras. Ninguno de los dos itinerarios es mutuamente excluyente, ambos contribuyen a la vocación emancipadora del trabajo social y la orientación por cada uno responde a la pertinencia que la investigación y la intervención demanden. Al respecto cabe advertir que en esta aproximación se prescinde de una noción esencialista sobre las epistemologías del sur como inherentemente benévolas. Como señala Cruz, al interior de las comunidades en donde se ensaya una cosmovisión apegada al buen vivir pueden coexistir prácticas opresivas, tales como los matrimonios forzados y/o a temprana edad. En estos casos, la práctica interdisciplinaria e intercultural se vuelve obligatoria para el trabajador social y una de las metodologías que se pueden ensayar es la del pluralismo jurídico, retomando el diálogo entre epistemologías que ya se señalaba entre el derecho indígena y el derecho positivo, por mencionar un caso. A partir de lo anterior surge una serie de interrogantes, ¿qué mediaciones teórico-metodológicas resultan idóneas para articular el trabajo social con el espectro de epistemologías del sur?; ¿en qué medida el posicionamiento del científico social interviene en los procesos de traducción e interpretación de las epistemologías del sur? Al respecto, es necesario considerar que la institucionalización del buen vivir como ha ocurrido en los casos de Ecuador y Bolivia, en donde su contenido se ha vaciado y ha sido transformado en mera retórica (Lander, 2014), advierte acerca de los riesgos de hacer del buen vivir un fetiche que se despoja de su capacidad cuestionadora. Ello evidencia la necesaria vigilancia epistémica que corresponde al ejercicio del trabajo social en el marco de su vocación emancipadora.

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Datos de filiación

Maricela Guzmán Cáceres. Doctora en Planeación y Liderazgo Educativo, Disciplina: Educación, Universidad del Valle de México campus Santa Fe. Líneas de investigación: Sociología de las organizaciones y desarrollo humano, Género e intervención social.

Karla Patricipa Carrillo Gómez. Maestría en Desarrollo Regional. Lineas de investigación Sociología de las organizaciones y desarrollo humano, Género e intervención social.

Idalia Vázquez Pérez. Doctora en Ciencias Sociales con especialidad en Desarrollo Sustentable. Universidad Autónoma de Nuevo León. Líneas de investigación: Sociología de las organizaciones y desarrollo humano. Género e intervención social.

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